La salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación de Morena en el Senado no es un simple reacomodo parlamentario; es una señal de alerta para quienes construyeron su carrera colgados de ese andamiaje. En Chiapas, los nombres empiezan a circular con mayor insistencia: José Manuel Cruz Castellanos, Ángel Torres Culebro, Rutilio Escandón Cadenas y Rosalinda López
Sr. Smith/Ultimátum
En política, el poder no desaparece: se desplaza. Y cuando el eje se mueve, los que vivían a su sombra sienten primero el frío. La salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación de Morena en el Senado no es un simple reacomodo parlamentario; es una señal de alerta para quienes construyeron su carrera colgados de ese andamiaje.
Porque Adán Augusto no fue solo un coordinador. Fue el gran operador, el que cerró puertas, el que movió bases, el que hizo sentir su peso en Chiapas cuando otros —incluida Claudia Sheinbaum Pardo— apenas buscaban espacio dentro del movimiento. Durante años, en Chiapas bastaba invocar su nombre para avanzar… o para bloquear.
Hoy ese nombre ya no ordena.
El relevo en la Junta de Coordinación Política —la verdadera palanca del Senado— no llegó por desgaste natural. Llegó bajo el peso de señalamientos que incluyen posibles nexos con el grupo criminal “La Barredora”, inconsistencias patrimoniales y un estilo de vida que no cuadra con lo declarado ante el SAT. De líder parlamentario a “un soldado más de la 4T”. Así, sin anestesia.
Y cuando el padrino cae, los ahijados deben preocuparse.
En Chiapas, los nombres empiezan a circular con mayor insistencia. José Manuel Cruz Castellanos, hoy senador y exsecretario de Salud, es uno de ellos. Su paso por la dependencia dejó más preguntas que respuestas: compras infladas, negocios paralelos y un tránsito cómodo hacia el mundo de las fintechs que convirtió a la salud pública en un terreno fértil para el lucro privado. Mientras Adán Augusto mandaba, el silencio era norma. Hoy, el silencio pesa.
Otro caso es el de Ángel Torres Culebro, presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez y leal al exgobernador Rutilio Escandón Cadenas, hoy cónsul. Su ascenso y su margen de maniobra no se entienden sin el llamado Grupo Tabasco. Adjudicaciones directas, pactos bajo el escritorio y una administración municipal donde ya ni se cuidan las formas. Mientras el paraguas existía, la lluvia no mojaba. Hoy, el cielo está despejado… y expuesto.
El contexto es claro. El periódico Milenio dejó entrever esta semana que la Fiscalía General de la República sigue de cerca a exfuncionarios de Chiapas y Tabasco por presuntos vínculos con crimen organizado, huachicol y tráfico de personas. La consigna —dicen— es “no proteger a nadie”. Qué oportuno. El poder ya cambió de manos.
¿Y cómo llegamos a esto? La etapa más oscura de inseguridad en Chiapas no se entiende sin tres nombres: Rutilio Escandón, Rosalinda López Hernández y Adán Augusto López Hernández. Este último dejó algo más que cargos: dejó una red. Una red que operó con lealtades personales, no con instituciones; con amiguismos, no con méritos.
El ejemplo más brutal fue Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad de Tabasco, señalado como líder de “La Barredora”. Permaneció en el cargo mientras municipios enteros caían bajo control criminal. Cuando el escándalo explotó, la orden de aprehensión llegó tarde. Para entonces, ya había pasado por medio mundo. La impunidad también viaja en primera clase.
En Chiapas, ese modelo se replicó. Contratos de 70 millones sin licitación, repartos de recursos disfrazados de convenios, funcionarios que hablan de “proyecto” pero actúan como dueños de la plaza. Todo con respaldo. Todo con cobertura.
El problema no es solo lo que hicieron. Es quién los protegía. Y ese escudo hoy ya no existe.
Por eso, más de uno debería revisar su pasado reciente. Porque cuando el gran operador cae, las redes se deshacen. Y cuando el poder deja de cubrir, la historia empieza a cobrar facturas.
Dicho en corto y sin rodeos: cuando se cae el padrino, los ahijados quedan a la intemperie.
