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LA PELOTA SECUESTRADA POR EL DINERO

7 de febrero de 2026
in Opiniones
LA PELOTA SECUESTRADA POR EL DINERO
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DE LA PATADA/Amado Ríos Valdez

Dicen que la pelota, cuando nace, es redonda para que nadie pueda atraparla del todo. Pero en estos tiempos de sombras largas, a la pobre la han encerrado en una caja fuerte. El fútbol, ese milagro que se inventó para que los pies pudieran decir lo que la lengua no alcanza, hoy tiene poderosos dueños de pipa y guante. Ya no es el juego de los abrazos rotos y los gritos de domingo; ahora es una cifra en una pantalla de cristal líquido, un desfile de jeques y emporios financieros que compran la alegría de la cancha y multinacionales que le ponen precio al césped del estadio. El mapa del mundo ya no se dibuja con fronteras, sino con los logotipos de quienes han decidido que el sentimiento es una mercancía que se puede empaquetar y vender al mejor postor.

El mapa de los nuevos dueños

Hubo un tiempo en que los clubes pertenecían a la memoria de los abuelos, a las esquinas de los barrios, al aire que se respiraba en las tabernas. Hoy, los equipos son banderas izadas en desiertos lejanos. Los clubes estado han llegado con sus cofres llenos de petróleo y oro para recordarnos que el orgullo tiene precio de mercado. No compran solo once jugadores; compran la historia, el escudo y el latido de la gente. El dinero, ese caballero poderoso y frío, ha decidido que la gloria ya no se gana en el barro, sino en las oficinas de cristal de los rascacielos. La competencia se ha vuelto un monólogo de los que tienen todo, dejando para los demás las migajas de una fiesta a la que ya no están invitados. Los ejemplos están a la vista, hay 2 modelos que son elocuentes: Los clubes de Red Bull en Alemania, Austria, Estados Unidos, Brasil. Otro caso es el de los clubes del grupo financiero  del Manchester City en Inglaterra, Estados Unidos, Japón, Francia, España, Brasil, Uruguay, China, Bélgica, Italia e India. El imperialismo como la fase superior del fútbol.

Estrellas bajo el martillo

Las estrellas del fútbol ya no brillan en el cielo del pueblo; ahora son satélites que orbitan alrededor de los contratos de publicidad. El mercado ha convertido el regate en un activo financiero y el gol en una subasta. Los estadios, que antes eran templos donde los pobres se sentían reyes, ahora cambian de nombre según el banco que pague la cuota mensual. Hasta las voces que nos cuentan el partido en los medios de comunicación son compradas por la misma mano que mueve los hilos. Nos venden un fútbol de plástico, higiénico y brillante, donde no hay lugar para el error humano ni para la sorpresa del destino, porque todo debe estar calculado para que el negocio nunca se detenga.

El saqueo de las piernas ajenas

África, ese continente que sigue siendo la cantera de los sueños rotos, vive hoy un nuevo tipo de colonialismo. Europa, siempre tan elegante y tan hambrienta, envía a sus cazadores de talentos a buscar las piernas que corren más rápido que el hambre. Se llevan a los niños antes de que aprendan a extrañar su tierra, los envuelven en banderas que no son las suyas y los convierten en piezas de repuesto para sus selecciones nacionales. Las ligas de los países ricos se inflan de gloria ajena mientras las naciones de origen se quedan vacías, mirando cómo sus hijos celebran goles para otros himnos. Es el viejo truco del espejo: nos muestran el éxito de unos pocos para que olvidemos el despojo de todo un pueblo.

El fútbol como espejo del nuevo colonialismo

El fútbol refleja una dura realidad: hay un nuevo imperialismo. Este imperialismo no invade con las armas, ni somete territorios, arrebata talento. Los grandes clubes de fútbol y las grandes ligas europeas extienden al siglo 21 el colonialismo que ejercieron cruelmente sobre el continente africano. El poder del dinero subyuga, atrapa y convence, y así los jóvenes talentos africanos dejan sus países para jugar por Francia, Inglaterra, Bélgica, Portugal y hasta Suecia o Noruega.

Francia es el caso más emblemático. En los Mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022, cerca del 80% de la plantilla tenía raíces inmigrantes, y la gran mayoría provenían de antiguas colonias africanas. La lista es larga: Mbapé, Pogba, Kanté, Dembelé, Umtiti, Mandanda, Matuidi, Tchouamení, Camavinga, Kolo Muani, Upamekano, Konaté. Y hay una larga lista de otros jugadores de gran nivel que no llegaron a jugar un Mundial. Inglaterra es otro caso destacado. Aunque tradicionalmente Inglaterra ha tenido mucha influencia del Caribe (Jamaica), en la última década la «importación» de talento con raíces africanas, especialmente de Nigeria, ha sido clave para su resurgimiento: Jugadores como Saka, Rashford, Ghehi, Mainoo, Delle Alli, Erebechi Eze y otros más. A su vez, la «Generación de Oro» belga se construyó sobre los cimientos de la migración del Congo (antigua colonia belga) y Marruecos: Lukaku, Kompany, Tielemans, Fellaini, Onana, Doku, Openda, Mousa Dembelé, etc.

El negocio contra el arte

La televisión nos dice que este es el mejor fútbol de la historia porque las cámaras son de alta definición y el césped parece una alfombra de seda. Pero el alma del fútbol, ese arte que se nutre de la picardía y el asombro, se está muriendo de frío. El VAR es el notario que llega para certificar que la alegría fue un error de cálculo milimétrico, y los entrenadores parecen ingenieros de una fábrica de aburrimiento. En este fútbol de laboratorio, el jugador que se atreve a soñar con un regate imposible es visto como un sospechoso o como un loco. El sistema prefiere la eficiencia a la belleza, la obediencia al talento, y así, poco a poco, nos van quitando la capacidad de asombrarnos ante lo inesperado.

El regreso al origen

Sin embargo, en algún lugar, todavía queda un refugio. El fútbol de verdad, ese que no necesita cámaras ni patrocinadores, sigue vivo en las canchitas de tierra y en las calles empolvadas de los barrios. Allí, donde los postes son dos piedras y la pelota es una bola de trapos, el fútbol sigue siendo un rito de libertad. Necesitamos volver a la esencia, a esa alegría de jugar por el puro placer de sentir el viento en la cara. El fútbol debe dejar de ser una industria para volver a ser una fiesta. Porque al final del día, por más oro que amontonen en sus arcas, los dueños del mundo nunca podrán comprar ese momento sagrado en que un niño o niña descubren, con un golpe con el pie, que la felicidad es redonda.

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