Sr. Smith/Ultimátum
En política, como en la jardinería, no todo se arranca de raíz. Hay plantas que se cortan, se trasplantan y se dejan crecer en otras macetas. A esos restos vivos —ni muertos ni plenos— se les llama esquejes. Y en Chiapas, todavía hay muchos esquejes de Adán Augusto intentando sobrevivir a la intemperie del nuevo poder.
Durante un tiempo, el mantra era claro y se repetía sin rubor: “Ahora es Adán y Chiapas está a gusto”. Se decía en mítines, se pintaba en bardas y se coreaba como promesa de continuidad. El tabasqueño era visto como el hombre fuerte del movimiento, el que garantizaba protección, futuro y posiciones. Muchos se cobijaron con él. Algunos con convicción. Otros por simple cálculo.
Hoy el escenario es otro. Adán Augusto ya no reparte cartas como antes, pero sus esquejes siguen ahí, sueltos por todo Chiapas, nadando de muertito, esperando que nadie note de qué tronco provienen.
Ahí están quienes construyeron su carrera a la sombra del tabasqueño y del sexenio pasado. Personajes que crecieron rápido, que ocuparon espacios estratégicos y que hoy prefieren el silencio, la prudencia extrema o el disfraz de institucionales. Algunos fingen neutralidad; otros ensayan una conversión apresurada. Pero la memoria política no se borra con comunicados ni con fotos nuevas.
El caso de Rosa Irene Urbina es ilustrativo. Pasó de alcaldesa sustituta a electa y luego diputada federal con respaldo directo del grupo dominante de entonces. Ese apoyo hoy ya no pesa. Y convendría no olvidar los episodios incómodos: los sabotajes velados, los eventos empalmados, las bardas borradas cuando otro proyecto comenzaba a tomar fuerza. La lealtad, en política, también deja huella cuando se rompe.
La misma lógica aplica para Freddy Escobar Sánchez y Jesús Domínguez, beneficiarios de diputaciones que en su momento fueron leídas como premios por alineamiento. Hoy esas posiciones pesan más como antecedente que como mérito. Porque cuando el viento cambia, los acuerdos también se revisan.
Otros esquejes prefirieron refugiarse en la burocracia. Carolina Zuarth Ramos, por ejemplo, encontró cobijo institucional tras haber transitado por distintos colores y grupos. Hoy su nombre vuelve a sonar, no por logros, sino por señalamientos internos y malos tratos. Nada nuevo en una historia donde la protección siempre vino de arriba.
Incluso figuras que en su momento posaban con particular entusiasmo al lado de Adán Augusto hoy guardan distancia. No por autocrítica, sino por conveniencia. Porque el poder, cuando se debilita, deja de ser punto de encuentro y se convierte en estorbo.
El problema no es haber apoyado a Adán Augusto. El problema es haber apostado todo a un solo árbol y creer que su sombra sería eterna. La política no funciona así. Los liderazgos se desgastan, las redes se exhiben y las facturas llegan, aunque tarden.
Hoy Chiapas vive un reacomodo. Y en ese reacomodo, los esquejes del pasado intentan no secarse. Algunos lo lograrán. Otros no. Pero ninguno puede fingir que no viene de donde viene.
Porque al final, como en el jardín, no hay esqueje que no delate su origen. Y aunque se cambie de maceta, la raíz siempre cuenta la historia.
Como dice el dicho: árbol que crece torcido, ni con poda se endereza.
