Sr. Smith/Ultimátum
A veces la historia se reescribe en voz baja. O peor: se confirma cuando ya no hay nada que hacer.
Julio Scherer Ibarra, exconsejero jurídico de la Presidencia, decidió contar lo que durante años fue comentario de pasillo. En Ni venganza ni perdón, que verá la luz este 11 de febrero bajo el sello Planeta, el abogado que fue parte del círculo íntimo de Andrés Manuel López Obrador suelta una frase que en Chiapas no sorprende, pero sí sacude: Rutilio Escandón fue un pésimo candidato a la gubernatura en 2018.
No lo dice un adversario. No lo insinúa un crítico externo. Lo afirma alguien que estuvo dentro del cuarto donde se tomaban decisiones. Y eso cambia la textura de la revelación.
Según Scherer, el carrancista no era el mejor perfil. No tenía logros destacables al frente del Poder Judicial. No arrastraba liderazgo social. No destacaba por operación política. Pero tenía algo más poderoso: cercanía. Cercanía con Andrés Manuel. Y parentesco político con Adán Augusto López Hernández.
En política mexicana, muchas veces eso basta.
El libro reconstruye cómo la lealtad se vuelve moneda y cómo el poder no siempre premia al más competente, sino al más próximo. En el caso de Chiapas, la afirmación es todavía más punzante: Scherer sostiene que, de haber competido en 2018, Eduardo Ramírez Aguilar le habría ganado tranquilamente.
Es una frase que reabre heridas. Porque no se trata solo de una candidatura. Se trata de una década de decisiones que moldearon el presente del estado.
Rutilio no fue gobernador por arrastre popular ni por construcción política local. Fue una apuesta vertical. Y cuando las decisiones se toman desde arriba, el territorio paga las consecuencias.
El libro de Scherer no es un panfleto. Es, según su propio autor, un testimonio sobre el costo de la cercanía con el poder. “La cercanía es un privilegio, pero también es una condena”, escribe. Y esa frase parece describir no solo su propia experiencia, sino la de muchos actores que crecieron bajo la sombra de un liderazgo central.
Porque el poder protege… hasta que deja de hacerlo.
El sexenio pasado en Chiapas estuvo marcado por decisiones que privilegiaron lealtades sobre capacidades. La seguridad colapsó. Las finanzas fueron cuestionadas. Los nombramientos obedecieron a redes, no a méritos. Y ahora, cuando las piezas comienzan a moverse, las confesiones salen a la luz.
La pregunta no es si Scherer tiene razón. La pregunta es por qué esa conversación no ocurrió antes. Por qué los silencios fueron tan largos. Por qué la crítica interna se castigaba como traición.
En política, el problema no es equivocarse. El problema es no admitirlo a tiempo.
Hoy, mientras se publican libros y se reacomodan liderazgos, Chiapas sigue lidiando con las consecuencias de aquella decisión de 2018. Y quienes se cobijaron bajo esa estructura ahora enfrentan otra realidad.
Porque el poder no es eterno. Las redes se desgastan. Las protecciones se diluyen.
Ayer hablábamos de los esquejes de Adán Augusto que aún flotan en el paisaje chiapaneco. Muchos de esos esquejes crecieron precisamente al calor de aquella candidatura. Muchos apostaron su futuro a una sola sombra. Y ahora esa sombra ya no cubre igual.
Cuando el tronco principal se debilita, los esquejes quedan expuestos al sol.
Algunos sabrán replantarse. Otros se secarán en silencio. Y habrá quienes, por orgullo o cálculo, no sabrán cuándo retirarse.
Porque en política también hay un momento para entender que el ciclo terminó.
Como dicen en el rancho: árbol que ya dio lo que iba a dar, más vale podarlo a tiempo que verlo caer sobre la casa.
Y a veces, la dignidad no está en resistir… sino en saber cuándo hacerse a un lado.
