Sr. Smith/Ultimátum
Decirlo así, sin anestesia: muchos sindicatos parecen una pieza de museo.
Paquidérmicos.
Oxidados en su discurso.
Atrapados en guerras internas que solo entienden ellos.
Y lo más preocupante: desconectados de la realidad laboral del siglo XXI.
Durante décadas el sindicato fue sinónimo de lucha obrera. Fue contrapeso. Fue escudo. Fue organización colectiva frente al abuso del patrón o del Estado. Hubo una época donde sindicalizarse era un acto de dignidad.
Pero hoy, en demasiados casos, la narrativa cambió.
La percepción pública —justa o injusta— es brutal: “los sindicatos son para huevones”. Y lo grave no es la frase. Lo grave es que algunos dirigentes parecen empeñados en confirmarla.
Hace tiempo que muchos dejaron de construir discurso. No se escucha una sola propuesta seria para mejorar productividad, profesionalización o calidad del servicio. No hay agenda de modernización. No hay autocrítica. Hay, en cambio, una guerra permanente por el control interno.
Se pelean entre ellos.
Se desacreditan entre sindicatos.
Se disputan cuotas de poder.
Y en el camino olvidan su razón de ser.
El sindicalismo nació para defender derechos laborales, no para administrar privilegios. Nació para equilibrar fuerzas, no para convertirse en una fuerza que paraliza por sistema.
Uno se pregunta: ¿qué pensaría Fidel Velázquez de algunos liderazgos actuales? Más allá de simpatías o críticas históricas, el viejo sindicalismo tenía claridad estratégica. Hoy muchos sindicatos parecen más reactivos que estratégicos. Más emocionales que institucionales.
En lugar de discutir cómo mejorar condiciones laborales sin comprometer la eficiencia, la conversación gira en torno a posiciones.
En lugar de plantear propuestas para hacer mejor el trabajo, el discurso es defensivo: proteger lo adquirido, bloquear cambios, resistir evaluaciones.
Y así el sindicato pierde legitimidad social.
Porque cuando el ciudadano percibe que el sindicato no defiende calidad sino comodidad, el respaldo social se erosiona. Y sin respaldo social, cualquier movimiento se vuelve vulnerable.
Lo más inquietante es que el sindicalismo sigue siendo necesario.
En un país donde la informalidad laboral supera la mitad de la población ocupada, donde persisten abusos patronales, donde la estabilidad laboral no está garantizada, el sindicato debería ser más moderno, más técnico, más articulado.
Debería ser aliado en la profesionalización.
Debería impulsar capacitación.
Debería proponer evaluaciones justas.
Debería defender derechos, sí, pero también dignificar el trabajo.
En cambio, en demasiados casos, el mensaje es otro: “que se cumpla lo nuestro, cueste lo que cueste”. Aunque eso implique frenar procesos, desordenar instituciones o tensionar innecesariamente el entorno laboral.
La pregunta incómoda es esta:
¿El sindicato está defendiendo trabajadores o defendiendo liderazgos?
Porque cuando el sindicato se convierte en plataforma personal de poder, deja de ser colectivo. Y cuando deja de ser colectivo, pierde su esencia.
No, los sindicatos no son una cosa vieja.
Viejo es el modelo mental que se niega a evolucionar.
El sindicalismo del futuro tendrá que ser técnico, transparente, propositivo y éticamente sólido. Tendrá que entender que la defensa de derechos no está peleada con el orden institucional. Tendrá que demostrar que puede ser contrapeso sin ser obstáculo.
Si no lo hacen, la sociedad terminará dándoles la espalda.
Y entonces sí, no porque lo sean, sino porque no supieron renovarse, los sindicatos pasarán de ser instrumento de justicia laboral a simple recuerdo de otra época.
El sindicalismo no necesita desaparecer.
Necesita madurar.
Y eso, más que una consigna, es una urgencia.
