Hoy, Morena enfrenta un debate interno que cada vez se vuelve más evidente: la concentración del poder político en grupos reducidos que, lejos de buscar equilibrios dentro del movimiento, parecen enfocados en asegurar el control territorial y electoral de los próximos años.
PUNTO Y COMA;/ROGER LAID
El discurso original de Morena nació con una promesa poderosa: construir un movimiento amplio, plural y distinto a la vieja política. Un partido que -según su narrativa fundacional- rompería con los círculos cerrados del poder y abriría paso a una participación más democrática dentro de la vida pública del país.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la realidad política parece moverse en otra dirección.
Hoy, Morena enfrenta un debate interno que cada vez se vuelve más evidente: la concentración del poder político en grupos reducidos que, lejos de buscar equilibrios dentro del movimiento, parecen enfocados en asegurar el control territorial y electoral de los próximos años.
La reciente discusión pública generada por el posicionamiento del partido frente a las propuestas del presidente estadounidense Donald Trump, para intensificar acciones militares contra cárteles en la región volvió a evidenciar las tensiones del momento.
Recordemos que Trump firmo con 12 mandatarios una coalición militar para erradicar los carteles del hemisferio, México no fue invitado, pero el partido gobernante Morena defendió la postura de “soberanía nacional” y emitió un comunicado que más bien pareciera decir “no toquen mi gente” además del respaldo absoluto a la estrategia de seguridad del gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum Pardo.
Ese posicionamiento es legítimo dentro de la discusión diplomática y de seguridad. Ningún país puede aceptar intervenciones externas sin condiciones. Sin embargo, recordemos que Morena no se manifestó ni expreso con “cartitas” su rechazo el arancel, ni rechazó deportaciones.
Pero el debate político de fondo no está sólo en la relación con Estados Unidos, sino en la capacidad real del partido gobernante para construir una estrategia interna equilibrada, que responda a las preocupaciones de la ciudadanía.
Porque mientras se discuten posturas internacionales, en el terreno político interno Morena parece concentrar buena parte de su energía en otro objetivo: el control electoral del futuro inmediato: elecciones 2027,
En Chiapas, por ejemplo, distintos actores políticos han señalado que el partido funciona cada vez más como una estructura cerrada.
Bajo la conducción de Carlos Molina Velasco, el movimiento que alguna vez se presentó como abierto a la militancia y a la ciudadanía, ha sido percibido por muchos como una organización, donde las decisiones estratégicas se toman entre pocos y donde la disputa real gira en torno a quién o que grupo controlará las candidaturas municipales rumbo al 2027, por lo pronto el partidazo Morena ya reeligió a sus dirigentes estatales para tener mejor maniobra de operatividad institucional, ya que la mayoría de “reelegidos” responden a intereses de “ya saben quién”, de su hijito, además de Adán Augusto López, Carlos Molina Velasco, por ejemplo.
Y ahí aparece el verdadero punto político.
Más que construir equilibrios internos, fortalecer la vida democrática del partido o abrir espacios a nuevos liderazgos, la dinámica parece orientada a consolidar posiciones de poder dentro de las alcaldías y la estructura territorial del estado.
Cuando un partido concentra sus decisiones en círculos reducidos, corre el riesgo de repetir exactamente las prácticas que durante años criticó en otros institutos políticos. (aunque Morena tiene el ADN del PRI).
Sin embargo, Morena aún tiene tiempo de evitarlo. Pero para hacerlo necesita algo más que comunicados políticos o discursos de unidad: requiere apertura real, debate interno y decisiones que no respondan únicamente a cálculos electorales.
Porque, un movimiento que nació prometiendo ser diferente, no puede terminar convertido en el partido de unos cuantos, o mejor dicho, que el apellido López sea sinónimo de poder y negociación.
Ese es el punto.
Y también la coma.
Puntos Suspensivos…
El director general del Instituto de Seguridad Social de los Trabajadores del Estado de Chiapas, Luis Ignacio Avendaño Bermúdez, comienza a recibir comentarios positivos por el trabajo que ha emprendido al frente de la institución.
A través de reuniones constantes con personal médico, supervisiones directas en las áreas operativas y la decisión de escuchar de primera mano a pacientes y familiares, Avendaño ha impulsado una dinámica más activa dentro del sistema de salud del instituto.
Diversas voces señalan que recibió una institución con múltiples rezagos y desajustes administrativos; sin embargo, poco a poco se observan avances en la coordinación de servicios, particularmente en áreas sensibles como hemodiálisis y oncología, donde empiezan a registrarse mejores tiempos de atención y seguimiento más cercano a los casos.
Los resultados aún están en proceso, pero el reconocimiento comienza a surgir entre usuarios y personal médico, quienes destacan el esfuerzo por ordenar una institución que durante años acumuló problemas estructurales.
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