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Home Opiniones

Malditos usos y costumbres

24 de marzo de 2026
in Opiniones
Malditos usos y costumbres
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM

Hay cosas que no deberían discutirse.

Pero en Chiapas, todavía se justifican.

Durante años, los llamados “usos y costumbres” han servido como escudo. Un escudo cómodo, conveniente y, muchas veces, perverso. Porque bajo ese argumento se han tolerado prácticas que, vistas desde cualquier perspectiva de derechos humanos, no son cultura: son abuso.

Y hay que decirlo como es.

No todo lo que es tradición es correcto.

No todo lo que “siempre se ha hecho” debe seguir haciéndose.

Y no todo lo que ocurre en nombre de una comunidad merece protección legal o social.

Porque hay una línea.

Y esa línea se llama dignidad.

El reciente foro impulsado por el Congreso del Estado sobre cohabitación forzada no es un evento más. Es, en el fondo, el reconocimiento de una realidad que durante años se ha querido suavizar con discursos culturalistas.

Niñas obligadas a unirse con hombres.

Adolescentes entregadas como si fueran parte de un acuerdo.

Mujeres que no eligen, que no deciden, que no pueden decir no.

Eso no es tradición.

Eso es violencia.

Y lo más grave es que durante mucho tiempo se ha normalizado. Se ha dicho que es parte de la identidad, de las raíces, de la autonomía de los pueblos. Se ha preferido no intervenir para no “romper el tejido social”.

Pero, ¿qué tejido social se protege cuando se vulnera a una niña?

¿De qué identidad hablamos cuando se cancela la libertad?

El problema no es reconocer la riqueza cultural de los pueblos originarios. Esa es incuestionable. El problema es usar esa riqueza como excusa para no tocar prácticas que lastiman.

Porque hay algo que debe quedar claro:

Los derechos humanos no son negociables.

No dependen del contexto.

No se ajustan a la costumbre.

La iniciativa para reformar el Código Penal en materia de cohabitación forzada va en la dirección correcta. Porque pone sobre la mesa algo que durante años se evitó: llamar a las cosas por su nombre.

Y eso incomoda.

Incomoda a quienes defienden tradiciones sin cuestionarlas.

Incomoda a quienes prefieren el silencio antes que el conflicto.

Incomoda incluso a quienes, desde el poder, han sido omisos.

Pero es necesario.

Porque el verdadero problema nunca ha sido la cultura.

Ha sido la permisividad.

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