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La estabilidad fue la anomalía

31 de marzo de 2026
in Opiniones
La estabilidad fue la anomalía
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NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

La conversación ocurrió en uno de esos pisos altos del corredor financiero de Ciudad de México desde donde la ciudad parece moverse en silencio bajo un vidrio  polarizado. Desde ahí se ven los edificios, las avenidas interminables y ese tráfico que recuerda permanentemente que la economía real nunca se detiene.

El banquero con el que hablaba —un hombre que lleva décadas viendo pasar ciclos financieros— me dijo algo que resume mejor que cualquier informe el momento económico actual.

“Lo que nadie quiere decir”, comentó mientras miraba hacia Reforma, “es que ya no sabemos cuál es el escenario base”.

La frase parece menor. No lo es. Porque todo el sistema financiero moderno funciona sobre una premisa sencilla: la idea de que existe un estado normal al cual las economías regresan después de cada crisis.

La pregunta incómoda es si ese estado normal todavía existe.

El período entre 1989 y 2008 fue, en retrospectiva, el accidente más costoso de la historia económica moderna. No por lo que ocurrió durante esos años, sino por la ilusión que generó: la de que el sistema global había encontrado finalmente su velocidad de crucero. Mercados abiertos, inflación contenida, crecimiento sostenido, conflictos periféricos. Fue la época en que los economistas comenzaron a hablar de “la Gran Moderación” con la misma tranquilidad con la que un piloto apaga el cinturón de seguridad después de varias horas de vuelo sin turbulencias.

Lo que pocos dijeron entonces —y todavía menos dicen ahora— es que esa estabilidad no era el estado natural del sistema.

Era la excepción. Y la excepción terminó.

La noción tradicional de crisis implica algo temporal: un choque, una disrupción, un momento de inestabilidad que eventualmente se corrige para volver al equilibrio. Lo que estamos viendo hoy es algo distinto. La crisis dejó de ser un episodio. Se convirtió en el contexto.

Desde 2020 la economía global opera dentro de lo que varios analistas comienzan a llamar una permacrisis: un régimen donde las perturbaciones no se resuelven antes de que llegue la siguiente, donde los choques se acumulan y donde los instrumentos diseñados para estabilizar el sistema operan sobre un entorno que ya no se comporta como antes.

El inventario es conocido, pero rara vez se presenta como lo que realmente es: una secuencia estructural, no una racha de mala suerte.

Primero llegó la pandemia global, que interrumpió cadenas de suministro construidas durante décadas bajo un principio simple: la eficiencia era más importante que la resiliencia. Después vino la inflación que los bancos centrales no anticiparon, negaron durante meses y terminaron combatiendo con herramientas diseñadas para choques de demanda aplicadas a un choque de oferta. Luego la guerra en Ucrania, que redibujó el mapa energético europeo y recordó algo que los modelos económicos suelen olvidar: la dependencia estratégica de un recurso tiene un costo que nunca aparece en las ecuaciones. La fragmentación comercial entre Estados Unidos y China aceleró el desacoplamiento industrial que hoy redefine las cadenas globales de producción. Y ahora, una guerra en Medio Oriente amenaza con alterar el paso por el Estrecho de Ormuz, arteria por la que circula cerca del veinte por ciento del petróleo que consume el mundo.

Cada una de estas crisis podría haber sido manejable por separado. El problema es que ya no ocurren por separado.

Las crisis ya no se resuelven. Se sedimentan. Cada ruptura sangra hacia la siguiente antes de que el sistema haya tenido tiempo de procesar la anterior. Para cualquier empresa con exposición internacional, la gestión de riesgos dejó de ser el manejo de eventos excepcionales. Se convirtió en la administración permanente de incertidumbre estructural.

Y ahí aparece la contradicción central que pocos análisis se atreven a nombrar con claridad.

Las instituciones que gobiernan la economía global fueron diseñadas durante y para el mundo de la Gran Moderación. Los bancos centrales, los organismos multilaterales, los acuerdos comerciales, incluso los marcos regulatorios que organizan el sistema financiero, fueron construidos bajo la premisa de que la estabilidad era la norma y las crisis la excepción. Las herramientas de política económica reflejan esa lógica: las tasas de interés pueden calmar mercados financieros, pero no pueden abrir un estrecho marítimo cerrado por una guerra. Los estímulos fiscales pueden reactivar la demanda, pero no pueden producir energía que no existe. Los programas de liquidez pueden rescatar bancos, pero no pueden reconstruir una cadena logística fragmentada por conflictos geopolíticos.

Jerome Powell lo insinuó sin decirlo abiertamente hace unas semanas cuando reconoció que la Reserva Federal enfrentaba un choque energético cuyo alcance todavía no podía estimarse. Traducido al lenguaje real de la política económica: el instrumento central de estabilización global opera hoy con información incompleta sobre las variables más importantes del sistema.

Mientras tanto, los gobiernos reaccionan. En 2025 se introdujeron más de tres mil nuevas medidas de política comercial e industrial en todo el mundo, más del triple del promedio registrado una década atrás. Cada una de esas decisiones es racional vista de manera aislada. En conjunto producen exactamente el entorno que cada actor intenta evitar: un sistema internacional cada vez más fragmentado, más caro y menos predecible. Es la lógica acumulativa de decisiones racionales tomadas dentro de un entorno que ya no es estable.

Para México y América Latina, esta transición tiene implicaciones que van más allá de los titulares sobre aranceles o precios del petróleo. El crecimiento regional apenas supera el dos por ciento anual en un momento en que la reorganización industrial global abre una ventana de oportunidad histórica. Pero el capital no fluye hacia la incertidumbre. Fluye hacia quien logra ofrecer previsibilidad dentro de ella. Ese es el verdadero desafío estratégico de la región, y es uno que ningún comunicado de inversión nombra con esa crudeza.

La permacrisis no anuncia el colapso del sistema. Anuncia algo más difícil de gestionar: su funcionamiento en modo degradado de forma permanente. Crecimiento más lento, inflación más persistente, capital más caro, instituciones multilaterales con menos autoridad. El problema no es que falten diagnósticos correctos —en los foros internacionales hay suficiente gente que entiende lo que está ocurriendo. El problema es que corregir el rumbo exigiría exactamente el tipo de coordinación internacional que la permacrisis hace cada vez más difícil. El mundo no está atravesando una serie de crisis. Está aprendiendo a operar dentro de una. Y la diferencia entre ambas lecturas no es semántica. Es estratégica.

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