Juan Carlos Gómez Aranda
En este momento la situación global vive un período de transición tensa e incierta, marcada por la superposición de varias crisis y profundas transformaciones.
En el plano geopolítico, el orden internacional cruza por una reconfiguración marcada por la creciente rivalidad entre potencias manteniendo elevados los niveles de incertidumbre y tensión. Entre retórica e intensos bombardeos en las últimas horas, el presidente de los Estados Unidos ofreció el infierno a Irán, pero ayer pocas horas antes de expirar el ultimátum volvió a posponer la ofensiva por dos semanas ante señales de una salida diplomática.
Mientras que, en lo económico, el mundo enfrenta un crecimiento desigual, donde algunas economías muestran resiliencia tras los impactos de la pandemia y la inflación, pero persisten problemas estructurales como la deuda, la desigualdad social en muchas regiones del planeta -como nuestro continente y África- y la volatilidad de los mercados que suelen moverse fácilmente, incluso con una sola conferencia de prensa como las que suele ofrecer el señor Trump. La transición energética y los cambios en las cadenas de suministro también están redefiniendo el comercio global.
En el ámbito social, se observa un aumento en la polarización política y el descontento ciudadano explícito y contenido en diversas regiones. Las democracias tienen ante sí retos de legitimidad, mientras crecen movimientos que exigen respuestas a problemas como el costo de la vida, la inseguridad, la falta de oportunidades y el autoritarismo.
Por otra parte, los desafíos climáticos aluden a fenómenos extremos, pérdida de biodiversidad y presiones sobre los recursos naturales que obligan a gobiernos y empresas a acelerar -frecuentemente con renuencia- sus compromisos ambientales.
Como un hálito de optimismo, la tecnología y las ciencias médicas viven una etapa de innovación acelerada. El desarrollo de la inteligencia artificial, la digitalización y la automatización están transformando hábitos e industrias enteras, generando opciones y preocupaciones sobre empleo, privacidad y regulación.
En este contexto, volvimos a experimentar la esperanza de un mundo mejor con la puesta en órbita de la nave Artemis II, en una misión que nos ha permitido ver como nunca el lado oculto de la luna. Sin embargo, quizá no emociona tanto a la humanidad como los vuelos espaciales de hace medio siglo -cuando los cohetes partían de Cabo Cañaveral y el planeta entero contenía la respiración-, su significado sigue siendo profundo. Para aquella generación, la luna perdió algo de su halo romántico, pero a cambio, encendió una flama de mayor curiosidad por explorar y comprender el universo.
Desde Chiapas, en su centenario, Jaime Sabines nos susurra: vive
Hace cien años, en Tuxtla Gutiérrez, nació un poeta que eligió las palabras más sencillas para decir lo más profundo. Su poesía, a ras de tierra brota de lo cotidiano para hablarnos del amor como destino inevitable, de su tierra y de sus muertos con una nostalgia de siglos. Y en ese gesto -aparentemente simple- consiguió una hazaña extraordinaria: acercar a la gente a los libros, reconciliarla con la lectura, hacer de la poesía un lugar habitable, particularmente para los jóvenes.
Quizá fue el único poeta al que el público le pedía versos a gritos, como si fueran canciones. En el Palacio de Bellas Artes se coreaban los títulos preferidos: Los amorosos, La cojita está embarazada, Tlatelolco 68, El peatón. Y él, con voz pausada, iba respondiendo como quien escucha y acompaña: más que un poeta, un pastor de almas.
Por ello, el gobernador Eduardo Ramírez propuso declarar 2026 como “Año de Jaime Sabines Gutiérrez”. A partir de esta iniciativa, el Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas impulsa un amplio programa de actividades que rinden homenaje a una de las voces más entrañables de la literatura mexicana. Su obra -viva, cercana, necesaria- sigue encontrando lectores y acompañando nuevas generaciones.
Sabines (1926–1999) es, sin duda, uno de los poetas más leídos y queridos del siglo XX. Su lenguaje directo, a menudo coloquial, está atravesado por una intensidad que no rehúye los grandes temas: el amor, la muerte, la soledad, el dolor, la fe. Libros como Los amorosos, Horal, La señal, Yuria o Algo sobre la muerte del mayor Sabines lo consolidaron como una voz única, capaz de tocar a cualquiera, sin importar su edad o su experiencia lectora.
Hoy, en un mundo exhausto -herido por la guerra, por la desigualdad, por la prisa-, la poesía de Sabines no es un lujo: es un refugio. Leerlo es volver a lo esencial, es reconocernos en nuestra fragilidad y, también, en nuestra esperanza.
Este centenario no es sólo conmemoración, es encuentro: abrir un libro de Sabines como quien abre una ventana. Y que, al leerlo, cada uno escuche -en lo más íntimo- esa voz que no envejece y que todavía insiste, como al principio: vive, aunque duela; vive, aunque todo; vive.
*Coordinador de Asesores del Gobernador de Chiapas y de Proyectos Estratégicos.
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