Sr. Smith/Ultimátum
En Tuxtla ya no hay agua, pero sí hay discurso.
Y mucho.
Cuando la realidad aprieta —cuando pasan semanas y el agua no llega, cuando las familias pagan pipas a precios que duelen, cuando el problema deja de ser técnico y se vuelve cotidiano—, lo mínimo que espera la gente es claridad.
No excusas.
No relatos.
No juegos.
Porque gobernar no es repartir culpas como si fueran fichas.
Y eso de la “papa caliente” puede sonar bien en tribuna, pero en la calle ya no convence a nadie.
Hoy, el argumento es conocido: el problema viene de atrás. Que si la falta de mantenimiento, que si las decisiones del pasado, que si la herencia maldita.
El problema es que el presente no se gobierna con pretextos.
Se gobierna con resultados.
Y aquí es donde la narrativa se rompe.
Porque si algo ha dejado claro esta crisis es que Tuxtla no está discutiendo el origen del problema… está padeciendo su falta de solución.
Ese es el punto.
No importa de quién fue la falla inicial si después de un año y medio la respuesta sigue sin llegar.
No importa quién dejó qué, si quien hoy tiene la responsabilidad no logra resolverlo.
Y no, no es un tema menor.
El agua no es una obra que se presuma en redes.
No es un puente, no es una calle recién pavimentada.
Es lo básico.
Lo indispensable.
Lo que no debería fallar.
Por eso incomoda tanto.
Porque exhibe lo que no se ve: la planeación, el mantenimiento, la capacidad de anticiparse.
Y también exhibe algo más profundo: la tentación permanente de gobernar desde el discurso.
Decir que el problema es heredado puede servir como explicación.
Pero usarlo como justificación… ya es otra cosa.
Porque entonces el mensaje es claro: la responsabilidad siempre es de alguien más.
Y así, cualquiera gobierna.
El fondo del asunto es más serio.
Tuxtla creció.
La demanda aumentó.
La infraestructura requiere inversión constante.
Nada de eso es nuevo.
Nada de eso es sorpresa.
Entonces, ¿por qué actuar hasta que el problema revienta?
¿Por qué esperar a que la crisis sea tema de conversación diaria?
¿Por qué reaccionar en lugar de prevenir?
Ahí es donde el discurso se queda corto.
Porque no es un tema de memoria.
Es un tema de gestión.
Y cuando la gestión falla, no hay narrativa que la sostenga.
La diputada lo dijo en tribuna: volver al pasado no llena tinacos.
Y es cierto.
Pero tampoco los llena una estrategia basada en deslindarse.
Hoy Tuxtla no necesita explicaciones elaboradas.
Necesita agua.
Necesita soluciones.
Necesita gobierno.
Porque al final, la ciudadanía no vota por administraciones anteriores.
Vota por quien está.
Y a quien está… le toca.
Así de simple.
Así de incómodo.
Porque esto nunca fue una papa caliente.
Fue —y sigue siendo— una responsabilidad.
