COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO
Hubo un tiempo en que viajar representando a Pemex en América Latina era, digámoslo sin falsa modestia, viajar con credenciales. No las del pasaporte —esas las tiene cualquiera—, sino las de pertenecer a una empresa que en aquellos años era referencia obligada en cualquier conversación seria sobre petróleo en la región. Una empresa que el gobierno mexicano de entonces cuidaba con la misma lógica con que un Estado cuida sus mejores argumentos diplomáticos: con generosidad calculada y visibilidad estratégica.
Así llegué a los foros de ARPEL en 2002 —la Asociación de Empresas de Petróleo, Gas y Energía Renovable de América Latina y el Caribe, fundada en 1965, único espacio regional donde las grandes compañías estatales del continente se sentaban a hablar de lo que les preocupaba de verdad, con estatus consultivo ante las Naciones Unidas y sede en Montevideo. Ese rol me permitió recorrer el mundo petrolero latinoamericano con una profundidad que no se consigue en los libros: Petrobras en Brasil, Ecopetrol en Colombia, PDVSA en Venezuela, Petroperú en Perú, Petroecuador en Ecuador, ENAP en Chile. Empresas distintas, culturas corporativas distintas, pero una misma conversación que, tarde o temprano, encontraba el camino hacia Caracas.
Y cuando llegaba a Caracas —a la Venezuela de Chávez, al PDVSA que ya no era el de antes— la conversación bajaba un tono. No desaparecía. Bajaba.
En 2011, en el marco de un foro sobre empresas nacionales de petróleo celebrado en México, ese susurro de pasillo se volvió más nítido. No había nadie que lo dijera en tribuna —nadie se inmola profesionalmente de esa manera—, pero entre técnicos que llevan décadas midiendo lo que está bajo la tierra, la conclusión era más o menos la misma: las reservas venezolanas olían más a necesidad política del gobierno chavista que a certeza geológica documentada con rigor. Era el tipo de opinión que se comparte entre el tercer café y la salida al aeropuerto. Off the record, como debe ser cuando uno todavía tiene reuniones pendientes con esa gente.
No estaban equivocados. Y el tiempo, que es el auditor más implacable que existe, se ha encargado de confirmarlo.
La industria petrolera opera bajo una clasificación simple: reservas probadas, probables y posibles. Las primeras son las únicas que merecen el nombre sin asteriscos: volúmenes recuperables con alto grado de certeza bajo condiciones tecnológicas y económicas vigentes. Las otras dos son estimaciones. Proyecciones. Esperanzas con método.
El problema venezolano nunca fue geológico. Fue político.
El Cinturón del Orinoco existe, y es colosal en su escala. Pero la línea entre “probado” y “políticamente conveniente” se fue borrando en el momento en que hacerlo tenía consecuencias muy concretas para la posición del país dentro de la OPEP.
El mecanismo dentro del cartel es tan simple que nadie lo explica en público: más reservas declaradas significan mayor cuota de producción. Más cuota significa más ingresos y más peso político en la mesa. Y nadie audita esas cifras de forma independiente. La inflación de reservas no fue un accidente técnico. Fue una decisión estratégica disfrazada de geología.
La señal más elocuente no está en los números declarados sino en la contradicción brutal que revela la historia productiva del país. Venezuela afirma poseer el 17% de las reservas mundiales probadas —más que Arabia Saudita. Sin embargo, a finales de 2024 producía menos de un millón de barriles diarios, menos del 1% de la demanda global, frente a los más de tres millones que bombeaba cuando yo recorría esos pasillos. No hay ninguna tragedia geológica que explique ese abismo. Las reservas no se evaporaron. Lo que se evaporó fue todo lo demás: la institución, el capital humano, la inversión, la gobernanza. Lo que Chávez desmontó metódicamente cuando decidió que PDVSA era demasiado independiente para su gusto.
Agencias como Wood Mackenzie y Rystad Energy llevan años poniendo número a lo que los pasillos susurraban: el crudo del Orinoco —extrapesado, dependiente de diluyentes y tecnología cara— requiere precios superiores a 80 dólares por barril para ser económicamente viable. El volumen recuperable realista, bajo condiciones ideales, ronda los 60 mil millones de barriles. No 303. La diferencia entre ambas cifras no es margen de error técnico. Es la distancia que existe entre la ingeniería y la propaganda.
Hay una ironía que vale la pena mencionar: fue un venezolano, Juan Pablo Pérez Alfonzo, quien fundó la OPEP en 1960 con la convicción de que el petróleo podía ser instrumento genuino de soberanía nacional. Años después, desde su retiro, acuñó la frase que lo inmortalizó: el petróleo es el excremento del diablo. Lo que probablemente no imaginó es que sus sucesores llevarían esa metáfora a su expresión más literal: inflar el peso del excremento para negociar mejor en el cartel.
Las reservas venezolanas siguen ahí, enterradas bajo el Orinoco. En el papel siguen siendo las más grandes del planeta. En la práctica son algo mucho más modesto: una riqueza que existe, pero que el país ya no tiene cómo convertir en petróleo.
La gráfica impresiona. La geología es real.
Lo que dejó de existir fue todo lo demás.
