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LA PERMANENCIA COMPRADA

9 de abril de 2026
in Opiniones
LA PERMANENCIA COMPRADA
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A ESTRIBOR /JUAN CARLOS CAL Y MAYOR

La permanencia en el poder ya no se disputa únicamente en las urnas. Se construye desde el poder mismo. Se financia, se organiza y se garantiza. No es ya una contienda abierta entre proyectos políticos, sino un sistema cuidadosamente ensamblado donde las reglas, los recursos y las estructuras operan en una sola dirección: la continuidad.

México transita hacia una nueva lógica política donde gobernar ha dejado de ser un mandato temporal para convertirse en una necesidad de supervivencia. Demasiados escándalos, demasiadas contradicciones, demasiados indicios de corrupción en las nuevas élites del poder —empezando por el entorno más cercano del expresidente— hacen que perder el control no sea una opción. No se trata solo de conservar el poder: se trata de evitar las consecuencias de dejarlo.

EL VOTO COMO DEPENDENCIA

La popularidad del régimen no descansa en la eficacia del gobierno. Difícilmente podría hacerlo cuando los resultados económicos son mediocres, el crecimiento apenas roza el estancamiento y la inversión ha perdido dinamismo. Descansa, en cambio, en una red de dependencia social sin precedentes. Los programas sociales han alcanzado niveles históricos y se han convertido en el eje del modelo.

El Banco del Bienestar, los padrones, las becas, las pensiones… todo configura un entramado donde millones de mexicanos —especialmente los más vulnerables— han quedado vinculados a un ingreso que no proviene del crecimiento económico, sino de la redistribución política.

El voto, entonces, deja de ser una decisión libre y se convierte en un acto racional de supervivencia: votar por quien garantiza la continuidad del ingreso, aunque el país en su conjunto se deteriore.

EL COSTO DE COMPRAR LEALTADES

Nada de esto es gratuito. El modelo tiene un costo creciente y estructural. La deuda pública se ha incrementado de forma significativa, el déficit presiona las finanzas y el gasto se concentra cada vez más en transferencias, dejando menos espacio para inversión productiva, seguridad o infraestructura. El resultado es una ecuación peligrosa: más gasto rígido, menos crecimiento y mayor endeudamiento. Y cuando el dinero no alcanza, aparece el otro brazo del sistema: la presión fiscal. El SAT se convierte en instrumento de compensación. No para ampliar la base, sino para exprimir a los mismos contribuyentes cautivos que sostienen un aparato que no deja de crecer. Son pocos, pero cargan con todo.

EL ESTADO COMO OPERADOR ELECTORAL

Pero el elemento más sofisticado de este modelo no está en el dinero, sino en la operación territorial. El movimiento gobernante nunca construyó un partido sólido en el sentido tradicional. Construyó algo más eficaz: una estructura paralela sustentada en el Estado mismo. Los llamados “servidores de la nación” no son solo gestores sociales; son operadores políticos con conocimiento directo de cada beneficiario, de cada comunidad, de cada necesidad. No movilizan militantes: movilizan dependencias. No convencen: administran incentivos.

En ese esquema, la elección deja de ser una competencia equitativa. Se convierte en una maquinaria donde el gobierno juega simultáneamente como árbitro, competidor y financiador.

EL RIESGO DE LA INERCIA

Frente a esto, las clases medias expresan cada vez mayor frustración. Perciben el deterioro, resienten la carga fiscal, cuestionan los resultados. Pero su capacidad de contrapeso es limitada frente a un aparato territorial aceitado y probado elección tras elección.

Pensar que una votación masiva por sí sola revertirá esta lógica es, cuando menos, ingenuo. Las elecciones intermedias podrían reacomodar parcialmente el tablero. Pero el fondo del problema permanece: un sistema diseñado para perpetuarse.

El riesgo no es solo político. Es estructural. México comienza a parecerse, en ciertos rasgos, a aquellos países donde la alternancia dejó de ser una posibilidad real y donde el poder aprendió a sobrevivir incluso sin legitimidad. Venezuela es el espejo incómodo.

Allá, la oposición logró incluso unificarse… y no bastó. Aquí, el andamiaje ya está en marcha. Y cuando la permanencia se compra, la democracia deja de ser una competencia… y se convierte en una simulación.

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