DEMOCRACIA VIRTUAL/EUGENIO HERNÁNDEZ SASSO
El hábito de cargar gasolina en México ya se volvió prácticamente una actividad extrema, un salto al vacío que, literalmente, representa un atentado al salario.
Uno llega a la estación con la esperanza de que el marcador no suba tan rápido, pero la bomba corre más aceleradamente que la quincena y así, entre escasos litros y suspiros, el tanque medio se llena y el bolsillo se vacía completo.
A la presidenta Claudia Sheinbaum le cayó la papa caliente, heredada de una administración que dejó más pendientes que soluciones.
El tema del combustible no se cocinó en un sexenio, viene arrastrando decisiones, subsidios mal calculados y una dependencia histórica del mercado internacional que hoy empieza a pasar la factura.
Los números ya no espantan, indignan, por ejemplo, la gasolina Premium rebasa los 30 pesos por litro en varias regiones, mientras la Magna se sostiene en el “límite” de los 24 pesos.
Pero ese “límite” es puro consuelo de discurso, porque llenar un tanque promedio ya se siente como pagar «casa chica». El ciudadano de a pie no habla de octanaje, habla de supervivencia y se pregunta, “¿le pongo cien o mejor camino?”.
Claro, cuando sube la gasolina, sube todo. Es ley no escrita de la economía mexicana. El transporte se encarece, los alimentos se disparan y la canasta básica se convierte en artículo de lujo.
La tortilla, por ejemplo, ya ronda los 26 pesos el kilo y el azúcar anda por las nubes. Ir al mercado ya no es comprar, es negociar con la realidad.
¿Recuerdan ustedes, amables y fieles cinco lectores la famosa recomendación de “si no alcanza para Premium, póngale Magna”?
Bueno, esa frase desató una gran cantidad de memes en redes e hizo notar el ingenio mexicano al rescate en temporada de crisis, pero, en realidad, detrás del chiste hay molestia, toda vez que queda la sensación de que el gobierno habla desde otro extremo.
Para millones de mexicanos la realidad no es elegir entre si compran Premium o Magna, es literalmente decidir si usan el coche o lo dejan parado. Si se van en bici o activan sus poderosas piernas para caminar.
LA BENDITA INFLACIÓN
Ahora bien, la inflación no apareció por generación espontánea, tiene causas claras. Los aumentos al salario mínimo eran necesarios, pero también elevaron costos para pequeñas y medianas empresas.
A eso se suman problemas de producción agrícola, servicios que no bajan de precio y un gasto público que mantiene el consumo activo, aunque la oferta no siempre alcance.
Afuera, el panorama tampoco ayuda, existen conflictos internacionales, tensiones en Medio Oriente y la guerra entre Rusia y Ucrania que han mantenido presionados los precios del petróleo.
Como México no vive en una burbuja, cualquier sacudida global termina reflejándose en el precio por litro. Si allá tiembla, aquí se desploma la economía al subir los precios de las gasolinas.
El resultado de ello es una inflación que ronda el 4.5% al mes de abril, pero que en la calle se siente mucho más pesada, porque el dato técnico no refleja la angustia de quien ya recortó gastos, cambió marcas, dejó gustos y aun así no le alcanza, la inflación real es la que obliga a hacer cuentas en el súper y a decir “eso ya no”.
El Banco de México mantiene tasas de interés elevadas que, traducido al buen español representa créditos más caros, menos acceso a financiamiento y una economía que avanza con freno de mano.
Esa es posiblemente una medida necesaria, dicen los expertos, pero para el ciudadano significa pagar más por todo, incluso por deber.
El gobierno, por su parte, camina en la cuerda floja. Por un lado, subsidia combustibles para evitar que el golpe sea peor, pero por otro, ese apoyo cuesta miles de millones que podrían destinarse a otras áreas.
Eso es un equilibrio complicado porque si quitas el subsidio sube la gasolina, pero si lo mantienes aprietas las finanzas públicas.
En medio de todo esto está la gente, la que maneja, la que vende, la que transporta, la que compra, la que todos los días ajusta su vida a un precio que no deja de subir, porque la gasolina no solo mueve vehículos, mueve la economía entera y, cuando se encarece, todo se tambalea.
Al final, el problema no es solo cuánto cuesta el litro de gasolina, sino lo que arrastra.
El combustible caro es síntoma de un modelo que sigue dependiendo de factores externos, de decisiones internas a medias, de soluciones temporales y de refinerías que no refinan, sino que contaminan y explotan, como la Olmeca en Dos Bocas, Paraíso.
Esto representa el recordatorio constante de que la economía se vive en la calle, no en los informes, no en el discurso engañoso.
Sassón
Para cargar combustible hay que contar monedas, medir recorridos y estirar el gasto, porque en México llenar el tanque ya no es cosa de movilidad, es cuestión de resistencia y sobrevivencia.
