COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM/ULTIMÁTUM
En política las formas importan tanto como los fondos. Y cuando los movimientos dentro de un gobierno empiezan a multiplicarse, la pregunta no es quién llega… sino por qué se van.
El alcalde Ángel Torres Culebro ha intentado presentar los recientes cambios en su gabinete como parte de una dinámica natural de gobierno: ajustes, relevos, nuevos bríos. La narrativa oficial habla de fortalecimiento institucional, de perfiles que llegan a sumar, de continuidad con resultados. Suena bien. Siempre suena bien.
Porque cuando un gobierno es estable, los relevos no levantan cejas. Cuando hay confianza interna, los cambios no generan ruido. Cuando hay rumbo, las sustituciones son discretas. Aquí pasa lo contrario: cada movimiento parece abrir más preguntas que certezas.
La llegada de nuevos perfiles a áreas clave como Economía o Tránsito Municipal podría leerse como una apuesta por recomponer. Sin embargo, viene precedida por una cadena de tensiones que no terminan de apagarse. La renuncia de funcionarios, como la de quien encabezaba la coordinación de agencias municipales, no fue tersa ni protocolaria. Fue una salida con acusaciones graves: corrupción, nepotismo, abuso de poder.
Porque entonces los relevos dejan de ser administrativos y se convierten en políticos. Ya no se trata de mejorar el funcionamiento del ayuntamiento, sino de contener una narrativa que comienza a desbordarse. Una narrativa donde aparecen nombres, señalamientos y prácticas que, de confirmarse, no solo erosionan la imagen del gobierno, sino que cuestionan su legitimidad.
El problema no es que haya cambios. El problema es cuando los cambios parecen respuestas tardías a crisis internas.
En cualquier administración pública, los movimientos de piezas pueden ser síntoma de evolución… o de descomposición. Y en el caso de Tuxtla, la percepción pública empieza a inclinarse hacia lo segundo. No por un relevo aislado, sino por la acumulación de episodios: renuncias incómodas, denuncias que no terminan de aclararse, versiones que circulan más rápido que las explicaciones oficiales.
Entonces surge la duda inevitable: ¿se está reordenando el gobierno o se está parchando?
Porque hay algo que no se puede ocultar con nombramientos: el clima interno. Y cuando ese clima se enrarece, se nota. Se filtra. Se comenta. Se amplifica.
El alcalde insiste en el discurso de confianza, en el respaldo a quienes llegan, en el reconocimiento a quienes se van. Pero la política no solo se construye con discursos; se sostiene con credibilidad. Y la credibilidad no se decreta, se demuestra.
Hoy, más que nunca, el ayuntamiento necesita algo más que relevos. Necesita claridad.
Claridad sobre lo que está pasando puertas adentro. Claridad sobre las acusaciones que ya están en la conversación pública. Claridad para distinguir si estamos viendo un proceso natural de ajustes o el síntoma de un gobierno que empieza a perder el control de su propia narrativa.
Porque en política hay una regla no escrita: cuando tienes que explicar demasiado un cambio, probablemente no es solo un cambio.
Y en Tuxtla, los movimientos recientes ya no se leen como rutina. Se leen como señales.
Señales de que algo no está del todo bien.