COLABORACIÓN INVITADA SR. SMITH/ULTIMÁTUM/ULTIMÁTUM
Chiapas volvió a tensarse. No es la primera vez y, lamentablemente, tampoco parece que será la última. Lo ocurrido en Venustiano Carranza —dos personas muertas, siete lesionadas y un desaparecido en medio de un enfrentamiento armado— no es un hecho menor ni aislado. Es un recordatorio crudo de que la paz en el estado sigue siendo frágil, disputada y, en muchos territorios, condicionada.
Pero hay algo que cambia el tono de esta historia. Algo que, sin resolver el problema de fondo, sí marca una diferencia en la forma de enfrentarlo: la reacción.
Hoy, en el Chiapas gobernado por Eduardo Ramírez Aguilar, los hechos no se esconden detrás del silencio ni se diluyen en discursos evasivos. Hay información, hay posicionamiento, hay intentos de control. La Fiscalía sale, da cifras, reconoce lo que ocurre, incluso cuando no tiene aún el control total del territorio. Y eso, en un estado que viene de años de opacidad, no es poca cosa.
Porque basta mirar hacia atrás para entender el peso de esa diferencia.
Ni Dios lo quiera que estuviera Rutilio.
La frase no es solo un dardo político; es una síntesis social. Durante el gobierno de Rutilio Escandón Cadenas, Chiapas vivió una etapa donde la violencia no solo creció, sino que se volvió incómodamente cotidiana. Había enfrentamientos, desplazamientos, bloqueos armados… y del otro lado, una narrativa oficial que parecía desconectada de la realidad. Mientras en algunas regiones se escuchaban balas, desde el poder se hablaba de estabilidad. Mientras comunidades enteras se atrincheraban, la respuesta institucional era, muchas veces, el silencio.
O peor aún: el clima.
Porque si algo quedó marcado en la memoria colectiva fue esa tendencia a explicar lo inexplicable con evasivas. Como si la violencia fuera un fenómeno natural, como si la inseguridad fuera una nube pasajera que se disipa sola. Se hablaba más del tiempo que de los muertos. Más del ambiente que del miedo.
Hoy no. Hoy, al menos, se reconoce que hay un problema.
Y ese reconocimiento es el primer paso para cualquier solución, aunque todavía estemos lejos de alcanzarla.
Lo de Venustiano Carranza tiene capas. No se puede entender sin la disputa histórica entre organizaciones campesinas, sin el conflicto territorial que lleva décadas incubándose, sin la presencia cada vez más evidente del crimen organizado en zonas donde antes su influencia era marginal. Cuando esos factores coinciden, el resultado es el que vimos: violencia abierta, armas largas, comunidades en medio del fuego cruzado.
Pero también hay otra capa, una más reciente, que tiene que ver con la herencia.
Porque la violencia no nace de un día para otro. Se construye. Se permite. Se tolera. Se ignora. Y durante años, en Chiapas, se optó más por administrar el problema que por enfrentarlo. Se dejó crecer. Se volvió paisaje.
Por eso, cuando hoy ocurre un hecho como este, no se puede analizar sin ese contexto. No se trata de justificar, sino de entender. De dimensionar que lo que hoy estalla, en muchos casos, empezó a cocinarse hace tiempo.
Y aun así, hay un matiz importante: la respuesta.
En esta nueva etapa, el gobierno estatal no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. La presión social, la vigilancia mediática y el propio desgaste de lo ocurrido en el pasado obligan a actuar. Hay operativos, hay coordinación, hay mensajes claros de que la violencia no será tolerada. ¿Es suficiente? No. ¿Es distinto? Sí.
Y en política, a veces, la diferencia en la forma es el inicio del cambio de fondo.
Sin embargo, el riesgo está en conformarse. En creer que reaccionar rápido es equivalente a resolver. En asumir que dar la cara sustituye la necesidad de resultados estructurales. Porque la paz no se construye solo con حضور institucional después de los hechos, sino evitando que ocurran.
Ahí está el verdadero reto.
Chiapas sigue siendo un territorio complejo, atravesado por desigualdades, conflictos históricos y ahora también por dinámicas criminales que no respetan límites. Pensar que un solo gobierno, en poco tiempo, puede revertir todo eso sería ingenuo. Pero también lo sería no exigir avances reales.
Por eso la comparación con el pasado no debe ser un refugio cómodo, sino un punto de referencia incómodo.
Sí, hoy hay más información que antes.
Sí, hoy hay más reacción que antes.
Sí, hoy hay una narrativa distinta.
Pero la paz sigue siendo una tarea pendiente.
Y mientras haya comunidades donde el Estado no entra con certeza, mientras haya grupos armados disputando territorios, mientras la violencia siga encontrando espacios para manifestarse, la sombra de aquel pasado seguirá presente.
No como nostalgia, sino como advertencia.
Porque si algo dejó claro el sexenio anterior es lo que pasa cuando el poder decide no ver. Y si algo empieza a mostrar el presente es que ver no basta: hay que actuar, sostener, corregir y, sobre todo, no repetir.
De ahí el sentido profundo de la frase.
Ni Dios lo quiera que estuviera Rutilio.
No como consuelo, sino como memoria viva de lo que Chiapas no puede volver a permitir.
