COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
En la política mexicana existe una extraña costumbre: cambiar por cambiar. Como si la renovación automática garantizara resultados. Como si todo relevo significara evolución. Como si la permanencia fuera, por definición, negativa.
Pero las instituciones no siempre necesitan comenzar de cero. A veces lo que requieren es continuidad, consolidación y profundidad.
Y eso es justamente lo que hoy parece discutirse alrededor de la Universidad Autónoma de Chiapas.
La imagen de Oswaldo Chacón Rojas registrándose nuevamente como aspirante a la rectoría, acompañado por docentes, administrativos y estudiantes del Campus IV de Tapachula, no es menor. Porque más allá del acto protocolario, lo que proyecta es algo que pocas veces ocurre en las universidades públicas: respaldo visible.
Y hay una frase que resume bien el mensaje político de su registro:
“No quiero hacerlo solo”.
En tiempos donde abundan los proyectos personalistas, la frase tiene lectura institucional. Porque la universidad no se sostiene únicamente desde el escritorio del rector. La UNACH necesita acuerdos, operación política, interlocución, gestión, academia y estabilidad.
Y quizá ahí radica la principal fortaleza de Oswaldo Chacón.
Entendió algo fundamental: una universidad pública no puede gobernarse solamente desde el discurso académico, pero tampoco únicamente desde la lógica política. Se necesita el delicado equilibrio entre ambos mundos.
La universidad requiere alguien que comprenda la academia, sí. Pero también alguien que sepa cómo funcionan los poderes públicos, cómo gestionar recursos, cómo tocar puertas, cómo negociar presupuestos y cómo colocar a la UNACH nuevamente en la conversación nacional.
Porque durante años, hay que decirlo, la máxima casa de estudios quedó rezagada. Olvidada. Invisible en muchos sentidos. Mientras otras universidades crecían en infraestructura, presencia, investigación y posicionamiento, la UNACH parecía atrapada en inercias administrativas y conflictos internos.
Hoy el escenario es distinto.
Y aunque toda gestión es perfectible, sería mezquino negar que la universidad ha recuperado presencia, movilidad y cierta estabilidad institucional.
Por eso el debate sobre la posible reelección no debería centrarse únicamente en la permanencia de una persona, sino en algo más profundo: ¿le conviene a la universidad interrumpir un proceso que parece haber dado resultados?
Porque en política y en administración pública existe una obsesión peligrosa con destruir lo anterior para inaugurar supuestas “nuevas eras”. Y muchas veces esas nuevas eras terminan siendo retrocesos disfrazados de cambio.
La UNACH no necesita improvisaciones. Necesita continuidad inteligente.
Necesita alguien con capacidad académica, pero también con relaciones institucionales. Alguien que no requiera intermediarios para dialogar con el poder político, sino que tenga interlocución directa. Alguien que entienda que una universidad pública no solo forma profesionistas: también construye estabilidad social, movilidad y futuro.
Y en Chiapas eso pesa todavía más.
Porque hablar de la UNACH es hablar también de miles de jóvenes que ven en la educación superior una posibilidad real de transformar su destino en un estado históricamente golpeado por desigualdades.
Por eso la rectoría no puede convertirse en un experimento.
La universidad necesita rumbo. Necesita gobernabilidad. Necesita gestión. Necesita presencia. Necesita evitar regresar a los años donde predominaban el abandono institucional y la desconexión con la realidad estatal.
Hay quienes cuestionan cualquier continuidad por principio. Como si permanecer fuera pecado político. Pero también hay momentos donde repetir significa consolidar.
Y quizá esa sea hoy la discusión de fondo.
Si algo está funcionando para bien de la universidad, ¿por qué romperlo solamente por cumplir con la idea romántica de la alternancia?
Que se repita todo aquello que fortalezca a la UNACH.
Que se repita la interlocución.
Que se repita la gestión.
Que se repita la estabilidad.
Que se repita la capacidad.
Porque las universidades no necesitan protagonismos pasajeros. Necesitan proyectos sólidos que resistan el paso del tiempo.
Y en Chiapas, donde tantas veces las instituciones comienzan de nuevo antes siquiera de consolidarse, quizá la verdadera transformación consista precisamente en eso: aprender a dar continuidad a lo que sí funciona.
