FILIPICAS/PACO RAMÍREZ/ULTIMÁTUM
Morena volvió a sacar su carta favorita. Cuando algo les aprieta, cuando un escándalo les salpica o cuando el adversario les mete un golpe, el partido en el poder recurre siempre al mismo truco: gritar que la patria está en peligro. Esta semana tocó en Chihuahua, con agentes de la CIA como villanos del cuento y Maru Campos como la traidora que les abrió la puerta.
Y hay que reconocerlo: el cuento les ha funcionado. La historia de la soberanía violada, del extranjero que se mete donde no lo llaman, toca una fibra muy profunda en los mexicanos. No es casual — tiene raíces en siglos de historia, de intervenciones reales, de heridas que no han cerrado del todo. Morena lo sabe, y sabe exactamente qué botón apretar.
Pero esta vez algo huele diferente.
El operativo en la Sierra Tarahumara ocurrió a mediados de abril. Pasó casi un mes y nadie en Morena dijo esta boca es mía. La marcha, el juicio político, el escándalo — todo eso llegó al día siguiente de que el PAN presentara su propia acusación contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, que tiene vínculos señalados con el narco. Es decir: no actuaron por convicción sino por reacción. Y eso, en política, es la diferencia entre un partido que lleva el rumbo y uno que va apagando incendios.
Ahora viene la marcha del sábado 16 en Chihuahua. Y ahí está la prueba de fuego. Si la gente llena las calles, Morena habrá convertido un escándalo incómodo en victoria política. Pero si la respuesta es tibia — y hay razones para pensar que lo será, porque están convocando en un estado que no es suyo, donde el gobierno acaba de golpear duro al narco — el tiro les va a salir por la culata. Y la narrativa de la soberanía, su arma más confiable, va a quedar un poco más gastada.
Porque ese es el riesgo de usar el mismo cuento demasiadas veces: que la gente empiece a reconocerlo. Que cuando griten «¡nos invadieron!» la primera pregunta ya no sea de quién nos defienden, sino de qué nos están queriendo esconder.
El juicio político contra Maru Campos no va a llegar a ningún lado — todos los que saben de leyes lo saben, empezando por los propios legisladores de Morena. Va a quedar guardado en un cajón, útil para presionar pero sin intención real de usarse. Y cuando eso quede claro, como va a quedar, quien pague el precio no será la gobernadora de Chihuahua.
Será Morena, que una vez más apostó al cuento de la soberanía esperando que nadie se diera cuenta del truco.