COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH
En política hay personajes que jamás terminan de irse. Aunque cambien los gobiernos, aunque se modifiquen las lealtades y aunque el escenario ya no les pertenezca, siempre encuentran la forma de seguir operando, negociando y buscando el regreso.
Y en Tapachula, todo apunta a que Rosy Urbina quiere volver.
Sí, otra vez.
Porque mientras públicamente intenta mostrarse cercana a la gente, recorriendo colonias, organizando eventos y manteniéndose vigente en redes sociales, en privado —según cuentan distintos actores políticos del Soconusco— la exalcaldesa estaría desplegando una intensa operación política para reconstruir puentes con las grandes esferas de Morena.
Pero no por convicción ideológica.
Por ambición política.
Las versiones son insistentes. Rosy Urbina se ha reunido con personajes que considera cercanos a quienes tomarán decisiones rumbo al 2027. Operadores, intermediarios y figuras con acceso a las cúpulas morenistas. El objetivo es claro: volver a posicionarse como una opción viable para la presidencia municipal de Tapachula.
Hasta ahí, podría decirse que forma parte del juego político.
Lo verdaderamente delicado es el cómo.
Porque lo que comienza a comentarse en distintos círculos políticos es que Rosy estaría ofreciendo futuros compromisos de obra pública, espacios y acuerdos políticos a cambio de respaldo.
La vieja política.
La de siempre.
La política del favor por el favor.
La política donde algunos todavía creen que las candidaturas se construyen con compromisos de escritorio y no con legitimidad social.
Y eso inevitablemente revive muchas preguntas incómodas sobre su pasado reciente.
Porque Tapachula no ha olvidado.
No ha olvidado que Rosy Urbina fue una de las figuras más cercanas al rutilismo en Chiapas. Fue impulsada políticamente por Rutilio Escandón, primero como alcaldesa interina tras la muerte de Óscar Gurría Penagos y posteriormente como presidenta municipal electa.
Pero además, fue una operadora política activa de aquel grupo.
Y muchos dentro de Morena recuerdan perfectamente cómo durante años bloqueó cualquier estructura cercana a Eduardo Ramírez Aguilar dentro del ayuntamiento tapachulteco.
Las historias siguen circulando.
Funcionarios despedidos.
Operadores marginados.
Puertas cerradas para quienes no pertenecían al grupo político dominante.
Incluso bardas repintadas para borrar mensajes relacionados con el actual gobernador.
Por eso hoy resulta difícil creer en ciertos intentos de reinventarse políticamente.
Porque en Chiapas la memoria política podrá ser corta… pero no inexistente.
Y el problema para Rosy es que el contexto ya cambió.
El rutilismo perdió fuerza.
Las estructuras de poder se reacomodaron.
Y muchos personajes que antes parecían intocables hoy sobreviven políticamente buscando nuevas alianzas.
Eso explica la urgencia.
Eso explica los acercamientos.
Eso explica por qué Rosy se mueve desde ahora, aunque todavía falte tiempo para las definiciones electorales.
Porque sabe perfectamente que el 2027 comenzó desde hace meses.
Sin embargo, existe un problema aún mayor para ella: el desgaste.
Porque Rosy Urbina ya no representa novedad política. Representa continuidad de una etapa que muchos en Chiapas prefieren dejar atrás.
A eso se suman los cuestionamientos que arrastra su administración municipal.
Observaciones.
Críticas.
Señalamientos por manejo de recursos.
Versiones sobre beneficios a grupos cercanos.
Y una percepción creciente de que Tapachula terminó convertida en un proyecto político personal.
Por eso cada movimiento suyo comienza a generar ruido dentro del propio Morena.
Hay sectores que consideran un error reciclar perfiles asociados al pasado reciente, sobre todo cuando el discurso oficial insiste en transformación y renovación.
Pero Rosy parece convencida de algo: todavía tiene estructura, todavía tiene operadores y todavía conserva capacidad de negociación.
Y quizá tenga razón.
Porque en política nunca debe subestimarse a quien tiene ambición.
Mucho menos a quien ya conoció el poder.
