El problema comienza cuando el análisis deja de centrarse en los hechos y se convierte en burla, cosificación o violencia verbal. Cuando el debate político se sustituye por apodos, insinuaciones sexuales, ataques sobre la edad, la apariencia o la vida íntima. Cuando la crítica ya no busca informar, sino provocar escarnio
COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
En tiempos donde las redes sociales se han convertido en tribunales improvisados, hay algo profundamente peligroso en confundir el ejercicio periodístico con el placer de humillar. Porque una cosa es cuestionar el poder y otra muy distinta convertir la vida privada de una mujer en espectáculo público bajo el disfraz de “crítica política”.
Sí, quienes ocupan cargos públicos están expuestos al escrutinio social. Sí, sus decisiones, relaciones y contradicciones pueden convertirse en tema de interés colectivo cuando existe un impacto político, ético o institucional. Eso forma parte de la democracia. Pero incluso dentro del periodismo existen límites que deberían ser innegociables: la dignidad humana, el respeto y la responsabilidad narrativa.
El problema comienza cuando el análisis deja de centrarse en los hechos y se convierte en burla, cosificación o violencia verbal. Cuando el debate político se sustituye por apodos, insinuaciones sexuales, ataques sobre la edad, la apariencia o la vida íntima. Cuando la crítica ya no busca informar, sino provocar escarnio.
Y ahí vale la pena preguntarse algo incómodo: si el protagonista de la historia fuera un hombre joven relacionándose con una mujer mayor y poderosa, ¿el tono sería el mismo? ¿O acaso seguiríamos atrapados en esa vieja costumbre social de juzgar con más dureza a las mujeres cuando deciden vivir su vida sentimental de manera pública?
Porque muchas veces la violencia política de género no aparece únicamente en grandes discursos de odio. A veces se esconde detrás de la aparente “picardía” regional, del meme compartido, del encabezado burlón o de la publicación que busca likes a costa de ridiculizar a una mujer por ejercer su libertad personal.
Y cuidado: señalar esto no significa censurar el periodismo ni limitar la libertad de expresión. El periodismo incómodo es necesario. La crítica al poder también. Lo que resulta peligroso es usar la bandera de la libertad periodística como salvoconducto para normalizar ataques que difícilmente serían aceptados en otros contextos.
Porque no todo lo viral es periodismo.
Existe una enorme diferencia entre cuestionar posibles conflictos éticos dentro del poder político y convertir una relación sentimental en carnada digital. Una diferencia todavía más grande entre investigar y exhibir. Entre informar y degradar.
Las redes sociales han acelerado algo preocupante: la pérdida de fronteras entre opinión, información y agresión. Hoy cualquiera puede publicar, señalar, ironizar o destruir reputaciones en cuestión de minutos. Pero la facilidad para hablar no elimina la responsabilidad sobre lo que se dice.
Especialmente en Chiapas, donde históricamente las mujeres en política han enfrentado un doble juicio: el de su trabajo y el de su vida personal. A los hombres se les cuestiona por gobernar mal; a ellas, además, por cómo aman, cómo visten, cómo sonríen o con quién se relacionan.
Y eso también es violencia.
No porque exista una prohibición para opinar, sino porque muchas veces el ataque abandona el interés público para entrar al terreno de la descalificación basada en prejuicios de género.
La democracia necesita prensa libre, sí. Pero también necesita periodistas, páginas y opinadores capaces de entender que la libertad de expresión no puede convertirse en patente para humillar personas. Mucho menos cuando el algoritmo premia precisamente lo más agresivo, lo más burlón y lo más cruel.
Porque cuando el periodismo pierde humanidad y se convierte únicamente en maquinaria de escándalo, deja de fiscalizar al poder para empezar a parecerse demasiado al linchamiento.
Y eso debería preocuparnos a todos.
