ESCUDO Y ESPAADA/OSCAR SIEBER/ULTIMÁTUM
Chiapas es un estado en el que el flujo de dinero público domina estructuralmente la economía local. ¿Qué quiere decir esto? Que, ante la ausencia de industrias fuertes, el dinero que circula dentro del estado proviene principalmente del erario público y no de otros sectores productivos.
Más del 85–90 % de los ingresos del gobierno estatal provienen de la Federación. La recaudación local —es decir, los impuestos propios— es baja en comparación con estados industriales como Nuevo León, Jalisco o Querétaro. Por otro lado, una parte importante del gasto público se destina a nómina gubernamental, programas sociales, infraestructura básica, educación y salud pública.
Comprender este fenómeno socioeconómico nos permite entender la idiosincrasia que se ha formado en torno al ámbito laboral de nuestra sociedad bajo un contexto profundamente politizado, así como la falta de progreso que de ello deriva.
Por ejemplo, en muchos casos, el empleo gubernamental es percibido como una de las vías más accesibles de movilidad social y estabilidad económica, especialmente en contextos donde el sector privado ofrece oportunidades limitadas. Sin embargo, también existen casos en los que en la política se percibe la posibilidad de convertirse en gobernador, porque esa aspiración resulta más cercana a su realidad que soñar con convertirse en un valiente astronauta o en un científico brillante capaz de descubrir la cura contra el cáncer.
Espero no se malinterprete. No digo que trabajar en el gobierno o tener grandes aspiraciones dentro de la política sea algo negativo. Lo que intento enfatizar es que la manera en que se vive la política —tanto en Chiapas como en muchas partes de la República Mexicana— se ha convertido en una cultura viciosamente adicta a sí misma, que con el tiempo no ha hecho más que expandirse de forma perjudicial.
No es sano ver a exalcaldes intentando repetir candidaturas cuando no dieron la talla y ni siquiera el pueblo se los está pidiendo. No es sano el abuso de poder de un jefe sobre sus subordinados, porque ambas partes saben que, fuera de la nómina gubernamental, difícilmente encontrarán un empleo mejor pagado en la iniciativa privada. No es sano prometer algo y no cumplirlo. No es sano bloquear proyectos ajenos solo porque sus impulsores tienen amistades con políticos de otros partidos. Tampoco es sano mostrarse inaccesible o arrogante ante ciudadanos que buscan ayuda, únicamente para proyectar una falsa imagen de exclusividad, cuando las responsabilidades del servicio público son, precisamente, servir y atender a la ciudadanía.
Este tipo de conductas son algunos de los rasgos que emanan de la clase política, porque en Chiapas existe una especie de monopoder económico. Aclaro, cuando hablo de ‘monopoder’, no me refiero a una dictadura formal ni a la ausencia absoluta de otros actores económicos, sino a una concentración desproporcionada de influencia política y financiera alrededor del aparato gubernamental, derivada de la debilidad estructural del sector privado y de la dependencia del gasto público.
Gran parte de la riqueza que llega desde el gobierno federal queda sujeta a la arbitrariedad de la cúpula cercana al gobernador en turno. Esto ocurre porque no existen suficientes fuentes alternas de riqueza que vuelvan a la economía más plural y diversa. Tristemente, esta es la realidad que ha llevado a la sociedad chiapaneca a quedar supeditada a una forma nociva de entender el poder y la política.
Paradójicamente, esta condición socioeconómica podría haber producido una tendencia más favorable. Si vivimos en un estado predominantemente político, lo lógico sería pensar que Chiapas hubiera desarrollado una auténtica casta de grandes políticos. Después de todo, el oficio es tan demandante que debería obligar al perfeccionamiento del arte de gobernar. Sin embargo, ocurre lo contrario: bajo este control derivado de un monopoder económico, muchos gobernantes carecen de la calidad moral e intelectual necesaria para redirigir el patrón de conducta ante sus representados, que somos los ciudadanos.
Por eso, considero que para reformar la idiosincrasia chiapaneca es necesario abordar estrategias de desarrollo económico estructural. Para ello, puede ser útil tomar como referencia el caso de éxito de Costa Rica, ya que comparte ciertas similitudes geográficas y regionales con Chiapas, aunque con una escala territorial diferente. En efecto, Chiapas es significativamente más extenso que Costa Rica, lo que también implica retos distintos en términos de cohesión territorial y desarrollo.
Costa Rica logró transitar parcialmente desde un modelo centroamericano tradicional basado principalmente en agricultura y turismo -similar al modelo chiapaneco- hacia una economía más diversificada y orientada a servicios de alto valor agregado. Su transformación económica, que vino en las últimas décadas, se ha sustentado en una combinación de factores: estabilidad institucional, inversión en educación, atracción de inversión extranjera directa y desarrollo de sectores especializados como la manufactura avanzada de dispositivos médicos, las telecomunicaciones y la tecnología. En ese sentido, su experiencia ofrece una referencia útil, no como modelo idéntico, sino como evidencia de que la diversificación productiva es posible incluso en economías pequeñas.
Por su ubicación fronteriza y su posición estratégica, Chiapas posee ventajas que podrían potenciarse mediante una política de atracción de inversión más agresiva y bien estructurada. Costa Rica, por ejemplo, ha logrado captar inversión extranjera a través de un sistema de incentivos fiscales y zonas económicas especiales. En el caso de Chiapas, existió un intento similar mediante las llamadas “Zonas Económicas Especiales”, que contemplaban incentivos fiscales, facilidades regulatorias e inversión en infraestructura.
Aunque este programa fue cancelado en 2019, su lógica de fondo sigue siendo relevante: la creación de condiciones estables y competitivas podría convertirse en un motor de desarrollo regional si existiera una estrategia de largo plazo, continuidad institucional y voluntad política sostenida.
