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Chiapas: antes modelo de horror, hoy ejemplo que se exporta

27 de mayo de 2026
in Opiniones
Chiapas: antes modelo de horror, hoy ejemplo que se exporta
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COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith/Ultimátum

Hay momentos que valen más que mil discursos. Y este es uno de ellos.

El pasado 25 de mayo, el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar pisó las instalaciones del Colegio de Defensa Nacional —ese recinto histórico donde tradicionalmente han disertado los presidentes de México— no como invitado de protocolo ni como figura decorativa de un acto oficial. Fue invitado por el secretario de la Defensa Nacional, el general Ricardo Trevilla Trejo, para impartir una conferencia magistral ante alumnos de la Maestría en Seguridad Nacional, ante integrantes de las Fuerzas Armadas de Brasil, Argentina y Guatemala, y ante generales, almirantes, investigadores y funcionarios de alto rango del gobierno federal.

El tema: la política de Chiapas en materia de prosperidad y seguridad.

Que alguien lea eso de nuevo y lo dimensione bien.

Chiapas. Seguridad. Ejemplo.

Hace apenas unos años esas tres palabras no cabían juntas en la misma oración sin provocar una carcajada amarga o un escalofrío. Porque la Chiapas que heredó este gobierno era, para decirlo sin eufemismos, un modelo de horror. Un estado donde los grupos criminales imponían condiciones, donde municipios enteros vivían bajo el control del crimen organizado, donde los desplazamientos forzados eran noticia cotidiana, donde la frontera sur era un territorio sin ley que el gobierno anterior administraba con la misma eficacia con que administró todo lo demás: ninguna. Un estado que aparecía en los informes internacionales de seguridad no como caso de estudio exitoso sino como advertencia, como ejemplo de lo que ocurre cuando un gobierno decide mirar hacia otro lado durante seis años mientras el territorio se le escapa de las manos.

Esa era la Chiapas del rutilismo. La Chiapas de Rutilio Escandón Cadenas. La que se entregó al siguiente gobierno como un problema sin resolver, como una deuda de seguridad impagable, como un estado roto en su tejido social más profundo.

Y de ese Chiapas roto, Eduardo Ramírez Aguilar fue al Colegio de Defensa Nacional a hablar de avances. No de ocurrencias. No de promesas. De una estrategia integral implementada desde el inicio de su administración, evaluada y fortalecida de manera permanente, cuyos resultados hoy se reflejan en indicadores positivos de percepción ciudadana e incidencia delictiva. De coordinación real, de confianza construida con las Fuerzas Armadas, de cooperación que ha producido resultados concretos donde antes solo había vacíos de autoridad.

Eso no se improvisa. Eso no se maquilla. Y sobre todo, eso no se expone ante militares de cuatro países y ante los alumnos de la maestría en seguridad nacional más importante de México si no hay sustancia real detrás del discurso. Los generales no aplauden cuentos. Los militares brasileños, argentinos y guatemaltecos no viajaron hasta el Codenal para escuchar propaganda. El secretario Trevilla Trejo no extiende invitaciones de ese calibre a quien no tiene algo genuino que aportar.

La invitación misma es el reconocimiento. Antes de que Ramírez Aguilar dijera una sola palabra en ese recinto, la convocatoria ya era un mensaje: Chiapas hizo algo que vale la pena escuchar.

Y eso contrasta, con una nitidez que duele, con lo que fue el sexenio anterior. Porque Rutilio Escandón nunca fue invitado al Colegio de Defensa Nacional a hablar de seguridad. Difícilmente hubiera podido serlo. Su gobierno no tenía estrategia que presentar ni resultados que defender. Tenía, en cambio, municipios tomados, rutas controladas por el crimen, cifras de violencia que el gobierno maquillaba con la misma habilidad que aplicaba para maquillar todo lo demás, y una relación con las Fuerzas Armadas que nunca llegó a ser la coordinación real y la confianza institucional que hoy el gobernador Ramírez Aguilar describió ante los militares de cuatro naciones.

Seis años de oscuridad no se superan en un día. Chiapas sigue siendo un estado con desafíos enormes, con territorios que requieren presencia permanente del Estado, con comunidades que aún cargan el peso de años de abandono y de la violencia que ese abandono permitió. Nadie en su sano juicio diría que el problema está resuelto. Pero la diferencia entre estar parado frente a un problema con una estrategia y estar parado frente a él mirando hacia otro lado es exactamente la distancia que hay entre el gobierno de hoy y el de ayer.

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