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*LA RIQUEZA NACE DE TRANFORMAR NUESTROS RECURSOS*

7 de junio de 2026
in Opiniones
*LA RIQUEZA NACE DE TRANFORMAR NUESTROS RECURSOS*
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ESCUDO Y ESPADA/OSCAR SIEBER

Para erradicar la pobreza en Chiapas, como en cualquier otro estado de la República Mexicana, no siempre es necesario traer más dinero por la inversión extranjera; basta con que aprendamos a aprovechar mejor los recursos que ya tenemos. O dicho de otro modo, pasar de consumidores a productores.

Desde luego, el dinero es un instrumento valioso de intercambio que facilita el orden económico y permite monetizar el trabajo y la producción. Sin embargo, considero que nos hemos encasillado en la idea de que es el único camino hacia el desarrollo, cuando existen otras alternativas capaces de impulsar el progreso de nuestras comunidades. El dinero es un medio, no un fin.

Hace algún tiempo, mientras visitaba la finca Argovia, propiedad de Bruno Giesemann, ubicada en la localidad de Nueva Alemania del municipio de Tapachula, Chiapas; me comentó que cuenta con un dínamo capaz de generar energía eléctrica para abastecer gran parte de su propiedad. Esta finca, además de dedicarse a la producción de café y plantas exóticas, es también un importante destino turístico.

El dínamo es una gran rueda hidráulica conectada a un generador cuya función consiste en transformar la fuerza de la corriente del río que atraviesa la finca en energía eléctrica. Para él, esta tecnología representó una inversión estratégica, pues le permite reducir significativamente su dependencia de la electricidad suministrada por la Comisión Federal de Electricidad (CFE), algo especialmente importante para una propiedad con altas necesidades energéticas.

La energía producida por este sistema no solo beneficia a la finca, sino también a una pequeña comunidad de ejidatarios que vive y trabaja en el lugar. Sin embargo, Bruno me explicó que, a pesar de las ventajas que ofrece el dínamo, mantiene un contrato con la CFE, ya que en cualquier momento el sistema puede sufrir una avería. En caso de una falla, el suministro eléctrico convencional permite garantizar la continuidad del servicio.

La idea me sorprendió. Pero lo que más llamó mi atención fue un comentario que hizo al final de nuestra conversación. Me explicó que, en temporada de lluvias, en los alrededores de la finca se generan enormes caudales de agua, similares a pequeñas cascadas. Según sus cálculos, si se instalara un sistema de generación de energía con una inversión cercana al millón de dólares —aproximadamente 17 millones de pesos—, toda esa fuerza hidráulica podría producir suficiente electricidad para abastecer a la ciudad de Tapachula durante gran parte del año de manera gratuita.

A eso me refiero cuando afirmo que tanto Chiapas como México no dependen exclusivamente de la llegada de más dinero foráneo para generar desarrollo.

Lo más valioso de aquella conversación no fue la posibilidad de generar electricidad, sino la lógica que existía detrás de ella. Un recurso local, correctamente aprovechado, podía transformarse en bienestar para una comunidad entera. Y esa misma lógica puede aplicarse a muchos otros ámbitos de nuestra economía. Así como el agua puede convertirse en energía, nuestros campos pueden convertirse en industrias, nuestras materias primas en productos terminados y nuestro talento en empresas capaces de competir en cualquier mercado.

Por ejemplo, no necesitamos depender exclusivamente de marcas extranjeras para desarrollar proyectos de supermercados en México como Walmart, Sam’s Club o Costco. Reconozco plenamente la excelencia de estas empresas; cuentan con un prestigio bien ganado gracias a la calidad de sus productos y servicios. Sin embargo, considero que hoy México posee el talento, la experiencia y las capacidades necesarias para impulsar proyectos propios de igual o mayor alcance.

Y así como lo afirmo para los supermercados, también lo sostengo respecto de los productos de consumo cotidiano manufacturados por empresas como Procter & Gamble (P&G), Colgate-Palmolive, Coca-Cola, PepsiCo, Nestlé, Johnson & Johnson o Unilever.

Basta observar algo interesante: si abriéramos la alacena, el refrigerador y el baño de una familia mexicana promedio, probablemente encontraríamos que una gran parte de los productos pertenece al 70% de al menos de diez de estas corporaciones multinacionales.

Una mañana cualquiera podría verse así: nos cepillamos los dientes con Colgate; nos bañamos con Palmolive o Dove; nos lavamos el cabello con Pantene; desayunamos Zucaritas con leche Carnation; tomamos un Nescafé o una Coca-Cola. Y buena parte de esos productos fueron adquiridos en Walmart o Costco.

Todas estas marcas parecen distintas, pero detrás de ellas existe un número relativamente reducido de grandes corporaciones que concentran una parte significativa del mercado mundial de consumo. Cada producto adquirido se traduciría en pequeñas burbujas económicas que terminan fluyendo fuera de nuestras fronteras hacia las grandes corporaciones internacionales. La pregunta es ¿cuánta de esa riqueza podríamos conservar y multiplicar si desarrolláramos más marcas, industrias y cadenas productivas propias?

En Chiapas muchos de los productos que consumimos diariamente tienen equivalentes que ya se producen localmente. El problema no es la falta de talento ni de recursos, sino la ausencia de escala, distribución, financiamiento y posicionamiento comercial. Ahí se encuentra uno de los principales desafíos para nuestro estado y para México en general.

Por citar un ejemplo dentro de muchos, en el sector de la higiene personal ya existen emprendedores que elaboran jabones artesanales a base de jamaica. Tal vez no compitan en precio con marcas globales como Palmolive o Dove, pero sí pueden hacerlo en identidad, calidad artesanal y valor agregado local.

Lo mismo ocurre con el café. Chiapas es reconocido internacionalmente como una de las regiones productoras de café de mayor calidad. Por ello, además de producir la materia prima, deberíamos aspirar a fortalecer nuestras propias marcas, procesar nuestros productos y capturar una mayor parte del valor que genera esta industria. Resulta paradójico que, siendo una tierra cafetalera reconocida en todo el mundo, sigamos consumiendo café procesado y comercializado por la empresa suiza Nestlé bajo la marca Nescafé.

A esto le llamo tener una visión de futuro para Chiapas. No se trata de cerrar las puertas al mundo ni de rechazar la inversión extranjera, sino de desarrollar nuestras propias capacidades productivas para competir en igualdad de condiciones. Debemos dejar de vernos únicamente como consumidores y comenzar a consolidarnos como productores y exportadores de bienes con valor agregado.

El verdadero desarrollo no consiste únicamente en comprar lo que otros fabrican, sino en transformar inteligentemente lo que ya poseemos: nuestros recursos, nuestro talento y nuestra capacidad productiva.

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