ESCUDO Y ESPADA/OSCAR SIEBER/ULTIMÁTUM
Ahora que estamos de fiesta en todo el mundo con la fiebre mundialista, es necesario hablar de los aspectos positivos como también de las señales de alerta que trae consigo un evento de esta magnitud. La primera de una larga lista es quizá la que nos hace más humanos: su capacidad de integrarnos comohabitantes del planeta Tierra.
Durante algunas semanas desaparecen fronteras que normalmente parecen infranqueables. Millones de personas, provenientes de culturas, religiones, idiomas y sistemas políticos distintos, encuentran un lenguaje común en el deporte. El fútbol se convierte en una de las pocas expresiones capaces de generar una conversación simultánea entre un niño en México, un comerciante en Marruecos, un estudiante en Alemania o una familia en Japón.
El Mundial nos recuerda algo que solemos olvidar: compartimos más cosas de las que nos separan. Las emociones son universales. La alegría de un gol, la angustia de un penalti o la tristeza de una eliminación son sentimientos que no requieren traducción. En un mundo cada vez más fragmentado por diferencias ideológicas, económicas y tecnológicas, estos espacios de encuentro poseen un valor social enorme.
Los beneficios también son económicos. Las ciudades anfitrionas reciben millones de visitantes que impulsan sectores como el turismo, la hotelería, el transporte, la gastronomía y el comercio local. Para muchos pequeños negocios, la llegada de aficionados representa una oportunidad extraordinaria para incrementar ingresos y proyectar su marca ante visitantes internacionales.
Existe además un efecto menos visible, pero igualmente importante: la mejora de infraestructura. Aeropuertos, carreteras, sistemas de transporte público, espacios recreativos y equipamientos urbanos suelen recibir inversiones que permanecen mucho después de que se juega la final. Cuando estos proyectos son bien planeados, el legado beneficia a generaciones enteras.
Pero si el Mundial es un espejo de nuestro tiempo, también debemos observar aquello que ese espejo nos revela con preocupación.
La más evidente para millones de aficionados es el polémico costo de los boletos. Más allá de la diferencia entre quienes pueden solventar esos precios y quienes no, el fenómeno merece una lectura más profunda. El constante incremento de los costos refleja una tendencia global hacia la comercialización extrema del espectáculo deportivo. El riesgo es que el aficionado tradicional, aquel que durante décadas dio vida al fútbol desde las gradas, comience a quedar desplazado por una lógica cada vez más exclusiva.
Otra señal proviene del encarecimiento de la tradicional colección del álbum Panini. Lo que alguna vez fue una actividad accesible para niños y familias se ha transformado en un negocio multimillonario. El fenómeno sigue despertando ilusión y nostalgia, pero también revela cómo la pasión colectiva se ha convertido en una poderosa industria capaz de monetizar prácticamente cada aspecto de la experiencia mundialista.
Otra señal de alerta, quizá la más importante de todas por lo que representa para el futuro, son las llamadas «Pausas de Hidratación» durante los partidos. La FIFA las ha incorporado para proteger la salud de los jugadores cuando las condiciones climáticas alcanzan niveles extremos de temperatura y humedad.
En términos generales, el árbitro puede detener el encuentro alrededor del minuto 30 de cada tiempo cuando el calor incrementa el riesgo de deshidratación, golpes de calor, calambres musculares y una disminución del rendimiento físico y cognitivo de los futbolistas.
A primera vista podría parecer una simple medida preventiva. Sin embargo, su existencia encierra un mensaje mucho más profundo.
En un Mundial como el de 2026, disputado durante el verano en ciudades de México, Estados Unidos y Canadá, las temperaturas pueden superar fácilmente los 30 grados centígrados y alcanzar sensaciones térmicas aún mayores.
Las pausas de hidratación son una señal de que el cambio climático ha dejado de ser una discusión abstracta para convertirse en una realidad tangible. Ha llegado incluso al espectáculo deportivo más importante del planeta. Cuando un Mundial necesita detenerse para proteger a los atletas de los efectos del calor, estamos observando cómo las condiciones ambientales comienzan a modificar las dinámicas mismas del deporte.
Quizá por eso el Mundial de 2026 resulte tan fascinante. No solamente porque reúne a las mejores selecciones del planeta, sino porque también funciona como un espejo de nuestro tiempo.
En él observamos nuestra capacidad para unirnos alrededor de una misma emoción, pero también nuestras contradicciones. Vemos estadios llenos y precios cada vez más inaccesibles. Vemos una celebración global convertida en una industria multimillonaria. Y vemos partidos que deben detenerse para proteger a los jugadores de un calor que hace apenas unas décadas no habría sido considerado normal.
El Mundial sigue siendo una fiesta para la humanidad. Pero también comienza a convertirse en un recordatorio de los desafíos que la humanidad no ha logrado resolver.
La pregunta no es qué ocurrirá durante estos treinta días de competencia. La verdadera pregunta es qué mundo estaremos heredando cuando se juegue el siguiente Mundial.
