COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM
México discute con pasión las cosas equivocadas.
Discute el Mundial, que llena estadios, expectativas y portadas, y que nos prometió diez millones de visitantes y el mejor grito de gol del planeta. Discute a Pemex, esa angustia nacional con calendario de pagos, que regresa cada trimestre como un dolor conocido. Discute la injerencia de Estados Unidos: los aranceles, las cartas, el tono de Trump, la eterna sospecha de quién manda sobre quién. Tres conversaciones intensas, ruidosas, llenas de certezas y de gente dispuesta a pelearse por ellas en la sobremesa. Y las tres, comparadas con lo que de verdad se está jugando este año, son ruido de fondo.
Lo dijo HR Ratings con todas sus letras, sin que casi nadie se molestara en subrayarlo. El factor que más podría alterar el panorama económico de 2026 no es Pemex. No es el Mundial. Es la revisión del T-MEC.
Conviene leer esa frase despacio, porque va contra todos nuestros instintos. No es el barril de petróleo. No es la deuda de la petrolera que nos quita el sueño. No es la fiesta futbolera ni su logística imposible. Es una mesa de negociación que se instala en julio y que casi nadie en este país está cubriendo con la seriedad que el asunto exige. Banxico ya hizo su parte del trabajo, en silencio, como suele hacerlo: recortó su pronóstico de crecimiento a 1.1 por ciento. Y al explicar por qué, no mencionó al Mundial ni a Pemex. Mencionó la incertidumbre comercial. Mencionó, sin nombrarla, la mesa.
Hay algo casi cómico en el desfase, si uno tiene el humor para verlo. El país entero sabe contra quién juega la Selección en su segundo partido. Pero no sabría decir quién encabeza la delegación mexicana en la revisión del tratado del que dependen ocho de cada diez dólares que este país exporta. Tenemos opinión formada y acalorada sobre el huachicol fiscal. Tenemos silencio absoluto sobre el capítulo de reglas de origen, que es donde, de verdad, se decide buena parte de nuestro empleo industrial. Sabemos gritar gol con el alma. No sabemos, ni nos interesa, leer un calendario de negociación comercial.
Y aquí conviene no engañarse con la explicación fácil. No es estupidez. No es que el mexicano sea incapaz de entender un tratado. Es algo más incómodo: es preferencia. Lo urgente es siempre ruidoso y lo importante es casi siempre aburrido. Entre el gol y el arancel, entre la carta indignante y la cláusula técnica, el país elige una y otra vez lo que entretiene por encima de lo que decide. No es un defecto de inteligencia. Es un defecto de atención. Y los dos cuestan, pero el segundo cuesta en dólares.
Lo más interesante es que este desfase no es inocente del todo, ni del lado del gobierno ni del nuestro. A ningún poder le incomoda que la conversación pública gire alrededor de las variables que no comprometen a nadie. Es más fácil administrar un país distraído con el futbol que uno pendiente, cláusula por cláusula, de lo que se firma en su nombre. La distracción no siempre se fabrica. Pero cuando aparece sola, rara vez se le corrige con prisa.
Queda, entonces, la duda incómoda, la que no se resuelve con una columna. Si la conversación pública de todo un país está organizada alrededor de las variables que no deciden nada, ¿es porque nadie se tomó la molestia de explicarnos cuál sí decide, o porque preferimos, en el fondo y sin confesarlo, voltear a ver hacia otro lado en vez de ver de frente la única que de verdad puede tronar?
El balón rueda y nos hipnotiza, como debe ser. La mesa se instala en julio, sin público y sin himno. Una de las dos cosas va a importar muchísimo más que la otra cuando termine el año. Y, por supuesto, no es la que está en la portada.
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Nizaleb Corzo es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor de _Arquitectura o inercia
