COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith
Esta semana circuló en medios digitales de Chiapas el testimonio de María Imelda López Morales, artesana originaria de Oxchuc y tejedora en telar de cintura, que concedió entrevista para contar lo que vive cotidianamente quienes producen la artesanía más reconocida del estado. No habló de turistas extranjeros que regatean sin conocer. No habló de compradores de otros estados que no entienden el valor de lo que adquieren. Habló de los de aquí. De los chiapanecos. Y entre ellos, con una precisión que incomoda, señaló a los funcionarios públicos como algunos de los peores ofensores.
El patrón que describió María Imelda es conocido por cualquier artesana indígena de Chiapas que haya intentado vender fuera de su comunidad. Alguien se acerca con amabilidad, ofrece un espacio en un evento, genera confianza, encarga piezas y desaparece con el trabajo sin pagar. Las pérdidas por caso llegan hasta diez mil pesos. Y el costo de ir a cobrar es una bofetada aritmética: gasta 500 pesos en pasaje para reclamar 200 que nunca llegan.
Eso lo hacen, dice, personas con cargo. Funcionarios. Paisanos.
Ahí está el núcleo del asunto y es donde esta columna quiere detenerse, porque es incómodo y porque precisamente por eso merece decirse: los de casa somos los peores compradores.
No el turista europeo que llega a San Cristóbal y paga lo que le piden sin chistar porque reconoce que está adquiriendo arte hecho a mano con técnicas centenarias. No el visitante extranjero que compra un textil en telar de cintura y lo lleva a su país como uno de sus mejores recuerdos de México. Esos, con todas sus limitaciones y con toda la industria de souvenirsbaratos que los rodea, al menos pagan.
Los que regatean con más saña, los que encargan y no pagan, los que calculan que una artesana indígena no tiene con qué defenderse, son frecuentemente los más cercanos. Los paisanos. Los que deberían entender mejor que nadie lo que cuesta una pieza en telar de cintura porque crecieron en el mismo estado donde se produce, porque hablan de orgullo chiapaneco en sus discursos y en sus redes sociales, porque posan para la foto junto a las artesanas en los eventos institucionales y luego se niegan a pagar el precio justo cuando nadie los está mirando.
Una pieza grande en telar de cintura lleva entre tres meses y medio y cuatro meses de trabajo. Primero el telar, luego el bordado, todo a mano, todo diseñado primero en la mente de quien lo crea. María Imelda lo describe con una precisión que es también poesía: me imagino un color, cómo podría salir, y me aviento. Es como un reto entre buscarle el contraste de uno a otro. El precio de esa pieza comienza en mil pesos. Mil pesos por cuatro meses de trabajo compartido entre el telar, el hogar y la milpa, porque las artesanas de Chiapas no se dedican al cien por ciento al textil porque también tienen el campo, la familia, la vida entera que atender.
Y aun así hay chiapanecos, hay funcionarios chiapanecos, que regatean ese precio o simplemente no lo pagan.
