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El PRI no murió. Vive en Morena

18 de junio de 2026
in Opiniones
El PRI no murió. Vive en Morena
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM 

Hay una figura que la política mexicana conoce muy bien aunque prefiera no nombrarla con demasiada frecuencia: el político de todas las temporadas. Ese personaje que tiene el extraordinario talento de aparecer siempre en el bando correcto, no porque sus convicciones cambien sino porque sus convicciones nunca fueron el punto. El punto siempre fue el cargo. La posición. El acceso. La foto con quien manda.

En los tiempos del PRI era priista. Cuando el PAN tuvo sus momentos de poder, ahí estaba. Cuando la izquierda llegó al gobierno federal y la narrativa de la transformación se convirtió en el paraguas más conveniente de la política mexicana, el personaje de todas las temporadas encontró en ese paraguas el refugio perfecto. No cambió su historia ni sus vínculos ni sus prácticas. Simplemente se cobijó. Y desde esa cobija siguió haciendo lo de siempre, con la ventaja adicional de que ahora el discurso oficial le daba cobertura.

Esta semana, uno de esos personajes quedó expuesto. Y lo que quedó expuesto no es solo una conducta individual sino algo más profundo e incómodo: la facilidad con que en tiempos de Morena ciertos personajes han encontrado que el poder se promociona solo, y que basta con estar cerca de él para usarlo en beneficio propio.

La denuncia llegó de voz de connacionales mexicanos radicados en el extranjero, que son precisamente quienes deberían ser el centro de atención de quien los representa. Migrantes que documentaron con videos, con fechas y con las propias palabras publicadas en redes sociales por el personaje en cuestión, que el espacio institucional que el Estado mexicano le otorgó para servirles estaba siendo utilizado como plataforma de expansión internacional de una asociación civil de perfil político y personal.

No lo dijeron sus adversarios. Lo dijo el propio personaje, con orgullo, sin el mínimo pudor que debería provocar confundir la investidura oficial con el proyecto propio. Publicó que su nombramiento marcaba un antes y un después en la historia de su colectivo. Que iniciaban una nueva etapa de expansión internacional.

Ahí está la clave de todo. No en el viaje. No en la asociación civil. Sino en la naturalidad. En la ausencia total de conciencia de que hay algo inapropiado en usar lo que el Estado otorga para servir a otros, en beneficio de una agenda personal construida durante años con vínculos que anteceden y que sobrepasan al movimiento que hoy le da cobija.

Esa naturalidad no se improvisa. Se hereda. Y se hereda de una cultura política que en México tiene nombre y apellido aunque hoy muchos prefieran no pronunciarlos.

Conviene detenerse aquí para nombrar lo que esta columna quiere nombrar sin rodeos: en tiempos de Morena, la promoción personal desde espacios públicos se ha vuelto notablemente fácil para cierto tipo de personajes. No para todos. No para quienes llegaron al movimiento por convicción genuina y que ejercen sus cargos con la austeridad y la entrega que el proyecto exige. Sino para quienes encontraron en la transformación un vehículo conveniente, un paraguas cómodo, una credencial nueva para seguir haciendo lo de siempre con legitimidad renovada.

El mecanismo es conocido y no requiere demasiada sofisticación. Se adopta el lenguaje. Se aprenden las palabras clave: pueblo sabio, humanismo, transformación, cero corrupción. Se construye la cercanía con quien decide los nombramientos. Se obtiene el cargo. Y una vez adentro, la lógica del viejo sistema toma el control porque es la única lógica que ese tipo de personaje conoce y domina.

El cargo no es para servir. Es para proyectarse. Los viajes no son para cumplir funciones institucionales. Son para expandir la red personal. Las fotos no son evidencia del trabajo realizado. Son material de posicionamiento. Y las redes sociales, esas plataformas que el nuevo régimen abrazó como herramienta de comunicación directa con el pueblo, se convierten en el escaparate donde el personaje exhibe sin pudor la mezcla entre lo oficial y lo personal, convencido de que nadie va a reclamar porque el discurso correcto lo protege.

Hasta que alguien reclama.

Lo que este episodio revela, más allá del caso específico, es una tensión que Morena no ha resuelto y que se vuelve más visible con el paso del tiempo: la tensión entre el discurso de la transformación y la práctica de quienes llegaron al poder cobijados por ese discurso sin haberlo interiorizado realmente.

Morena prometió que esto iba a ser diferente. Que el servidor público que usara su posición para beneficio personal enfrentaría consecuencias. Que la ética en el ejercicio del poder no era negociable. Esa promesa generó una expectativa enorme y legítima en millones de mexicanos que creyeron de verdad que algo había cambiado en la forma de gobernar.

Y cada vez que un personaje cobijado por Morena hace exactamente lo que el PRI hacía, con la misma naturalidad y el mismo descaro, esa expectativa se erosiona un poco más. No entre los adversarios del movimiento, que siempre encontrarán argumento para la crítica. Se erosiona entre quienes creyeron. Entre quienes votaron. Entre quienes esperaban que al menos en este gobierno el cargo fuera lo que debe ser: una responsabilidad al servicio de otros y no un instrumento al servicio de uno mismo.

El priismo, conviene recordarlo cada vez que sea necesario, nunca fue esencialmente un partido. Fue una cultura. Una forma de relacionarse con el poder que normalizó durante décadas la confusión entre lo público y lo privado, entre el representante y el representado, entre el servidor y el servido.

Esa cultura no muere con una derrota electoral. Sobrevive en los cuerpos y en los hábitos de quienes la practicaron durante años. Viaja con ellos cuando cambian de bandera. Se instala con ellos cuando obtienen un nuevo cargo. Y se expresa con ellos cuando publican en redes sociales, con orgullo genuino, que su nombramiento oficial es el trampolín que su proyecto personal necesitaba para expandirse al mundo.

Eso no es transformación. Es reciclaje con discurso nuevo.

El PRI no murió. Aprendió a cambiar de cobija. A hablar el lenguaje correcto. A colocarse cerca de quien decide. Y a seguir, una vez adentro, haciendo lo que siempre hizo.

Con otra credencial en la bolsa. Con el mismo manual en la cabeza.

Y con la misma certeza de siempre: que se puede.

Mientras esa certeza no encuentre consecuencias reales, seguirá teniendo razón.

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