IDENTIDAD POLÍTICA/JOSÉ ADÁN ALTÚZAR FIGUEROA/ULTIMÁTUM
Partiendo de lo sucedido recientemente con la elección a Presidente de la República de Colombia, en el que el pueblo Colombiano votó por un magnate, empresario ultraderechista, ligado a los intereses de Estados Unidos, la opinión de muchos analistas internacionales refiere que al país colombiano le ira muy mal, explicando que el poder económico estaría sustentado en favorecer a los grandes consorcios extranjeros. Ante esta condición política, ahora comparto la profundidad de una expresión nacida en 1811.
Esta conocida frase, atribuida originalmente en su forma moderna al filósofo Joseph de Maistre en 1811, refleja una profunda reflexión sobre la corresponsabilidad entre la sociedad y sus líderes.
Joseph de Maistre escribió originalmente que «cada nación tiene el gobierno que se merece»,argumentando que las leyes y los líderes son el fiel reflejo de los valores, la moral y la cultura de su pueblo. André Malraux modificó la frase tiempo después al decir que «no es que los pueblos tengan los gobernantes que merecen, sino que los gobernantes se parecen a los pueblos que tienen».
Tradicionalmente se utiliza tanto para criticar la apatía de la ciudadanía como para recordar que el cambio político real surge de la transformación cultural y de la participación de la sociedad.
Votamos no elegimos
Esta postura cuestiona la verdadera calidad de la democracia y sostiene que el acto de votar no es lo mismo que elegir libremente. Quienes defienden este punto de vista argumentan que la ciudadanía se enfrenta a un sistema cerrado y predeterminado. Por qué se dice que «solo votamos» pero no «elegimos».
Los partidos políticos deciden las candidaturas internamente, limitando el menú de opciones reales de la población. Las campañas masivas y el financiamiento de las élites moldean la opinión pública mediante mercadotecnia. El diseño del sistema político obliga a votar por el «menos malo» o “el que más recursos económicos tiene” en lugar de un proyecto ideal a la realidad del país.
Votar vs. Elegir: La teoría política contemporánea distingue claramente ambos conceptos para explicar la insatisfacción democrática: Votar es un procedimiento, es el acto mecánico, formal y legal de depositar una papeleta o registrar una preferencia dentro de un menú preestablecido. Elegir es un ejercicio de autonomía, requiere libertad de agenda (poder decidir sobre qué se discute), opciones genuinamente distintas y la capacidad real de influir en el rumbo político.
Filósofos modernos señalan que los sistemas electorales actuales operan bajo una «libertad de mercado» donde el ciudadano es un consumidor pasivo de marcas políticas, no un creador de soluciones.
Para combatir la sensación de que «solo votamos», han surgido herramientas que buscan devolver el poder de elección a los ciudadanos. Las candidaturas ciudadanas permiten a ciudadanos postularse sin el respaldo de un partido político. Aunque abren el sistema, suelen enfrentar severas trabas legales, falta de financiamiento público y el bloqueo de las maquinarias tradicionales.
Herramientas como el referéndum, el plebiscito y la revocación de mandato permiten a la población decidir directamente sobre leyes o la continuidad de un gobernante, obligando a los políticos a escuchar más allá del día de la elección.
Esta idea final contrapone los controles que los partidos políticos ejercen para dar legitimidad a su existencia. Consecuentemente están en desacuerdo. Por el momento, es cuánto.
