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Qué fea la guerra sucia

25 de junio de 2026
in Opiniones
Qué fea la guerra sucia
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM

La política tiene muchas formas de manifestarse. Puede ser una herramienta para construir acuerdos, resolver problemas y transformar realidades, o puede convertirse en un terreno fértil para la intriga, la descalificación y el golpeteo. Desafortunadamente, esta última práctica sigue apareciendo con demasiada frecuencia en la vida pública de Chiapas, incluso en espacios donde lo único que debería importar es el bienestar de la sociedad.

La educación es uno de esos espacios.

Por ello resulta lamentable que, en medio de los enormes desafíos que enfrenta el sistema educativo chiapaneco, existan quienes prefieran invertir tiempo, recursos y esfuerzos en promover campañas de desprestigio en lugar de contribuir a la construcción de soluciones.

La reciente polémica en torno al secretario técnico de la Secretaría de Educación, Milton Hernández Torres, pone nuevamente sobre la mesa una vieja práctica de la política local: la guerra sucia.

Las acusaciones difundidas en redes sociales pretendieron colocar al funcionario como un generador de conflictos al interior de la dependencia. Sin embargo, frente a los señalamientos, Hernández Torres respondió con una premisa elemental en cualquier Estado democrático: quien acusa tiene la obligación de probar.

Y tiene razón.

La vida pública no puede sostenerse sobre rumores, especulaciones o campañas anónimas diseñadas para erosionar reputaciones. Mucho menos cuando se trata de instituciones tan sensibles como la Secretaría de Educación, responsable de atender a miles de maestras, maestros, estudiantes, directivos y trabajadores administrativos en todo el estado.

La educación no puede ser rehén de intereses políticos.

Porque mientras algunos apuestan al desgaste mediático, en las escuelas continúan los desafíos cotidianos: infraestructura insuficiente, necesidades académicas, atención administrativa, gestión de recursos y acompañamiento a las comunidades escolares.

Es ahí donde verdaderamente debe concentrarse la energía institucional.

Las declaraciones de Milton Hernández reflejan precisamente esa visión. Lejos de engancharse en la confrontación, el funcionario reivindicó el valor del trabajo diario, la atención directa y los resultados como la mejor respuesta ante cualquier intento de descalificación.

«No es mi estilo crear conflictos», afirmó.

Más allá de simpatías personales o afinidades políticas, el mensaje es oportuno. La función pública debe medirse por resultados, no por rumores; por soluciones, no por intrigas; por capacidad de gestión, no por campañas de desprestigio.

Y es que la guerra sucia nunca ha abonado a la transformación.

Por el contrario, deteriora la confianza ciudadana, debilita a las instituciones y desvía la atención de los problemas verdaderamente importantes.

En tiempos en los que Chiapas requiere fortalecer su sistema educativo, resulta poco responsable que existan actores empeñados en fabricar diferencias donde no las hay. La educación demanda coordinación, diálogo y trabajo en equipo. No confrontación artificial.

Especialmente cuando el propio gobierno estatal ha colocado a la educación como uno de los ejes estratégicos para el desarrollo de la entidad.

No deja de ser significativo que Hernández Torres haya reiterado su disposición absoluta a ser investigado o sometido a cualquier revisión institucional. Esa apertura no solamente habla de confianza en su actuar, sino de una convicción indispensable en el servicio público: la transparencia.

Porque quien sirve a la sociedad debe estar siempre dispuesto a rendir cuentas.

Pero también es cierto que la crítica legítima debe sustentarse en hechos verificables y no en narrativas construidas desde el anonimato o los intereses particulares.

La transformación de Chiapas exige un debate público serio, responsable y basado en evidencias.

La educación, por su trascendencia social, merece estar por encima de las disputas políticas.

Qué fea resulta la guerra sucia cuando se dirige contra quienes tienen la responsabilidad de construir acuerdos y atender las necesidades de miles de estudiantes y docentes.

Más fea aún cuando pretende distraer del objetivo central: garantizar una educación de calidad para las niñas, niños y jóvenes de Chiapas.

Porque al final, las campañas pasan, las intrigas se olvidan y los rumores se desvanecen.

os resultados, en cambio, permanecen.

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