MÁS ALLÁ DEL DISCURSO/CARLOS SERRANO/ULTIMÁTUM
Las ciudades no colapsan el día del terremoto. Comienzan a colapsar mucho antes, cuando se permite una construcción que nunca debió levantarse, cuando un reglamento se convierte en letra muerta, cuando el presupuesto destinado a protección civil se considera un gasto y no una inversión, cuando un simulacro se cancela porque “hay asuntos más importantes” o cuando la prevención pierde la batalla frente a la inmediatez.
El terremoto sólo revela, en cuestión de segundos, aquello que durante años decidimos no mirar. Las imágenes que hoy llegan desde Venezuela son dolorosamente familiares. Personas buscando a sus seres queridos entre montañas de concreto, hospitales trabajando al límite de su capacidad, brigadas de rescate luchando contra el tiempo y familias enteras esperando una noticia que, en muchos casos, cambiará sus vidas para siempre.
Podrían ser fotografías de Turquía, de Siria, de Haití, de Nepal, de Indonesia, de México. A lo largo de los últimos años han cambiado las banderas, los idiomas y los nombres de las ciudades, pero el dolor siempre encuentra la misma forma de expresarse.
Cada vez que ocurre un desastre natural solemos preguntarnos qué intensidad tuvo el sismo o cuántas víctimas dejó. Son preguntas inevitables, pero quizá no las más importantes. La verdadera pregunta debería ser otra: ¿por qué un terremoto de magnitud semejante deja cientos de víctimas en un país y decenas de miles en otro?
La respuesta resulta incómoda porque desplaza el debate de la naturaleza hacia nuestras propias decisiones. Los terremotos son inevitables, pero las catástrofes humanas, en buena medida, no lo son.
Durante la última década, el mundo ha acumulado suficientes lecciones como para entender que la magnitud del desastre no depende únicamente de la energía liberada bajo la superficie terrestre, sino de la fortaleza de las instituciones, de la calidad de las construcciones y de la cultura de prevención que una sociedad ha sido capaz de construir.
Nepal enseñó que la pobreza también puede convertirse en una falla geológica, Indonesia recordó que un terremoto rara vez llega solo y que, en cuestión de minutos, puede desencadenar tsunamis, licuefacción del suelo y nuevos escenarios de desastre. Haití volvió a demostrar que la reconstrucción no comienza cuando terminan las réplicas; depende de la fortaleza —o de la fragilidad— de un Estado.
Turquía dejó quizá la lección más dolorosa de los últimos años. Miles de edificios colapsaron porque nunca debieron hacerlo. La tragedia no estuvo únicamente bajo la tierra, sino también sobre ella: en la corrupción, en la falta de supervisión y en la complacencia frente al incumplimiento de las normas.
En contraste, Japón volvió a confirmar algo que el mundo conoce desde hace décadas, que la prevención salva vidas. Aun frente a terremotos de enorme intensidad, sus ciudades resisten porque durante generaciones entendieron que cada desastre debía traducirse en mejores leyes, mejores ingenieros, mejores escuelas y mejores ciudadanos.
Chile siguió un camino parecido. Después del devastador terremoto de 2010 decidió fortalecer aún más sus normas de construcción y convertir la gestión del riesgo en una política de Estado. Hoy no presume que la tierra no tiemble, pero sí estar mejor preparado cuando eso ocurre.
¿Y México?
México ocupa un lugar singular en esta conversación. Somos un país acostumbrado a mirar hacia el subsuelo con respeto. Sabemos que la tierra se mueve. Sabemos que volverá a hacerlo. Pero, sobre todo, sabemos que cada terremoto deja una enseñanza imposible de ignorar.
Los sismos de 1985 transformaron para siempre la protección civil en nuestro país. Los de 2017 nos recordaron que la experiencia nunca es suficiente. Aquel mes de septiembre volvió a mostrar dos rostros de México. Por un lado, edificios que no resistieron lo que debían resistir, normas que no siempre se cumplieron y errores que costaron vidas.
Por el otro, apareció un país extraordinario. Miles de ciudadanos salieron de manera espontánea a remover escombros, organizar centros de acopio, donar alimentos, atender personas heridas y ofrecer ayuda sin preguntar nombres, edades o ideologías.
Los mexicanos descubrimos entonces que existe una infraestructura que no aparece en ningún plano urbano: la solidaridad.
Sin embargo, también conviene hacernos una pregunta incómoda.
¿Y si algún día lográramos prevenir con el mismo entusiasmo con el que sabemos reconstruir?
Celebramos —con razón— a los rescatistas, a los voluntarios, a quienes arriesgan la vida entre los escombros. Son héroes indispensables, pero existe otro tipo de heroísmo mucho más silencioso: El del ingeniero que se negó a firmar una obra insegura; la arquitecta que decidió respetar el reglamento, aunque ello implicara mayores costos; el investigador universitario que desarrolló mejores mapas de riesgo; la profesora que insistió, una y otra vez, en realizar simulacros con sus estudiantes o aquel servidor público que fortaleció una norma técnica sabiendo que probablemente nadie le agradecería ese trabajo.
Ellos casi nunca aparecen en las portadas de los periódicos, porque su mayor éxito consiste precisamente en que la tragedia nunca ocurra. Existe una paradoja que acompaña a todas las políticas de prevención de que cuando funcionan, parecen innecesarias.
Quizá ahí se encuentre la mayor lección que nos dejan los terremotos. Los países no se construyen el día después del desastre, se construyen todos los días anteriores. La resiliencia nace en las aulas donde se forman ingenieras e ingenieros capaces de diseñar ciudades más seguras, en los laboratorios donde la ciencia desarrolla mejores materiales y sistemas de monitoreo, en las universidades que investigan, innovan y enseñan a comprender el riesgo. En las instituciones que hacen cumplir la ley sin excepciones, y también en cada familia que decide prepararse, participar en un simulacro o elaborar un plan de emergencia.
Porque el día que vuelva a temblar —y volverá a temblar— la naturaleza hará lo único que sabe hacer. La pregunta es si nosotros habremos hecho lo que nos corresponde. Al final, los terremotos no sólo miden la resistencia del concreto, miden la resistencia de nuestra memoria y una sociedad que olvida las lecciones de sus desastres corre el riesgo de reconstruir los mismos errores sobre los mismos cimientos.
