Ultimatum Chiapas
viernes, 26 junio, 2026
  • Noticias
    • Chiapas
    • Nacional
    • Municipios
    • Editorial
  • Opiniones
  • Policiacas
  • Deportes
  • Entretenimiento
  • Tecnología
  • Periódico dígital
No Result
View All Result
  • Noticias
    • Chiapas
    • Nacional
    • Municipios
    • Editorial
  • Opiniones
  • Policiacas
  • Deportes
  • Entretenimiento
  • Tecnología
  • Periódico dígital
No Result
View All Result
Ultimatum Chiapas
No Result
View All Result
  • Aviso de Privacidad
Home Opiniones

Una hipoteca elegante

25 de junio de 2026
in Opiniones
Una hipoteca elegante
Compartir en FacebookCompartir en Twitter

COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

Esta semana circuló la cifra como circula todo lo que asusta sin explicarse: la deuda externa del gobierno mexicano «repuntó» a 260,455 millones de dólares en el primer trimestre de 2026. El número es real. La lectura, casi siempre, es falsa. Y entre el número y su lectura cabe la diferencia entre entender un país y reaccionar a él.

Empecemos por lo que la infografía dice en letra grande y casi nadie procesa en letra chica. Esos 260 mil millones son deuda externa *bruta total* — un agregado que incluye estados, municipios y entidades, no solo al gobierno central. La deuda externa neta del Gobierno Federal es 154 mil millones de dólares. La diferencia entre bruto y neto, entre gobierno federal y gobierno general, no es un tecnicismo contable para iniciados: es la diferencia entre un titular alarmante y un dato que exige pensar.

Y lo más interesante está en la composición. De los componentes que integran esa deuda, el que se aceleró fue el gobierno general, mientras que Pemex, CFE, Nafin, Banobras, Bancomext y el propio Banco de México la *redujeron*. La deuda no creció tanto como se recompuso. El soberano absorbió en su balance lo que antes cargaban sus empresas y su banca de desarrollo. Pemex, de hecho, bajó su deuda en el trimestre y recortó su costo financiero más de 13%. Quien quiera leer la cifra como «el gobierno se endeudó más» está leyendo la mitad del estado de cuenta. Lo que ocurrió fue un cambio de domicilio del riesgo: de las paraestatales hacia el balance central, donde el crédito es más barato y la firma vale más.

Hasta aquí, la noticia es técnicamente buena. El Estado se endeuda en mejores condiciones de las que podían conseguir sus empresas por separado. El 81% de los valores gubernamentales ya está contratado a tasa fija y a plazo mayor de un año; el horizonte de la deuda externa promedia 15.6 años; el portafolio está diversificado en divisas y cubierto con instrumentos derivados para acotar la sensibilidad ante choques de tasa y tipo de cambio. Si la conversación fuera únicamente sobre el perfil financiero del pasivo, Hacienda gana el debate sin despeinarse, y con razón.

Pero esa no es la pregunta que importa. La pregunta de cualquier consejo de administración frente a su balance nunca es «¿cuánto debemos?». Es «¿qué compramos con lo que debemos, y en qué horizonte lo vamos a recuperar?». Una empresa puede tener la deuda más barata y mejor estructurada del mercado y aun así estar quebrándose, si ese dinero financia gasto que no genera retorno. La calidad de la deuda no se mide por sus condiciones de contratación. Se mide por la productividad de aquello que financia.

Y ahí la respuesta mexicana deja de ser cómoda para todos.

Empecemos por desactivar el miedo, porque el miedo es mal consejero. En tamaño relativo, la deuda mexicana es modesta. El saldo histórico de los requerimientos financieros del sector público ronda el 52% del PIB, por debajo del promedio de las economías emergentes —cercano al 57%— y muy lejos del 75% que cargan en promedio los países de ingreso medio. Incluso la proyección más pesimista, la del Fondo Monetario Internacional, que ve la deuda mexicana llegar al 63% del PIB hacia 2031, nos seguiría dejando entre los prudentes del vecindario. El propio Fondo identificó a México, junto con Turquía e India, como una de las tres economías emergentes que *mejoraron* sus finanzas públicas el último año, gracias a la moderación del gasto primario. México, insisto, no tiene un problema de cantidad de deuda.

Tiene un problema de productividad de la deuda. Que es mucho peor, porque no cabe en ningún titular y no lo resuelve ninguna foto.

Aquí están los dos datos que deberían ocupar la conversación, y que casi nadie pone juntos. En el primer bimestre de 2026, el gasto social creció 12.4% real anual. En la última década, el PIB por habitante *cayó* 1.7% en términos reales. Pedimos prestado con disciplina ejemplar para financiar un país cuyo ingreso por persona no solo no avanza, sino que retrocede. Y si ampliamos el lente, el cuadro es más severo: desde 1981, el PIB per cápita mexicano ha aumentado apenas 16% real en cuatro décadas. En el mismo periodo, Brasil creció 58%, España 98%, Estados Unidos 111%, China casi tres mil por ciento. No es que debamos demasiado. Es que lo que debemos no nos está haciendo más ricos.

Conviene detenerse en Pemex, porque es el caso testigo de toda la tesis. La empresa redujo su deuda este trimestre, sí. Pero su presupuesto 2026 destina 191 mil millones de pesos exclusivamente al pago de intereses: el mayor monto en 32 años. En las últimas tres décadas, Pemex nunca había pagado tanto por el solo privilegio de seguir debiendo. Una deuda que se contrae para pagar los intereses de la deuda anterior no construye nada hacia adelante; administra un pasado que no termina de saldarse. Y lo que vale para Pemex empieza a valer, en menor escala, para el conjunto: cuando el servicio de la deuda se convierte en uno de los renglones que más crece, el endeudamiento dejó de financiar el futuro para financiar su propia inercia.

Una deuda contratada a buen plazo, a tasa fija, con cobertura cambiaria y perfil sano es una pieza de ingeniería financiera admirable. No lo discuto. Pero la ingeniería financiera, por elegante que sea, no responde la única pregunta que de verdad importa: ¿estamos usando ese dinero para construir capacidad productiva futura, o para sostener el consumo presente y cubrir los intereses del consumo pasado? La estructura del pasivo puede ser impecable y la respuesta seguir siendo la equivocada.

El debate público se va a quedar, como siempre, atrapado en el monto. Los opositores dirán que el gobierno endeuda al país sin freno; los defensores responderán que la cifra es perfectamente manejable y que las condiciones nunca fueron mejores. Lo notable es que ambos tienen razón en lo que afirman y ambos están viendo el renglón equivocado. El monto es manejable. Las condiciones son buenas. Y nada de eso importa si el dinero financia una economía que lleva una generación sin crecer.

Porque una deuda sostenible que financia una economía estancada no es prudencia fiscal. Es una hipoteca muy bien estructurada sobre una casa que cada año vale un poco menos. Las condiciones del crédito son inmejorables; el problema es el activo que estamos comprando con él.

El problema de México, al final, no es que deba mucho. Es que debe bien para invertir mal. Contratamos como un país serio y gastamos como uno que renunció a crecer. Y esa contradicción —la del buen deudor que no se vuelve más próspero— no la va a resolver ningún costal de dólares posando para una foto. La resolvería, en todo caso, una conversación distinta: una que dejara de preguntar cuánto debemos y empezara a exigir cuentas de qué estamos construyendo con ello. Esa conversación, por ahora, no aparece en ninguna infografía.

————————————

Nizaleb Corzo es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor de Arquitectura o inercia. 

ncorzo@gmail.com 

@NizalebCorzo

Ultimatum Chiapas

© 2025 Editorial MOSA
Sitio creado por XION Tecnologías.

Navegación

  • Aviso de Privacidad

Redes Sociales

No Result
View All Result
  • Noticias
    • Chiapas
    • Nacional
    • Municipios
    • Editorial
  • Opiniones
  • Policiacas
  • Deportes
  • Entretenimiento
  • Tecnología
  • Periódico dígital

© 2025 Editorial MOSA
Sitio creado por XION Tecnologías.