COLABORACIÓN INVITADANIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM
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Esta semana, mientras el país discutía cosas más urgentes, circuló por redes una de esas alarmas que se reproducen solas. Que Banxico, así nomás, va a ponerse a imprimir dinero a manos llenas. Que viene la inflación. Que guarden sus pesos antes de que valgan lo que un billete de Monopoly.
Es falso. Pero no me interesa el desmentido. Me interesa por qué un país entero puede asustarse en cuestión de horas por una circular técnica que nadie leyó. Ahí hay algo más grande que un rumor.
Vamos por partes, y vamos despacio.
Imagine la economía como una ciudad. Arriba están las calles, los comercios, la gente, el ruido. Abajo, donde nadie voltea a ver, corren las tuberías. Llevan el agua a cada casa, a cada llave, a cada baño. Funcionan en silencio. Nadie agradece una tubería. Nadie le aplaude a una válvula. Solo nos acordamos de que existen el día maldito en que abrimos la llave y no sale nada.
Los bancos también tienen tuberías. Y también necesitan agua. Esa agua se llama liquidez, que es una palabra fea para algo simple. Es el dinero disponible para cumplir con lo de todos los días. Pagarle al que retira, cerrar las cuentas, mover lo que hay que mover antes de que cierre el día.
A veces, a un banco se le seca la llave. Ojo, no porque esté quebrado. Sino porque su dinero quedó atorado en otro lado, en una operación que todavía no se liquida, en un descalce de horas. Es como traer la cartera llena pero las tarjetas olvidadas en el coche. Tiene con qué, pero no en la mano, y lo necesita ahora.
Para esos momentos existe el banco central. Banxico abre una válvula. Le presta agua al banco que la necesita, pero no se la regala. Le pide una garantía a cambio, normalmente bonos del gobierno, que es lo más parecido a dejar el reloj empeñado. Y al poco tiempo, un día, dos, el banco devuelve el agua y recupera su garantía. Préstamo de ida y vuelta. El agua entra y el agua sale.
Esto es lo que casi nadie entendió esta semana, y es el corazón del asunto. Ese dinero no se queda en la calle. No engorda la cantidad de billetes que andan circulando. No le quita valor a lo que usted trae en la bolsa. Por eso no genera inflación. Imprimir dinero es otra cosa, es echar agua nueva al sistema sin que nadie la devuelva jamás. Lo de esta semana es exactamente lo contrario. Es mantenimiento. Es plomería.
¿Qué fue lo que pasó entonces? Banxico publicó la Circular 8/2026 en el Diario Oficial. Con ella se dio más herramientas para abrir esa válvula cuando hay tensión, para comprar y vender ciertos valores en el mercado y mantener el agua corriendo pareja. Una decisión técnica, aburrida, de las que se toman para que nada se rompa. La clase de noticia que normalmente no llega ni a la sobremesa.
Pero alguien la leyó mal. Vio «Banxico podrá comprar valores» y tradujo «Banxico va a imprimir billetes». Lo escribió. Le puso signos de admiración. Quizá una bandera de México y una carita de susto. Y la bola empezó a rodar. Cada quien que la reenvió le agregó un poco de su propio miedo, hasta que un trámite de fontanería se volvió una amenaza nacional.
Hasta aquí la parte fácil. Ahora viene la que de verdad importa.
Lo cómodo sería cerrar la columna culpando al que arrancó el rumor. Es lo que todos harán. Saldrán los explicadores de oficio, los divulgadores con infografía, a corregir el dato y a sentirse útiles. Harán bien. Pero se quedarán en la superficie, en la calle, sin bajar nunca a las tuberías. Porque la pregunta de fondo no es quién mintió. Es por qué la mentira encontró tan poca resistencia.
Y la respuesta incomoda, porque no apunta al ciudadano asustado. Apunta a la institución.
Banxico es, probablemente, lo mejor construido que tenemos. Mientras otras instituciones del país se han ido vaciando por dentro, el banco central ha hecho lo contrario. Ha construido. Esa facilidad de liquidez que esta semana asustó a medio Twitter no es ninguna improvisación. Existe, en una forma u otra, desde hace años. Durante la pandemia, Banxico ya operaba con las mismas herramientas que la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el de Inglaterra. Reportos, permutas, compras de valores. Toda la plomería moderna de un banco serio, instalada pieza por pieza, sin ruido, sin presumir.
La arquitectura existe. Y está bien hecha. Ese no es el problema.
El problema es que Banxico construye como ingeniero y comunica como notario. Hace su trabajo con una seriedad ejemplar y luego lo explica, cuando lo explica, en un idioma que solo entienden otros notarios. Publica una circular escrita para abogados y economistas, la cuelga en el Diario Oficial, y da por servido el deber. Cumplió con la forma. No con el país.
Porque una institución no termina su trabajo cuando hace bien las cosas. Lo termina cuando logra que la gente entienda lo que hizo. Y ahí, justo ahí, Banxico falla. No por incapacidad técnica, le sobra. Falla por una soberbia silenciosa, esa idea muy nuestra de que las cosas serias no se explican, se acatan. De que el que no entiende, que estudie. De que el banco central habla y el resto escucha en respetuoso silencio.
Ese silencio, que durante décadas pareció prudencia, hoy es una vulnerabilidad. Porque el silencio institucional no deja un vacío neutro. Lo deja para que alguien más lo llene. Y en 2026 ese alguien no es el experto sobrio. Es el cuate con un teléfono, una opinión y ganas de viralizar. Donde no hay una explicación clara, siempre habrá un rumor claro. Y el rumor casi siempre gana, porque el rumor sí sabe contar una historia.
Esta es la paradoja que deberíamos discutir, en lugar de reírnos del que se asustó. Banxico tiene la mejor tubería del país y la peor cabina de prensa. Tiene la sustancia y no tiene el relato. Y en un mundo donde la confianza se gana o se pierde en una pantalla de seis pulgadas, tener la razón sin saber contarla equivale, muchas veces, a no tenerla.
No pido que Banxico baje su nivel. Pido lo contrario. Que entienda que explicar bien no es rebajarse, es blindarse. Que una circular venga acompañada de cuatro frases en español llano que cualquiera pueda reenviarle a su papá. Que la institución que cuida nuestro dinero se digne también a cuidar nuestra comprensión. Porque la confianza en la moneda no se sostiene solo con tasas y reservas. Se sostiene, también, con que la gente sepa que hay un adulto a cargo.
El rumor de esta semana se apagará solo. En unos días nadie lo recordará. Pero la grieta que dejó al descubierto seguirá ahí, esperando el próximo malentendido para volver a abrirse.
Las tuberías, mientras tanto, seguirán corriendo. Calladas, eficientes, invisibles. Haciendo bien un trabajo que nadie entiende y que, por eso mismo, nadie defiende.
La confianza no se decreta. Se construye, y luego se cuenta. Banxico aprendió lo primero. Le falta lo segundo.
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El autor es Consultor Estratégico, ConsejeroEmpresarial Independiente y autor de Arquitectura o inercia.
ncorzo@gmail.com
@NizalebCorzo
