COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo pasado, la economía internacional descansó sobre una premisa que hoy empieza a resquebrajarse: las reglas debían sobrevivir a los gobiernos. Los tratados comerciales no sólo buscaban reducir aranceles o facilitar exportaciones; ofrecían algo mucho más valioso para quienes arriesgan capital, generan empleo o diseñan políticas públicas. Ofrecían la posibilidad de planear. La certidumbre era, en realidad, el principal producto del orden económico internacional.
La discusión que se abrió esta semana en torno al T-MEC ha quedado atrapada entre dos interpretaciones igualmente limitadas. Para unos, estamos ante el principio del fin del acuerdo comercial más importante de Norteamérica. Para otros, no existe motivo alguno de preocupación porque el tratado continúa vigente. Ambas posturas parten de un hecho cierto, pero ambas dejan escapar la transformación de fondo. Lo relevante no es únicamente lo que ocurra con el tratado, sino lo que ese episodio revela acerca de la forma en que comienza a ejercerse el poder económico.
Durante décadas, las principales economías procuraron reducir la incertidumbre porque entendían que la estabilidad favorecía la inversión, el crecimiento y la integración productiva. Hoy empieza a observarse una lógica distinta. Mantener abiertas las posibilidades, preservar espacios para renegociar condiciones o evitar compromisos de muy largo plazo puede convertirse en una fuente adicional de influencia. La incertidumbre deja de ser únicamente una consecuencia de la política para convertirse, gradualmente, en uno de sus instrumentos.
Ese cambio trasciende a un gobierno, a una negociación específica o incluso a un tratado comercial. Modifica la manera en que empresas, inversionistas y Estados calculan el futuro. Cuando las reglas dejan de percibirse como permanentes, las decisiones se vuelven más cautelosas, los horizontes de inversión se acortan y el poder deja de descansar exclusivamente en quien produce mejor. También favorece a quien conserva la capacidad de alterar las expectativas de los demás.
México llega a ese escenario con fortalezas evidentes, pero también con una fragilidad que llevamos demasiado tiempo posponiendo. Nunca habíamos exportado tanto hacia Norteamérica ni habíamos escuchado con tanta frecuencia conceptos como relocalización de cadenas productivas o nearshoring. Sin embargo, buena parte de ese optimismo descansó sobre una confusión que hoy comienza a pasar factura. Confundimos la estabilidad del entorno con la solidez de nuestras instituciones. Suponíamos que la cercanía geográfica podía sustituir una política industrial consistente, que el acceso preferencial al mercado estadounidense compensaba nuestras debilidades regulatorias y que el dinamismo externo terminaría resolviendo problemas cuya solución siempre dependió de nosotros.
La historia económica muestra que las coyunturas favorables suelen ocultar las debilidades estructurales. Mientras el contexto acompaña, resulta fácil atribuir el crecimiento a las decisiones propias. El verdadero examen llega cuando ese contexto cambia. Es entonces cuando aparece la diferencia entre crecer gracias a circunstancias externas y hacerlo sobre capacidades construidas deliberadamente. La primera depende del momento; la segunda depende de las instituciones.
He insistido en llamar a esa diferencia arquitectura e inercia porque ambas representan formas opuestas de entender el desarrollo. La inercia aprovecha ventajas heredadas mientras las condiciones permanecen estables. La arquitectura crea capacidades que siguen produciendo resultados cuando esas condiciones dejan de existir. Una administra oportunidades; la otra construye resiliencia. Durante demasiado tiempo privilegiamos la primera sin advertir que toda ventaja externa tiene fecha de vencimiento.
Por eso el debate nacional no debería concentrarse únicamente en interpretar cada declaración proveniente de Washington. Esa discusión es inevitable, pero insuficiente. La pregunta verdaderamente importante consiste en evaluar qué hicimos con los años de estabilidad que ya tuvimos. Seguimos enfrentando rezagos en infraestructura, energía, logística, productividad, seguridad jurídica y Estado de derecho. Ninguno apareció esta semana y ninguno desaparecerá cuando concluya esta negociación. Son desafíos cuya solución nunca dependió del calendario político estadounidense, sino de la capacidad del Estado mexicano para construir instituciones más sólidas.
Las naciones que mejor enfrentan la incertidumbre no son aquellas que logran eliminarla. Son las que desarrollan capacidades suficientes para absorberla sin perder rumbo. Comprenden que el mundo cambia con demasiada rapidez para descansar exclusivamente sobre reglas externas y, por esa razón, invierten en aquello que permanece cuando todo lo demás se modifica. La verdadera discusión ya no consiste en determinar cuánto durará un tratado comercial, sino en preguntarnos si hemos construido un país capaz de generar la certidumbre que el entorno internacional empieza a dejar de ofrecer.
Los tratados podrán renegociarse una y otra vez. Las ventajas comparativas cambiarán, como siempre lo han hecho. Incluso los equilibrios geopolíticos seguirán desplazándose. Lo único que conserva valor estratégico de manera permanente es la fortaleza institucional. Quien la construya llegará mejor preparado a la próxima negociación. Quien siga confiando exclusivamente en la estabilidad del entorno descubrirá, tarde o temprano, que la certidumbre nunca fue un derecho adquirido, sino una capacidad que cada país debía construir por sí mismo.
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El autor es Consultor Estratégico, ConsejeroEmpresarial Independiente y autor de Arquitectura o inercia.
ncorzo@gmail.com
@NizalebCorzo
