Marvin Arriaga/ULTIMÁTUM
Pongo las manos sobre el teclado y me tiemblan las manos, se me nubla la mirada junto al nudo en mi garganta, no sé ni por dónde empezar con tantas anécdotas y profundos sentimientos anidados en mi corazón por tu inigualable amistad, ¡que va!, más bien por tu valiosa hermandad querido Hermano.
Recuerdo tanto nuestro caminar juntos, de cuando fuimos funcionarios, de todos los cafés que tomamos, de todos los desayunos con amigos, de todas las reuniones, de nuestras charlas inagotables, de las entrevistas que te hice, de nuestras mesas de análisis, de los festejos juntos, de nuestros valores familiares, de nuestras coincidencias de pensamiento, pero también de nuestras diferencias, de tu constante agradecimiento por evangelizarte en la fe, de nuestros organigramas mentales por componer el mundo y hoy, el hecho real de tu partida nos ha golpeado a muchos.
En el recuento de nuestra amistad, es invaluable tus firmes cualidades como conservador, tu aplauso por mi postura de lucha y dignidad, tu firmeza por siempre expresar y defender tus ideas. Me enorgullezco sin titubeos por identificarme y coincidir con tu pensamiento, apreciando los peligros pero firme y valiente en los principios.
Dejas una gran sentida herencia, fuiste tejedor de valiosas amistades, conversador inigualable, tu sentido del humor nunca permitía ponerse serios y qué decir de la bohemia y de tu apropiación del micrófono en él karaoke con un autoritarismo artístico tan tú.
Me niego ver un ataúd con tu cuerpo dentro. Parafraseo a nuestro gran poeta mayor Jaime Sabines ¡Qué costumbre tan salvaje esta de aniquilar a los muertos, de borrarlos de la tierra! De negarles la posibilidad de revivir. Debería de haber ciertamente “una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir”.
Nuestra amistad fue un acto de absoluta resistencia. En una sociedad obsesionada con el rendimiento y el egoísmo digital, rescatar nuestro tiempo y presencia sin celulares en la mesa fue nuestra mayor rebeldía. Hoy honro tu memoria con estas letras, con este dolor que taladra siguiendo al filósofo Byung-Chul Han cuando dice, que quien ama de verdad no muere del todo, porque la esencia del amor consiste en olvidarse de sí en otra mismidad. Tu recuerdo no será una mercancía consumible ni un simple archivo en mi memoria, sino una herida abierta transformadora que honraré en mis actos de congruencia y coherencia.
Tu trascendencia no significará olvido, sino una pausa reflexiva. Te recordaré como la alteridad irreemplazable que enriquecía la existencia de quienes tuvimos tu mano amiga, el amigo con quien descubrí que la eternidad puede habitar en la simple escucha atenta y en el invaluable regalo de estar simplemente ahí.
Ahora que ya no estás, el mayor homenaje que puedo ofrecerte es no dejar que el terror de lo igual me consuma. Honraré nuestra amistad conservando tu diferencia, esa singularidad tuya que nos invita a transformarnos, aceptarnos y respetarnos en medio de las diferencias políticas y de pensamiento. Descansa en paz, sabiendo que tu amistad seguirá habitando en mis hijos y en mí como una morada eterna en medio del espacio, con nuestro compromiso fraterno de velar por tu preciosa familia a quienes amamos con todo el corazón.
No nos faltó nada por decirnos, nos dimos el tiempo, disfrutamos los momentos, compartimos con amigos, colegas, nuestras familias. Platicamos los pros, los contras pero el camino era intentarlo, el camino era luchar, ser fuerte y valiente. Lo hiciste y lo fuiste.
Sin saberlo nos despedimos antes de irte a Ciudad de México, no lo hicimos solos, nos acompañaron nuestras mágicas princesas. ¡Qué regalo! Nos citamos para desayunar y nos llegó la hora de la comida, el restaurante tenía que cerrar y -como siempre-, no nos alcanzó nuevamente el tiempo para seguir conversando y compartiendo.
Harás falta en las celebraciones, como las que organizó Ultimátum, esta bendita casa editorial que ha hecho de la camaradería y la amistad una familia. Casualmente aquí fue tu última celebración de cumpleaños, Dios nos dio la oportunidad de expresarte nuestro cariño y honrarte en vida, por eso, y mucho más, imprimo estas letras en este digno rotativo.
Hoy se me quiebra el alma al tener que decirte adiós, me parece injusto y doloroso tener que hablar de ti en pasado cuando todavía te siento tan presente. Fuiste la mano extendida en los momentos difíciles, pero también en vida te honré con mi honor y lealtad. Te vas demasiado pronto, pero te quedas eterno en cada recuerdo y en cada anécdota. Sé que la muerte es solo un hasta luego y que los lazos reales no los destruye ni el tiempo ni la distancia. Vuela alto y por favor, confabula con mi madre para bendecirme.
Y como le dijera el Che a Fidel, podría decirte tantas cosas pero creo son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas. Hay lazos que no se pueden romper como los nombramientos.
Descansa en paz querido hermano.
