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Cuarenta años por defecto

6 de julio de 2026
in Opiniones
Cuarenta años por defecto
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

Han pasado dos días desde la eliminación y ya sabemos, con precisión casi aburrida, cómo va a reaccionar la Femexfut. Lo sabemos porque no es la primera vez. Habrá una conferencia de prensa. Habrá una frase sobre «hacer un análisis profundo». Habrá, quizá, un cambio de director técnico, presentado como refundación. Y en unos meses, cuando el ruido baje, todo volverá exactamente a donde estaba. No porque nadie quiera lo contrario. Porque la institución no está construida para que suceda lo contrario.

Esa es la conversación que no vamos a tener esta semana, y es la única que importa.

El domingo, Inglaterra ganó 3-2 en el Azteca. Bellingham marcó dos veces en dos minutos, Kane hizo lo suyo, y México se despidió de su propio Mundial en el estadio donde nunca había perdido una Copa del Mundo. La reacción inmediata ya la conocemos de memoria. El árbitro. El VAR. El penal. La tormenta que retrasó el partido. Todo, con tal de no formular la pregunta incómoda, que no es sobre el domingo sino sobre los mil cuatrocientos días que vienen. ¿Qué va a hacer la Federación Mexicana de Futbol con esta derrota durante los próximos cuatro años?

La respuesta honesta es inquietante. Probablemente, nada estructural.

Y conviene entender por qué, porque no es un asunto de mala voluntad ni de incompetencia individual. Es un asunto de diseño. La Femexfut es una institución sin presión evolutiva. Tiene ingresos garantizados por los derechos de televisión y los patrocinios, con independencia de lo que haga la selección en la cancha. Opera un mercado sin competencia real —no hay una segunda federación a la que el aficionado pueda cambiarse—. Y responde a un conjunto de dueños de clubes cuyos incentivos de corto plazo rara vez coinciden con la salud de largo plazo del combinado nacional. Cuando una organización cobra lo mismo gane o pierda, opera sin competidores y rinde cuentas a quienes se benefician de que nada cambie, el resultado no es un misterio. Es una fórmula.

Comparemos con lo que enfrentó del otro lado. Inglaterra no llegó al Azteca con mejor suerte. Llegó con una década de arquitectura deliberada. Tras el fracaso de 2014 y 2016, la federación inglesa reconstruyó su modelo formativo desde la base —el famoso plan que estandarizó la formación de talento en todo el país, que profesionalizó la cantera, que dejó de improvisar torneo a torneo—. Bellingham es producto de esa decisión estructural tomada cuando él tenía diez años. No ganó una noche. Cobró una inversión de diez años en dos minutos.

Ese es exactamente el punto, y trasciende el fútbol. Hay instituciones que responden a un shock construyendo capacidad, y hay instituciones que responden a un shock administrando la narrativa hasta que el shock se olvide. Las primeras convierten cada fracaso en un plano. Las segundas convierten cada fracaso en un comunicado. México ha sido, durante décadas, un país experto en comunicados.

La pregunta que casi nadie va a hacer esta semana es esta. Si México ganó su última Copa del Mundo importante como local hace ya bastante, y si su relación con el Azteca era el único bastión histórico que quedaba en pie hasta el domingo, ¿qué garantiza que los próximos cuatro años sean distintos a los cuatro anteriores? La respuesta es descorazonadora en su simpleza. Nada lo garantiza. Nada, salvo una decisión que hasta ahora nadie ha mostrado voluntad de tomar.

Y aquí es donde la historia se pone dura. La última vez que Inglaterra había ganado en el Azteca en fase de eliminación directa fue hace cuatro décadas. Cuarenta años entre una humillación y la siguiente. Si algo debería asustarnos no es haber perdido el domingo. Es la posibilidad de que tengamos que esperar otros cuarenta años para que algo obligue a la institución a mirarse de verdad. Porque una organización que solo cambia cuando el dolor es catastrófico, y que entre catástrofe y catástrofe regresa a la inercia, es una organización que ha externalizado su reforma al azar.

Nada de esto es inevitable. Y esa es la parte que quiero dejar clara, porque la resignación es tan cómoda como la negación, y las dos sirven para lo mismo. La Femexfut tiene, hoy, todos los recursos para construir lo que Inglaterra construyó. Tiene dinero, tiene base de jugadores, tiene una afición que rara vez le falla. Lo que no ha tenido es la arquitectura de incentivos que obligue a usarlos bien. Eso se diseña. No se hereda, no se decreta, no se improvisa entre Mundial y Mundial. Se diseña, con la misma frialdad con la que se diseña cualquier sistema que uno espera que sobreviva a quienes lo crearon.

Llevo tiempo trabajando en un marco para medir esto, en instituciones muy distintas al fútbol —empresas, gobiernos, organismos—. Lo llamo el Índice de Resiliencia Institucional, y lo que hace es simple de enunciar y difícil de aceptar. Distingue a las organizaciones que absorben un golpe y salen más fuertes de las que absorben un golpe y salen idénticas, esperando el siguiente. La Femexfut, medida con esa vara, no sale bien parada. Pero el índice no es un veredicto. Es un espejo. Y su valor está justamente en que se puede voltear a ver antes de la próxima caída, no después.

Cuarenta años, entonces, no son una profecía. Son la trayectoria por defecto de una institución que decide no cambiar. La buena noticia, la única de esta semana, es que las trayectorias por defecto se pueden interrumpir. La mala es que interrumpirlas exige exactamente lo que más nos cuesta como país. Elegir la arquitectura sobre la inercia, cuando nadie nos está obligando todavía a hacerlo.

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El autor es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor de _Arquitectura o Inercia_.

ncorzo@gmail.com

@NizalebCorzo

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