COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
En política, pocas veces los relevos son simples trámites administrativos. Mucho menos cuando ocurren en uno de los programas insignia de un gobierno. Quien conoce el ejercicio del poder sabe que las decisiones importantes suelen comunicar mucho más de lo que dicen los boletines oficiales.
Esta semana, el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar anunció el relevo en la dirección del Instituto Chiapaneco de Educación para Jóvenes y Adultos (ICHEJA), organismo importante dentro de la operación de Chiapas Puede, quizá la política pública más ambiciosa de su administración. La explicación oficial fue sencilla: Sergio David Molina Gómez solicitó separarse del cargo para emprender nuevos proyectos. En su lugar llegó un perfil al que el mandatario describió como un hombre de comprobada honorabilidad, capacidad y profundo amor por Chiapas.
Hasta ahí, cualquiera podría pensar que se trata de un cambio normal dentro de la administración pública. Pero la política rara vez vive de las casualidades.
Desde que inició la Nueva ERA, Eduardo Ramírez ha repetido un mensaje casi obsesivamente. Lo ha dicho en reuniones privadas, en eventos públicos y frente a su gabinete: no tolerará la simulación, no aceptará la corrupción y quiere resultados reales. Quien haya seguido con atención sus discursos sabe que esa línea no ha cambiado ni un milímetro.
Hace apenas unos días, la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno informó el inicio de procedimientos administrativos contra exservidores públicos del sector Salud. No se trató de un anuncio menor. Fue una señal de que la política de cero corrupción y cero impunidad comenzó a pasar del discurso a los expedientes.
Y ahora aparece este relevo en el ICHEJA.
Nadie debería leer ambos acontecimientos como hechos aislados.
Durante meses existieron voces que advirtieron problemas en la operación de Chiapas Puede. En julio del año pasado se habló de un «cuello de botella» que impedía el avance del programa. Meses después se señaló que el gobernador preparaba un «manotazo» interno para corregir inercias burocráticas. En aquel momento muchos lo tomaron como una exageración.
Hoy esos antecedentes adquieren otra dimensión.
El episodio más delicado ocurrió cuando se intentó presentar como caso exitoso de alfabetización a una persona que posteriormente reconoció haber cursado hasta cuarto año de primaria. Aquella escena exhibió algo más grave que un error de comunicación: mostró la posibilidad de que alguien estuviera intentando construir resultados artificiales alrededor del programa más importante del sexenio.
Y eso, para un gobernador que ha hecho de la rendición de cuentas uno de los ejes de su administración, resulta inadmisible.
Porque el problema nunca ha sido únicamente el relevo de un funcionario.
El verdadero desafío sigue siendo monumental.
Chiapas continúa ocupando el primer lugar nacional en rezago educativo. Casi la mitad de la población mayor de quince años no cuenta con los niveles educativos mínimos. Esa realidad no desaparece con discursos ni con campañas publicitarias. Se modifica únicamente con trabajo serio, medición objetiva y resultados verificables.
La meta anunciada originalmente fue alfabetizar a medio millón de personas. Al cierre del primer año, las cifras oficiales reportaban alrededor de ochenta mil beneficiarios. La diferencia es demasiado amplia para ignorarla.
Por eso el nuevo titular del ICHEJA recibe mucho más que una oficina.
Recibe una responsabilidad política enorme.
Recibe la obligación de demostrar que el programa sí puede cumplir lo que prometió.
Recibe el reto de convertir la narrativa en resultados.
Y, sobre todo, recibe la responsabilidad de hablarle al gobernador con la verdad.
Porque si algo ha dejado claro Eduardo Ramírez es que prefiere una mala noticia a un buen engaño.
En distintos momentos ha insistido en que los secretarios deben salir al territorio, verificar personalmente las acciones y evitar que la burocracia sustituya el trabajo de campo. No quiere fotografías; quiere evidencia. No quiere estadísticas infladas; quiere personas alfabetizadas.
Ese parece ser el verdadero mensaje detrás de los recientes movimientos.
La administración comienza una etapa distinta.
Una etapa donde ya no basta con inaugurar programas.
Ahora habrá que demostrar que funcionan.
Quienes pensaban que el combate a la corrupción era únicamente una consigna política quizá empiecen a descubrir que la Nueva ERA pretende convertirlo en método de gobierno.
Y cuando eso ocurre, los relevos dejan de ser simples cambios administrativos.
Se transforman en advertencias.
No necesariamente porque todos sean culpables, sino porque el margen para improvisar comienza a desaparecer.
La confianza del gobernador sigue existiendo para quienes entregan resultados. Pero también parece agotarse para quienes confunden la lealtad con la simulación o creen que un reporte optimista puede sustituir la realidad.
Todavía falta mucho camino por recorrer para que Chiapas Puede alcance la meta planteada hacia 2027. Sin embargo, el mensaje político parece inequívoco: si el programa habrá de convertirse en el gran legado educativo de esta administración, tendrá que sostenerse sobre cifras auténticas y no sobre ilusiones estadísticas.
Porque en un gobierno que promete cero corrupción y cero impunidad, las matemáticas terminan hablando más fuerte que los discursos. Y los números, tarde o temprano, siempre encuentran la manera de poner a cada quien en su lugar.
