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Mujeres que sí quieren cambiar el mundo

20 de julio de 2026
in Opiniones
Mujeres que sí quieren cambiar el mundo
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH

Hay mujeres que llegan a un cargo público y, con el tiempo, terminan olvidando por qué llegaron.

El poder, el salario, el automóvil oficial, la oficina, los reflectores y la comodidad de la burocracia pueden convertirse en una especie de anestesia. Poco a poco, algunas dejan de mirar hacia afuera. Dejan de escuchar a las mujeres que padecen violencia, a las niñas que abandonan la escuela, a las madres que buscan justicia y a las víctimas que esperan que alguien levante la voz por ellas.

Y entonces ocurre algo profundamente contradictorio: mujeres que alguna vez hablaron de igualdad, de derechos y de transformación terminan administrando la comodidad de un cargo público.

No todas, por supuesto. Sería injusto generalizar. En Chiapas hay mujeres valiosas, comprometidas, valientes y profundamente involucradas en las causas sociales. Mujeres que trabajan sin reflectores y que todos los días acompañan a víctimas, defienden derechos y construyen alternativas. Pero también es cierto que muchas otras, una vez que llegan a una nómina gubernamental, parecen descubrir que la revolución puede esperar hasta la siguiente quincena.

Y hay temas que ya no pueden esperar.

El feminicidio, la violencia contra las mujeres, los matrimonios infantiles, el abuso sexual, la desaparición de niñas y adolescentes, la discriminación y la desigualdad no pueden convertirse en simples conceptos para discursos oficiales, foros institucionales y fotografías conmemorativas.

En ocasiones pareciera que la burocracia ha domesticado a algunas de las voces que antes eran incómodas.

Porque una cosa es hablar de transformación y otra muy distinta es transformar.

La historia de Theresa Kachindamoto, jefa tribal de Malawi, resulta poderosa precisamente por eso. Mientras miles de niñas eran obligadas a abandonar la escuela para casarse siendo menores de edad, ella decidió enfrentarse a una tradición profundamente arraigada y utilizar el poder que tenía para protegerlas.

No se limitó a organizar un foro.

No redactó únicamente un posicionamiento.

No esperó a que alguien más resolviera el problema.

Recorrió aldeas, habló con familias, enfrentó a líderes comunitarios y logró anular más de tres mil 500 matrimonios infantiles. Miles de niñas pudieron regresar a las aulas y recuperar la posibilidad de decidir sobre su propia vida.

Incluso destituyó a jefes locales que continuaban permitiendo esas uniones.

Eso es ejercer un cargo con sentido de propósito.

Eso es entender que una responsabilidad pública no es un premio personal, sino una herramienta para modificar realidades.

Theresa Kachindamoto murió en 2025, pero su trabajo permanece en cada niña que pudo volver a estudiar, en cada infancia que no fue arrebatada y en cada mujer que pudo construir un futuro distinto al que otros habían decidido por ella.

Y esa historia debería incomodar.

Particularmente en lugares como Chiapas, donde todavía existen comunidades en las que las niñas enfrentan enormes obstáculos para continuar sus estudios; donde la violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad; donde el feminicidio no puede ser tratado como una estadística más y donde todavía hay niñas que crecen en entornos en los que sus derechos dependen de la voluntad de los adultos que las rodean.

¿Qué hacen frente a eso quienes tienen un cargo público?

¿Quién está recorriendo las comunidades?

¿Quién está tocando las puertas de las familias?

¿Quién está enfrentando a los líderes comunitarios que permiten abusos?

¿Quién está poniendo en riesgo su comodidad política para defender a una niña?

Porque transformar no siempre significa inaugurar una oficina, organizar un evento o emitir un comunicado.

A veces transformar significa confrontar.

Significa decir que no.

Significa incomodar a quienes tienen poder.

Significa enfrentarse a las costumbres cuando esas costumbres violan derechos humanos.

Significa no quedarse callada cuando una mujer es asesinada.

Significa no acostumbrarse a las cifras.

Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿qué ha ocurrido con algunas de las mujeres que durante años construyeron su trayectoria alrededor de las causas feministas y de la defensa de los derechos de las mujeres?

¿Dónde están cuando una niña es violentada?

¿Dónde están cuando una familia exige justicia?

¿Dónde están cuando una mujer denuncia y se enfrenta a un sistema que todavía puede ser frío, burocrático y lento?

Por supuesto, no todas tienen que estar en la primera línea de cada batalla. Pero sí deberían existir voces permanentes, firmes y visibles. Porque el feminismo que solamente aparece en los discursos oficiales, en los días conmemorativos o en las fotografías institucionales corre el riesgo de convertirse en una etiqueta conveniente.

Y las causas sociales no pueden depender de la conveniencia.

El servicio público debería exigir algo más que preparación académica, relaciones políticas o capacidad para administrar una oficina. Debería exigir convicción.

Una funcionaria puede tener un salario digno, prestaciones, vehículo, oficina y seguridad laboral. Nada de eso es ilegítimo. El problema aparece cuando la comodidad termina borrando la causa.

Cuando el cargo se vuelve más importante que las personas.

Cuando la nómina pesa más que la indignación.

Cuando la posibilidad de perder el puesto termina silenciando la voz que alguna vez prometió defender a las demás.

Theresa Kachindamoto ofrece una lección extraordinaria: el poder puede utilizarse para proteger o para conservar privilegios. Puede servir para administrar inercias o para romperlas.

En Chiapas hacen falta mujeres así.

Mujeres que no quieran únicamente ocupar espacios, sino transformarlos.

Mujeres que no se conformen con ser funcionarias, sino que quieran dejar una huella.

Mujeres que comprendan que el feminismo no es una credencial política ni una plataforma para alcanzar un cargo. Es una responsabilidad permanente con quienes siguen viviendo en condiciones de desigualdad.

Y también hacen falta hombres dispuestos a reconocer que esa lucha no es exclusiva de las mujeres. La defensa de las niñas y de las mujeres es una responsabilidad de toda la sociedad.

Pero quienes han hecho de esas causas su bandera tienen una responsabilidad todavía mayor.

Porque la historia no recordará cuántas fotografías se tomaron en un foro, cuántos discursos pronunciaron o cuántas veces dijeron que estaban comprometidas con la transformación.

Recordará, en cambio, a quienes hicieron algo cuando tuvieron la posibilidad de hacerlo.

Theresa Kachindamoto pudo haber conservado la costumbre, proteger su posición y evitar conflictos.

Eligió lo contrario.

Y por eso, aunque ya no está, sigue siendo más vigente que muchas funcionarias que todavía ocupan una oficina.

Porque una cosa es tener poder. Y otra muy distinta es tener el valor de usarlo para cambiar la vida de alguien.

Esa, quizá, es la diferencia entre ocupar un cargo y cumplir una misión.

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