José Adán Altúzar Figueroa/Ultimátum
La nueva desigualdad consiste solamente entre quienes tienen acceso a la inteligencia artificial y quienes no. Es entre quienes la utilizan para ampliar su autonomía y quienes le entregan su capacidad de comprender y decidir.
En esta primera entrega de dos partes, Jorge Arias (investigador en desarrollo democrático, gobernanza e inteligencia artificial) nos relata en primera instancia la existencia de la IA en nuestros tiempos, nos enseña a utilizarla y se asume que en su uso va implícita un sentido de alta responsabilidad ciudadana. En la segunda parte a publicar, nos advierte que su uso es inevitable y que representa un riesgo, por todos quienes ejercemos nuestro servicio profesional. Primera de dos partes. A continuación, Jorge Arias dice:
Durante siglos, la falta de información fue uno de los grandes límites del conocimiento humano. Acceder a libros, archivos, investigaciones o especialistas exigía educación, tiempo, dinero y cercanía con determinados centros de poder.
Internet alteró radicalmente esa situación. Buena parte del conocimiento acumulado por la humanidad comenzó a estar disponible desde una computadora o un teléfono. Sin embargo, todavía era necesario buscarlo, seleccionarlo, leerlo, compararlo y comprenderlo.
La inteligencia artificial generativa inauguró una etapa diferente. Ya no accedemos solamente a una biblioteca gigantesca. Podemos conversar con sistemas capaces de localizar, ordenar y relacionar enormes cantidades de información en pocos segundos.
Las innumerables microgotas del conocimiento humano parecen reunirse en un gran océano accesible mediante una pregunta. Pero tener el océano delante no significa saber navegarlo.
La gran desigualdad que está naciendo no es únicamente entre quienes tienen o no acceso a la inteligencia artificial. Es entre quienes aprenden a utilizarla para pensar mejor y quienes terminan utilizándola para pensar menos.
La misma herramienta, ciudadanos diferentes
Imaginemos a dos estudiantes de 15 años frente a la misma aplicación. Uno le pide que resuelva su tarea y copia la respuesta. El otro la utiliza para comparar explicaciones, detectar qué parte no entiende y formular nuevas preguntas. Ambos entregan un trabajo. Pero solamente uno realizó un proceso de aprendizaje virtuoso.
La diferencia no está en el acceso. Está en el uso que cada uno puede o decide hacer de la herramienta y en la educación que recibió para hacerlo.
Algo similar ocurre con una joven médica. La IA puede ayudarla a ordenar antecedentes, consultar evidencia y considerar alternativas. Pero la responsabilidad profesional exige que pueda revisar la recomendación, reconocer sus límites y explicar por qué adopta una decisión. Cuando el sistema comienza a reemplazar su juicio, aparece un riesgo para ella y para sus pacientes.
Un periodista puede utilizar la IA para analizar documentos, reconstruir cronologías o identificar contradicciones. También puede emplearla para producir rápidamente una nota sin verificar fuentes ni comprender el tema. En el primer caso, la tecnología amplía su capacidad de investigar. En el segundo, acelera la circulación de información que nadie se hizo responsable de comprobar.
Una funcionaria municipal puede usar un sistema para identificar sectores de la ciudad con mayores necesidades y distribuir mejor los recursos públicos. Pero si no conoce los criterios utilizados, los datos omitidos o los posibles sesgos, una supuesta decisión técnica puede excluir silenciosamente a determinados grupos.
Finalmente, pensemos en un jubilado o pensionado que utiliza un asistente virtual para tramitar una prestación o comprender una comunicación oficial. La tecnología puede darle una autonomía que antes no tenía. Pero también puede dejarlo indefenso frente a una respuesta falsa o a una recomendación que no sabe cómo cuestionar.
En todos estos casos, el problema no es simplemente quién usa la inteligencia artificial. La cuestión es quién conserva la autoridad humana necesaria para comprender, verificar y decidir.
¿Replicar una respuesta o comprender?
Durante años hablamos de brecha digital. La preocupación era quién tenía computadora, conexión y habilidades básicas. Esa brecha sigue siendo grave, especialmente en el Sur Global. Pero ahora aparece una desigualdad más profunda.
La inteligencia artificial produce textos fluidos y convincentes. Esa facilidad puede generar una ilusión: creer que recibir una explicación equivale a comprender el problema.
Comprender exige algo más. Supone relacionar la información con un contexto, comparar perspectivas, reconocer incertidumbres y asumir responsabilidad por las consecuencias.
Por eso, la desigualdad cognitiva no se refiere a diferencias naturales de inteligencia. Es la distribución desigual de las condiciones para transformar información y tecnología en comprensión, juicio y acción autónoma.
Habrá docentes que utilicen la IA para acompañar de manera personalizada a sus alumnos y otros que deleguen en ella la enseñanza y la evaluación. Habrá abogados que la empleen para explorar antecedentes y otros que presenten argumentos que no revisaron. Habrá empresarios que descubran oportunidades y otros que queden sometidos a plataformas cuyos criterios desconocen.
También habrá instituciones capaces de aprender y otras que sólo automaticen sus errores.
CONTINÚA EN UNA SEGUNDA PARTE…Jorge Arias es investigador en desarrollo democrático, gobernanza e inteligencia artificial. Integra el Comité de Investigación sobre Democratización Comparada de la International Political Science Association (IPSA RC13). Es autor de “El Homo IA y la nueva desigualdad cognitiva” y director de los Índices de Desarrollo Democrático de América Latina, México y Argentina.
