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UNA PALABRA QUE NO SE CANTA, SE VIVE

27 de julio de 2026
in Opiniones
UNA PALABRA QUE NO SE CANTA, SE VIVE
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FILIPICAS/PACO RAMÍREZ/ULTIMÁTUM

Marvin Arriaga y su despedida a Juan Carlos Cal y Mayor Franco

No todos los micrófonos sirven para lo mismo. El que tomó Marvin Arriaga en el noveno aniversario de Diario Ultimátum no fue para anunciar ni para analizar, sino para despedir. Y ahí, entre colegas y cámaras, sucedió algo que rara vez cabe en la agenda informativa: una mujer le puso nombre, en voz alta, al amor que le tenía a un amigo.

Arriaga empezó por la paz. No la paz de los tratados ni de los discursos oficiales, dijo, sino esa paz difícil de nombrar que es «el perfume delicioso del corazón tranquilo». Y desde ahí construyó su despedida a Juan Carlos Cal y Mayor Franco, compañero, amigo, y hermano de tinta y de micrófono.

Habló de un luto que se le venía encima por partida doble: la pérdida reciente de su propia madre y, un día después, la de la madre de Amet Samayoa Arce, director del periódico. Dos duelos casi simultáneos, cayendo sobre la misma redacción, y aun así Arriaga eligió no quedarse en el dolor, sino volver una y otra vez a la paz de haber honrado en vida a quien hoy despedía. «Lo honré en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad», dijo, tomando prestado el lenguaje de los votos matrimoniales para describir una amistad que, no conoció condiciones.

Fue en ese tono —tierno, sin prisa, casi susurrado— que Arriaga recordó al Cal y Mayor menos solemne: el que se adueñaba del karaoke sin dar tregua a nadie más, el que la familia recuerda entre risas cómplices que solo ellos entienden. Y fue también en ese tono que recordó al otro Cal y Mayor, el de la certeza y la palabra firme, un hombre que —contó Arriaga— podía tocar la puerta de cualquiera para pedir un favor profesional y nunca cobraba por el suyo.

Citó a un poeta para imaginar una casa de reposo para los muertos, con las ventanas abiertas y el agua corriendo, por si alguno decidiera, de tanto en tanto, volver a la vida. Citó también al filósofo Byung-Chul Han para recordarnos que quien ama y es amado, de algún modo, permanece. Y cerró con una promesa que sonó más a compromiso que a despedida: honrar el legado periodístico de Cal y Mayor es, dijo, no tener miedo de decir la verdad.

Diario Ultimátum cumplió nueve años ese día, pero lo que quedó flotando en la sala no fue el aniversario, sino la certeza de que hay amistades que el oficio del periodismo no solo permite, sino que fabrica: se nace colega y, si hay suerte, se termina siendo familia. Marvin Arriaga lo dijo con la voz quebrada y el corazón entero, y por eso, más que un discurso, lo suyo fue una manera de cuidar la memoria.

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