SIN CONSENTIMIENTO/MARÍA JOSÉ SÁNCHEZ RUIZ
Este sábado tuve el privilegio de participar como presentadora de la nueva edición de Educación emocional en 20 lecciones, de Efraín Bartolomé, publicada por Grijalbo, sello de Penguin Random House, durante su presentación en la Universidad Descartes de Tuxtla Gutiérrez. Compartí la mesa con tres lectores que, desde perspectivas distintas, dialogamos con una obra que ha encontrado una nueva vida editorial y cuya vigencia resulta hoy más evidente que nunca. En lugar de mi columna habitual, deseo compartir con ustedes el ensayo que preparé para esa ocasión, con la esperanza de que esta conversación continúe más allá del auditorio.
Hay libros que uno termina de leer y otros que, cuando creemos haber llegado a la última página, apenas empiezan a leernos a nosotros. Permanecen silenciosos durante años hasta que una experiencia, una pérdida o una alegría inesperada nos devuelve a ellos y descubrimos que, desde el principio, habían visto en nosotros algo que todavía no éramos capaces de nombrar.
Así recuerdo Educación emocional en veinte lecciones.
Mi primer encuentro con Efraín Bartolomé no ocurrió a través de este libro, sino muchos años antes, cuando, siendo muy joven, un tío puso en mis manos Música lunar. Aquella lectura fue suficiente para reconocer a Efraín como una de esas voces signadas por la inteligencia, la belleza y una forma distinta de mirar el mundo. Por eso, cuando años después descubrí, casi por accidente, que aquel poeta había escrito un libro sobre educación emocional, sentí una mezcla de sorpresa y curiosidad. Durante un tiempo fue un libro difícil de conseguir. Lo vi primero en el librero de quien entonces era mi pareja y pasaron todavía algunos años antes de que, en una librería de San Cristóbal de Las Casas, por fin pudiera comprarlo.
No imaginaba entonces que estaba llevando conmigo una conversación que me acompañaría durante años.
En apariencia, mi vida transcurría con normalidad. No atravesaba una crisis extraordinaria y vivía sin hacerme demasiadas preguntas. Como muchos de nosotros, confundía el hábito con la convicción, el deber ser con el deseo y las emociones con verdades absolutas. Creía que el mundo era el responsable de lo que yo sentía, sin sospechar que entre los acontecimientos y mis emociones existía un territorio inmenso que nunca me había detenido a explorar.
Efraín describe ese territorio con una claridad que todavía me acompaña: «Las emociones no vienen de la nada: son el resultado de cambios, a veces bruscos y a veces sutiles, en nuestros modos de organizar en la cabeza la experiencia del mundo».
Fue ahí donde comenzó la conversación.
La primera persona que encontré en este libro no fui yo: fue mi madre. Mientras leía las páginas en las que Efraín explica que las emociones nacen de la interpretación que hacemos de los acontecimientos, comprendí algo que durante años había observado sin poder nombrar: ciertas formas de pensamiento podían convertirse en una fuente permanente de sufrimiento. Este libro me regaló palabras para entenderlo.
Sólo después comenzó el encuentro conmigo misma.
Me descubrí en la tendencia a convertir mis deseos en exigencias, a pensar que las cosas debían suceder de cierta manera sólo porque así las esperaba. Comprendí que muchas veces no eran los hechos los que me hacían sufrir, sino la forma en que yo los interpretaba. Aquella idea fue una verdadera epifanía.
Quizás el mayor regalo de este libro fue ofrecerme, además de respuestas, un lenguaje, porque cuando uno encuentra las palabras adecuadas, algo empieza a ordenarse por dentro.
Lo leía en casa, pero también lo llevaba al trabajo para aprovechar cualquier momento libre. Hacía los ejercicios, subrayaba páginas enteras, sonreía con sus analogías, me detenía a pensar después de algunas páginas y, en más de una ocasión, me conmoví. Recuerdo incluso haber compartido una fotografía del libro en redes sociales acompañada únicamente de una expresión: «¡Buenísimo!». Hoy entiendo que aquel entusiasmo nacía del descubrimiento de una conversación que apenas comenzaba.
Hay una razón por la que este libro sigue vivo en mí y tiene menos que ver con la psicología que con la literatura.
Antes que terapeuta, Efraín Bartolomé fue para mí, y sigue siendo, poeta. Esa sensibilidad atraviesa cada página: se advierte en las analogías inteligentes que vuelven comprensible lo complejo; en las etimologías que nos recuerdan que las palabras también contienen memoria; en las citas, nunca ornamentales, sino puentes que amplían la conversación; y, sobre todo, en ese tono cercano que hace sentir al lector que conversa con un amigo culto y generoso.
Quienes hemos tenido el privilegio de conversar con Efraín reconocemos esa voz. Sus conversaciones siempre llegan acompañadas de una historia, de una referencia inesperada o de un episodio de la mitología griega. Esa conversación fue llevada intacta al papel: Educación emocional en veinte lecciones no sermonea, sino que acompaña.
Hay autores que escriben para demostrar cuánto saben. Efraín escribe para que el lector comprenda. Él mismo declara ese propósito: «Me he esforzado por exponer las complicadas peripecias de la emoción humana del modo más claro, sencillo y directo que he podido».
Mientras preparaba esta participación intenté responder qué cambió realmente este libro en mí. La respuesta fue sencilla: encendió la chispa del autoconocimiento.
Me enseñó a detenerme antes de culpar al mundo por todo lo que sentía. Me enseñó a reconocer las zancadillas de mi pensamiento y a sospechar de esas conclusiones que parecen verdades sólo porque nacen en nuestra propia mente. Me enseñó que siempre existe un espacio entre lo que ocurre y la manera en que lo interpretamos.
Hay una frase que Efraín recoge del poeta persa Saadi y que me acompaña desde entonces: «Sé como el sándalo, que perfuma al hacha que lo hiere».
En el libro aparece como una respuesta ante las críticas injustas. Con los años, yo la he entendido de dos maneras. La primera me invita a responder con serenidad cuando el impulso quisiera hacerlo con violencia. La segunda propone transformar aquello que nos hiere en aprendizaje. Si el hacha representa la adversidad, el perfume del sándalo representa aquello valioso que decidimos conservar después de atravesarla.
Con el tiempo seguí leyendo otros autores y explorando nuevas preguntas, pero nunca olvidé quién me enseñó que esas preguntas valían la pena.
Cuando pienso hoy en la voz de Efraín Bartolomé dentro de este libro, no pienso en un profesor ni en un terapeuta: pienso en Virgilio.
Él no recorrió el camino en lugar de Dante, pero aceptó acompañarlo por un territorio donde nadie puede entrar en lugar de otro.
Los grandes libros hacen exactamente eso. No viven nuestra vida, no responden todas nuestras preguntas, no evitan nuestras caídas; caminan un tramo con nosotros hasta que llega el momento de continuar solos.
Y quizás por eso, al final, los libros más importantes no son los que nosotros leemos.
Son los que terminan leyéndonos a nosotros.
