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El poder del PRI durante 70 años

30 de julio de 2026
in Opiniones
El poder del PRI durante 70 años
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IDENTIDAD POLÍTICA/ JOSÉ ADÁN ALTÚZAR FIGUEROA

Los mexicanos creemos que entendemos por qué el PRI gobernó durante más de 70 años, pero la explicación que casi todos repiten está incompleta. Sí hubo fraude, manipulación y control electoral; sin embargo, si creemos que eso fue toda la historia, nunca vamos a entender cómo funcionaba realmente el poder en México. El PRI no solo ganó elecciones, sino que construyó un sistema. Un engranaje donde el presidente controlaba al partido, el partido controlaba a los gobernadores, los gobernadores controlaban a los estados, los sindicatos controlaban a los trabajadores, las organizaciones campesinas controlaban a las comunidades y los medios controlaban la narrativa.

Sin embargo, con el tiempo ese sistema empezó a desgastarse. La economía cambió, las crisis golpearon al país y la corrupción se volvió cada día más grotesca y evidente. La sociedad se transformó en una más urbana, informada y exigente. Los medios empezaron a abrirse, la oposición comenzó a crecer y la gente le perdió el miedo al régimen. En 1968, el país vio la cara brutal del poder; en el 82, la crisis económica golpeó la confianza; en el 88, la elección de Carlos Salinas de Gortari dejó una herida profunda por la famosa «caída del sistema»; y en el 94, México vivió el levantamiento zapatista, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y otra crisis financiera. Para el año 2000, el sistema que durante décadas pareció invencible finalmente perdió la presidencia.

Ahora bien, ¿cómo logró el PRI gobernar México durante más de siete décadas? Primero, hay que entender algo: el partido nació después de la Revolución mexicana y su gran promesa no fue solamente ganar elecciones, sino algo mucho más poderoso: el orden. Después de años de guerra, caudillos, asesinatos políticos, rebeliones y luchas internas, el país necesitaba estabilidad. Ahí fue donde el partido logró algo muy inteligente: en lugar de eliminar a todos sus rivales, los metió dentro del sistema. Campesinos, obreros, militares, empresarios, sindicatos, gobernadores y líderes regionales; todos tenían un lugar y recibían algo, pero todos debían obedecer ciertas reglas. Ese fue el primer gran secreto del sistema priista: no gobernaba solamente con miedo, sino repartiendo el poder de una forma sumamente controlada.

El presidente era el centro de todo. Él decidía quién subía, quién bajaba, quién era candidato, quién recibía presupuesto, quién era gobernador, quién dirigía un sindicato y, sobre todo, quién podía ser el siguiente mandatario. A esto se le llamó el presidencialismo mexicano. Durante décadas, la figura del presidente fue mucho más poderosa que cualquier institución.

Aquí entran la CTM con Fidel Velázquez, los sindicatos petroleros, los maestros, los burócratas y muchas otras organizaciones. El PRI entendió algo muy sencillo: si controlas a los líderes sindicales, no necesitas convencer trabajador por trabajador; convences al líder y este mueve a la base. Así se movilizaban los votos, se llenaban las plazas en los mítines, se disciplinaba a los inconformes y se negociaban beneficios, pero también así se repartían los privilegios. El trabajador común muchas veces recibía muy poco, mientras que los líderes sindicales acumulaban un enorme poder. Por eso, personajes como Fidel Velázquez, Joaquín «La Quina» Hernández Galicia, Carlos Romero Deschamps o Elba Esther Gordillo no son anécdotas aisladas, sino piezas clave de la estructura.

El PRI construyó una enorme red campesina. La tierra, los apoyos, los permisos, los créditos, los programas y las organizaciones rurales funcionaban como instrumentos políticos. (Víctor Cervera Pacheco, Mario Hernández Posadas y Héctor Hugo Olivares Ventura) En muchas comunidades, el partido no era un ente lejano; era quien te podía ayudar con una parcela, un trámite, un apoyo, una escuela, un camino o un empleo.

Durante gran parte del siglo XX, la mayoría de los mexicanos recibió información exclusivamente por televisión, radio y periódicos, canales donde el PRI tenía una enorme ventaja. (Emilio Azcarraga Milmo) No necesitaba censurar todo de manera abierta; muchas veces bastaba con controlar los permisos, la publicidad oficial, las concesiones, el acceso a favores y los castigos.

Sí hubo fraude, manipulación, compra de votos, presión y elecciones inequitativas, pero aquí está el punto central: el fraude era solo una herramienta más, no la totalidad del sistema. El PRI no esperaba al día de la elección para ganar; construía los comicios durante años. Controlaba sindicatos, organizaciones, gobernadores y medios; manejaba candidaturas, recursos e incentivos. Cuando todo eso no era suficiente, entonces entraban las trampas electorales.

Ultimátum (Eduardo Ramírez Aguilar)

El principal reto del servicio al pueblo es cuando se hacen presentes las tentaciones, porque quien se corrompe para llegar, traiciona su mandato antes de comenzar.

La diferencia entre un humanista y un oportunista radica en mantenerse firme y leal a los principios. Mientras el humanista es congruente, el oportunista es un farsante que, ante la tentación, termina sucumbiendo.

Por eso sostengo que el humanista se reconoce no por lo que promete en la subida, sino por lo que sostiene cuando ha llegado.

El humanista no se rinde y continúa en el camino. No se pierde y mantiene firme el propósito social que le fue encomendado. Se llega para servir, no para saquear.

Lo sostengo y lo seguiré sosteniendo: no establezco relaciones de complicidad con nadie. En nuestro andar, nos acompaña la autoridad moral para mantener el pacto social y la armonía entre pueblo y gobierno. Feliz el que cumpla fielmente con su deber. Por el momento, es cuánto.  

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