LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE/GELY PACHECO/ULTIMÁTUM
Hay discursos que nos disocian. Otros que se escuchan y se olvidan. Y hay otros que una termina llevándose a casa y quiere volver a escuchar o leer. Eso me pasó en estos días. El pasado jueves tuve la oportunidad de asistir a la Sesión Solemne en la que se entregó la Medalla Rosario Castellanos de este 2026 a la senadora Martha Lucía “Malú” Mícher Camarena. El reconocimiento, otorgado por el Congreso del Estado de Chiapas y entregado por el gobernador, Eduardo Ramírez Aguilar, distingue una trayectoria de más de cuatro décadas vinculada a la defensa de los derechos humanos, la igualdad sustantiva y los derechos de las mujeres a vivir una vida libre de violencias. Y la verdad que no pudo haber una decisión tan profundamente acertada.
No solamente por lo que Malú Mícher ha hecho, sino porque escucharla hablar durante casi media hora, sin que el tiempo pesara fue, para quienes militamos y trabajamos desde el feminismo, una verdadera clase política. Hubo una palabra de su discurso que se me quedó dando vueltas: “insistencialismo”. Malú dijo que, si hubiera que resumir buena parte de la historia del feminismo mexicano en una sola palabra, sería esa. Porque eso hemos hecho las mujeres durante siglos: insistir. Insistir e insistir aún cuando nos siguen diciendo que exageramos. Cuando la violencia era considerada un asunto privado. Cuando la igualdad parecía una aspiración demasiado grande. Cuando nos dijeron que ya teníamos suficientes derechos.
Y quizá ahí está una de las claves para entender cómo se han construido muchos de los derechos que hoy damos por sentados. El feminismo no inventó las violencias ni las desigualdades; lo que hizo fue nombrarlas. Hacer visible aquello que durante generaciones había sido considerado normal y convertir problemas que parecían individuales en asuntos públicos y, por tanto, en responsabilidades del Estado.
Eso también explica por qué trabajar por los derechos de las mujeres desde las instituciones no siempre es sencillo. Hay días en que parece que una está repitiendo lo mismo. Que hay que volver a explicar por qué importa la perspectiva de género, por qué necesitamos políticas públicas, por qué la violencia no puede normalizarse, por qué la igualdad sustantiva no es un privilegio. Y entonces escuchas a una mujer como Malú decir que no hay que resignarse, no hay que desistir y siempre insistir, y entiendes que quizá esa repetición no es un fracaso: es parte de la transformación. Pero hubo otra idea que me atravesó.
Malú no habló de sus conquistas como si fueran exclusivamente suyas. Por el contrario, insistió en que las grandes transformaciones no son obra de una persona, sino que se construyen en plural, en comunidad, en colectivo. Dijo algo que me parece fundamental: cuando una mujer abre una puerta, no la cruza sola; deja esa puerta entreabierta para las que vienen detrás. El que entiende que ninguna de nosotras empezó de cero. Que detrás de cada derecho hay mujeres que estuvieron antes, que levantaron la voz cuando hacerlo tenía costos, que incomodaron, que insistieron, que legislaron, que acompañaron, que organizaron, que escribieron, que marcharon y que hicieron posible que hoy otras podamos ocupar espacios que antes parecían reservados para unos cuantos.
Por eso me emocionó escucharla hablar también de las mujeres que han caminado con ella: indígenas, madres buscadoras, defensoras de derechos humanos, académicas, periodistas, activistas, legisladoras y servidoras públicas. Mujeres que, desde lugares distintos, han entendido que ninguna conquista democrática es definitiva y que todas deben defenderse una y otra vez.
Y pensé en tantas mujeres que hoy hacemos nuestro trabajo cotidiano desde las instituciones. En quienes llegamos a una oficina con la convicción de que desde ahí también se puede transformar. En quienes sabemos que una reforma, una sentencia, una capacitación, una política pública o una decisión institucional puede parecer pequeña, pero detrás puede estar la vida concreta de una mujer.
Malú dijo que de nada sirve ocupar un puesto de decisión si no cambiamos la vida de las mujeres y las niñas. Quizá esa sea la verdadera medida del servicio público. No los cargos. No los reflectores. No las fotografías. Salí de aquella sesión pensando que recibir la Medalla Rosario Castellanos no podía ser más simbólico. Rosario hizo preguntas incómodas sobre las mujeres, la desigualdad y las formas en que la costumbre termina disfrazando de normalidad aquello que es profundamente injusto. Malú retomó esas preguntas y las convirtió en una vida de acción: preguntar, reclamar, legislar y actuar.
Y tal vez por eso su discurso no se sintió largo porque cuando una escucha hablar a alguien que ha dedicado buena parte de su vida a aquello en lo que una también cree, no está escuchando solamente un discurso. Está escuchando memoria. Está escuchando historia. Está escuchando camino. Y también una invitación: a seguir insistiendo. Porque los derechos humanos no son definitivos. Porque la igualdad puede retroceder cuando dejamos de nombrarla. Porque las conquistas necesitan ser defendidas generación tras generación. Y porque, como dijo Malú al cerrar su discurso, la aspiración no debería ser solamente conquistar derechos, sino conseguir que algún día la igualdad entre mujeres y hombres se haga costumbre.
Que el legado de Rosario Castellanos siga encontrando eco en mujeres como Malú Mícher y en todas las que, desde distintos espacios, seguimos convencidas de que la igualdad no es un discurso: es una tarea diaria porque el feminismo no solo se marcha… también se legisla, se juzga, se enseña, se comunica y si, sobretodo se ejerce con el corazón. Quizá ese sea nuestro mayor desafío feminista: insistir hasta que aquello por lo que nuestras ancestras tuvieron que luchar deje de parecer extraordinario y simplemente se convierta en la vida cotidiana.
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