COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Hay debates que llegan tarde, pero que llegan. Y más vale tarde que nunca cuando lo que está en juego es la salud mental de una generación entera de niñas, niños y adolescentes que crecieron con una pantalla en la mano antes de aprender a leer con soltura.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo anunció que más de un millón de maestras y maestros de educación básica participarán los días 24 y 25 de agosto en la fase intensiva de los Consejos Técnicos Escolares para opinar sobre la regulación del uso del teléfono celular en las escuelas. El tema se discutirá además en foros regionales, con la participación de docentes, madres y padres de familia. El primero se realizará el 19 de agosto en Nuevo León.
Y aquí, sin rodeos, va mi postura: sí, el celular se debe medir. En las escuelas y también fuera de ellas.
No se trata de satanizar la tecnología. El teléfono inteligente es una herramienta extraordinaria, quizá la más poderosa que la humanidad ha puesto en manos de la persona común. Con él se aprende, se investiga, se conecta uno con el mundo, se accede a bibliotecas enteras que antes eran privilegio de unos cuantos. Nadie sensato propone regresar a la época de la pizarra y el gis como única fuente de conocimiento.
El problema no es el aparato. El problema es la ausencia total de límites en su uso, especialmente entre los más jóvenes, cuyos cerebros están en formación y cuya capacidad de autorregulación todavía no está desarrollada. Un niño de diez años no tiene las herramientas neurológicas ni emocionales para resistir el diseño adictivo de las plataformas digitales. Y ese diseño, conviene decirlo con todas sus letras, es adictivo a propósito.
La propia presidenta lo nombró con precisión: el scrolling infinito. Ese mecanismo por el cual el dedo desliza y desliza sin fin, sin punto de llegada, sin momento natural de parar, porque las plataformas están diseñadas por algunos de los ingenieros más brillantes del planeta con un solo objetivo: mantener la atención capturada el mayor tiempo posible. No es casualidad que un niño no pueda soltar el teléfono. Es ingeniería. Es un producto diseñado para engancharlo, para explotar los mismos circuitos de recompensa que explotan las máquinas tragamonedas de los casinos.
Contra eso, un niño de diez años no tiene defensa. Y demasiadas veces, los padres tampoco.
Los efectos ya están documentados y son alarmantes. Aumento de la ansiedad, de la depresión, de los trastornos del sueño entre adolescentes. Caída en la capacidad de concentración sostenida. Deterioro de las habilidades sociales presenciales, esas que solo se aprenden mirando a los ojos a otro ser humano y no a través de una pantalla. Exposición temprana a contenidos que ningún niño solicitó ni debería ver, desde violencia hasta pornografía, que llegan sin filtro y sin aviso mientras el pequeño creía estar viendo videos inofensivos.
Dieciséis entidades del país ya cuentan con algún tipo de regulación sobre el uso del celular en las escuelas. Eso no ocurrió por capricho. Ocurrió porque maestros y directivos vieron con sus propios ojos lo que el teléfono le está haciendo al salón de clases: la distracción permanente, el bullying que ya no termina cuando suena la campana sino que sigue toda la noche en los grupos de chat, el estudiante que está físicamente presente pero mentalmente perdido en la pantalla debajo del pupitre.
Que la consulta empiece preguntándole a los maestros es lo correcto. Ellos son los que están en la trinchera. Ellos ven lo que ni los padres alcanzan a ver, porque conviven con decenas de niños al mismo tiempo y detectan patrones que en casa pasan desapercibidos. Su opinión no solo es válida: es indispensable.
