SIN CONSENTIMIENTO/MARÍA JOSÉ SÁNCHEZ RUIZ/ULTIMÁTUM
A partir de esta entrega, Sin Consentimiento abre una nueva veta, de manera que las historias de arte que habitualmente ocupan este espacio se alternarán con libros que merecen una conversación. Me interesan aquellos que continúan diciendo algo cuando ya los hemos cerrado y dejan una pregunta instalada en la vida cotidiana.
Comienzo con La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, un libro que terminé recientemente y que, desde su publicación en 2013, se resiste a permanecer dentro de un solo género. Su origen fue un encargo editorial aparentemente pequeño, pues Elena Ramírez, editora de Montero, le entregó el diario que Marie Curie comenzó tras la muerte de su esposo Pierre y le pidió que escribiera un prólogo, aunque aquellas páginas terminaron desbordando su propósito inicial.
Rosa Montero había perdido en 2009 a su pareja, el periodista Pablo Lizcano, después de una enfermedad; Marie Curie quedó viuda en 1906, cuando Pierre murió atropellado en una calle de París. El proyecto reunió así a dos mujeres atravesadas por la incapacidad de asumir que alguien que formaba parte de la vida ha dejado de estar en ella.
El diario de Curie puso palabras antiguas en una herida que Montero conocía y estableció entre ambas una conversación separada por un siglo. De ese encuentro nació un libro sobre Marie Curie que también habla de Rosa Montero y que, conforme avanza, comienza a hablar de cualquiera de nosotros.
Montero construye una obra híbrida en la que conviven la biografía, la memoria, el ensayo y la autobiografía, acompañadas por fotografías y recuerdos que le dan a la escritura un aire libre, dispuesto a desviarse y volver al hilo principal. Uno de sus aciertos consiste en acercarnos a Marie Curie sin repetir la imagen solemne de los libros de texto, pues nos presenta a la joven polaca que deseaba estudiar y llegó a un acuerdo con su hermana para sostenerse mutuamente, al tiempo que sigue a la científica que trabajó en condiciones precarias, descubrió el polonio y el radio, se convirtió en la primera mujer en recibir un Premio Nobel y en la primera persona en obtener dos, uno de Física y otro de Química.
Junto a esa trayectoria aparece una mujer marcada por las exigencias domésticas, la maternidad, el amor, la culpa y el desamparo, cuya lucidez científica no pudo protegerla del desconcierto afectivo. Sus diarios revelan a una Marie Curie devastada, incapaz durante un tiempo de aceptar la ausencia de Pierre, y nos recuerdan que la historia suele exigir que las mujeres admirables sean también impecables. Montero se niega a borrar esas contradicciones de Curie y, al mostrarlas, le devuelve su dimensión humana sin disminuir sus logros.
Al adentrarse en la vida afectiva de Curie, la autora abre una reflexión sobre la educación sentimental de las mujeres y la facilidad con la que muchas hemos aprendido a idealizar a los hombres. El deseo suele rellenar aquello que desconocemos, de modo que atribuimos cualidades, construimos certezas y acomodamos los indicios a la historia que deseamos vivir; cuando la realidad desmiente esa primera imagen, la fantasía puede trasladarse al futuro y llevarnos a depositar el amor en una posible versión de esa persona.
Aferrarnos al potencial de alguien permite posponer conclusiones incómodas y permanecer dentro de una promesa que nadie formuló, por lo que, en ocasiones, el duelo comienza mucho antes de una despedida y alcanza también la vida que habíamos imaginado junto a alguien y que nunca llegó a ocurrir.
Esa reflexión se extiende hacia otros territorios, pues podemos construir una versión idealizada de una persona y también una vida prestada, determinada por aquello que aprendimos que debía desearse. Así aparecen la profesión adecuada, la forma correcta de amar, el éxito correspondiente a cierta edad y la obligación de conservar vínculos o tolerar situaciones que nos lastiman.
En ese mapa aparecen nuestros padres, a quienes honrar no exige convertir sus expectativas en nuestro destino. Mirarlos fuera del papel que ocupan en nuestra vida permite reconocer sus historias, carencias, temores y mandatos heredados, esa comprensión puede ayudarnos a distinguir lo que queremos conservar de aquello que necesitamos soltar.
En este punto, la biografía de Marie Curie comienza a interpelar directamente al lector, ya que cada capítulo abre una pregunta sobre su propia vida. Podemos tener clara nuestra vocación y vivir desorientados en los afectos, del mismo modo que podemos cumplir todas las expectativas y descubrir que la vida construida no responde a un deseo propio.
Todas estas reflexiones confluyen en la posibilidad de vivir con ligereza, entendida como una forma de dejar de añadir peso innecesario a una existencia que ya contiene pérdidas, enfermedades, despedidas e incertidumbres. Al final, nos vamos a morir y las personas que amamos también.
Aun sabiéndolo, vivimos bajo la ilusión de que el tiempo sobra y permitimos que nos consuman las preocupaciones, los resentimientos que alimentamos y la necesidad de control. Esto recibe una parte considerable de nuestra energía; no elegimos todas esas cargas, pero podemos examinarlas y decidir cuáles deseamos seguir llevando.
Por eso el título resulta tan preciso, pues aunque la ausencia es un hecho concreto, el absurdo se encuentra en la resistencia de nuestra mente a comprenderla. Sabemos que alguien ya no está y continuamos pensando qué le diríamos, qué opinaría o qué historia querríamos contarle, porque la costumbre sigue esperando incluso cuando la razón ya entendió.
Rosa Montero no presenta el duelo mediante una fórmula ni promete que un día quedaremos intactos, sino que se acerca a la tarea de darle un lugar a la ausencia para permitirle convivir con lo que todavía permanece. Ese aprendizaje alcanza también a los amores que terminan, a las amistades que se diluyen y a las versiones de nosotros mismos que dejamos atrás.
Recomiendo La ridícula idea de no volver a verte por la libertad de su escritura, por el pudor con el que la autora comparte su dolor y por la serenidad con la que se acerca a una experiencia dolorosa; no es necesario estar atravesando un duelo para reconocer sus preguntas, porque su asunto central es la conciencia de que nuestro tiempo es limitado y sobre la decisión de qué hacer con él.
Después de cerrar sus páginas queda una pregunta que conviene responder sin prisa.
¿Qué tendríamos que soltar para vivir con ligereza y disfrutar plenamente de nosotros mismos y de quienes todavía están aquí?
Si no sabes qué leer, podrías comenzar por este libro. Quizá te ayude a preguntarte cómo quieres vivir.
