CÓDIGO IMAGEN/HELEN BARRIOS/ULTIMÁTUM
Hay discursos que duran diez minutos. Hay gestos que duran apenas un segundo y, sin embargo, dicen mucho más.
Una mirada. Una postura. Un apretón de manos. La manera de caminar. Los brazos cruzados. Una sonrisa. Un silencio.
Todo comunica.
En la construcción de la imagen pública, solemos concentrarnos en la ropa, los colores, el cabello o la fotografía. Pero existe una dimensión mucho más poderosa y, muchas veces, menos controlada: la imagen kinésica, es decir, aquello que comunicamos a través del movimiento y la expresión corporal. El cuerpo habla incluso cuando la boca permanece cerrada.
Y en política, en los negocios y en la vida institucional, ese lenguaje puede ser determinante.
Un funcionario puede pronunciar un discurso sobre cercanía y escuchar con los brazos cruzados. Puede hablar de confianza mientras evita la mirada. Puede anunciar apertura mientras mantiene una postura rígida y distante.
El mensaje verbal dice una cosa.
El cuerpo puede decir otra.
Y cuando existe contradicción, la percepción suele quedarse con lo que observa.
La imagen kinésica no significa aprender una colección de gestos para aparentar algo que no somos. No se trata de convertirse en actor. Se trata de comprender que nuestra presencia física forma parte de nuestra comunicación pública.
La postura transmite. Una espalda erguida puede proyectar seguridad. Una postura excesivamente rígida puede generar distancia. Inclinarse ligeramente hacia quien habla puede expresar atención. Permanecer encorvado puede comunicar cansancio o desinterés.
Las manos también tienen su propio discurso.
Moverlas de manera natural puede reforzar una explicación. Señalar constantemente puede percibirse como agresividad. Esconderlas puede transmitir incomodidad. Tocarse repetidamente el rostro, la ropa o el cabello puede revelar tensión, aunque no necesariamente signifique inseguridad.
La mirada es otro territorio.
Mirar a los ojos puede favorecer la sensación de confianza. Evitar constantemente el contacto visual puede generar dudas. Pero sostener una mirada de manera excesiva también puede resultar intimidante.
No existen gestos universales.
El contexto importa.
La cultura importa.
La personalidad importa.
Por eso la comunicación no verbal no debe convertirse en un manual de fórmulas. Debe entenderse como un sistema de señales que adquiere significado dependiendo de la situación.
En la imagen pública, además, existe un elemento que ha cambiado las reglas: la cámara.
Hoy no solamente somos observados en persona. Somos fotografiados, grabados y reproducidos miles de veces.
Un gesto captado en el momento equivocado puede convertirse en la imagen que permanezca en la memoria colectiva.
Una fotografía congela una expresión.
Un video puede amplificar un movimiento.
Las redes sociales pueden convertir un segundo en una narrativa completa.
Por eso quienes ocupan posiciones públicas necesitan comprender que cada aparición comunica. No solamente cuando hablan. También cuando esperan. Cuando escuchan. Cuando saludan. Cuando caminan.
La imagen pública no se construye únicamente con palabras.
Se construye con congruencia.
Cuando lo que decimos coincide con lo que proyectamos, la comunicación adquiere fuerza. Cuando el discurso y el cuerpo se contradicen, aparece una grieta.
Y esa grieta puede convertirse en percepción.
La imagen kinésica no sustituye la capacidad, la preparación ni los resultados. Pero sí puede determinar cómo son percibidos antes de que todo eso sea conocido.
Porque antes de escuchar al líder, observamos al líder.
Antes de analizar su discurso, interpretamos su presencia.
Y antes de conocer sus intenciones, el cuerpo ya comenzó a hablar.
En la vida pública, aprender a comunicar también significa aprender a escuchar ese lenguaje silencioso.
Porque el cuerpo no tiene micrófono.
Pero siempre está en escena.
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