COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Hay costumbres que se defienden con el argumento más tramposo que existe: «siempre se ha hecho así». Como si la antigüedad de una práctica bastara para justificarla. Como si el hecho de que algo lleve décadas repitiéndose lo convirtiera automáticamente en algo bueno, sano o defendible. Bajo ese razonamiento se han perpetuado por generaciones algunas de las peores conductas humanas, envueltas en el celofán respetable de la tradición.
Las novatadas en las escuelas normales pertenecen a esa categoría. Y por eso la prohibición tajante que la Secretaría de Educación Pública acaba de emitir contra ellas, a través del oficio firmado por el secretario Mario Delgado Carrillo, merece ser celebrada sin reservas y aplicada sin excepciones.
En Chiapas, donde las escuelas normales tienen una historia larga, combativa y profundamente arraigada en la identidad magisterial del estado, este mensaje tiene una relevancia particular. Y hay una institución que no puede quedar al margen de esta conversación: la Escuela Normal Rural Mactumactzá, ícono del normalismo rural chiapaneco, cuna de generaciones de maestros y símbolo de una tradición educativa que ha marcado la historia de la entidad.
Precisamente porque la Mactumactzá representa tanto, precisamente porque su historia pesa tanto, es que vale la pena decir con claridad: ninguna tradición, por gloriosa que sea, justifica la humillación de un ser humano.
El oficio de la SEP es contundente y no deja espacio para las interpretaciones acomodaticias que suelen usar quienes defienden estas prácticas. En ningún caso se autorizan ni se justifican actos que involucren violencia física, psicológica o simbólica. Ni humillaciones. Ni tratos degradantes. Ni restricción de la libertad de movimiento. Y lo más importante: la dependencia aclaró que estas conductas no serán toleradas aun cuando se presenten como tradiciones, como dinámicas voluntarias o como ejercicios de integración estudiantil.
Ese último punto es clave, porque ahí es donde siempre se han escondido las novatadas. En el disfraz de la voluntariedad. En la mentira de que el novato «acepta» someterse. En la ficción de que golpear, humillar, rapar a la fuerza, obligar a comer cosas repugnantes o someter a rituales degradantes es una forma de «integrar» al recién llegado, de «forjar carácter», de construir pertenencia.
No lo es. Nunca lo fue. La pertenencia que se construye a través del abuso no es pertenencia: es sometimiento. El carácter que se forja humillando no es carácter: es trauma. Y la supuesta voluntariedad de quien acepta una novatada casi siempre está viciada por la presión del grupo, por el miedo a ser excluido, por la coacción sutil o abierta de quienes ya pasaron por lo mismo y ahora lo reproducen sobre los que llegan.
Hay una ironía profunda en que estas prácticas ocurran precisamente en las escuelas que forman maestros. Porque un maestro es, por definición, alguien que va a cuidar, formar y proteger a otros seres humanos, muchos de ellos niños. ¿Qué clase de mensaje recibe un futuro docente cuando su ingreso a la profesión comienza con humillación y violencia? ¿Qué aprende sobre el respeto a la dignidad ajena quien fue recibido pisoteando la suya?
La formación de un maestro debería empezar con el ejemplo contrario: con el respeto, con la solidaridad, con la construcción de comunidad desde el trato digno. El periodo de planeación y habilitación docente que la SEP ordenó dedicar exclusivamente a fines académicos, pedagógicos, culturales y de organización escolar, es exactamente lo que debe ser el ingreso a una escuela normal. Aprender. Prepararse. Integrarse a través del conocimiento y el compañerismo, no a través del miedo.
Sé que habrá quien reciba esto con molestia. Quien diga que las novatadas son parte de la identidad normalista, que quien no las vivió no entiende, que son un rito de paso que une a las generaciones. A ellos les respondo con respeto pero con firmeza: la verdadera identidad de una escuela formadora de maestros no puede sostenerse sobre la humillación de los más nuevos y más vulnerables. Si una tradición necesita del sufrimiento ajeno para existir, esa tradición no merece sobrevivir.
Bienvenida la prohibición. Y ojalá se cumpla.
