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Crecemos de rebote, no de raíz

28 de agosto de 2026
in Opiniones
Crecemos de rebote, no de raíz
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

Hay una diferencia que la aritmética esconde y la política agradece. No es lo mismo crecer que dejar de caerse. Y esta semana, cuando el Banco de México subió su pronóstico de crecimiento para 2026 de 1.1 a 1.5 por ciento, el país entero decidió leer un punto y coma como si fuera un punto final. Se celebró el número. Casi nadie leyó la frase completa.

La frase completa dice otra cosa. Banxico revisó al alza el año porque el segundo trimestre sorprendió al alza después de la contracción del primero. Suena vigoroso hasta que uno recuerda de dónde venía. Cuando se cae y luego se levanta, el porcentaje de recuperación se ve espectacular, pero no mide fuerza, mide distancia respecto al piso. Es la salud del convaleciente que camina tres pasos y recibe aplausos porque ayer no podía pararse. El aplauso es humano. Confundirlo con un diagnóstico es un error que después se paga.

Y el propio banco central lo sabe, porque en el mismo informe donde sube el pronóstico anual advierte que el tercer trimestre se desacelera más de lo que ellos mismos esperaban, y mantiene el balance de riesgos sesgado a la baja. Léase con cuidado lo que eso significa. Revisan el año hacia arriba y la segunda mitad hacia abajo, en el mismo documento, con la misma firma. No es contradicción, es honestidad técnica. Banxico está diciendo, con la cortesía del gremio, que el impulso ya pasó y que lo que viene es cuesta. El mercado escuchó el 1.5. Muy pocos escucharon la advertencia que venía pegada.

Pero el dato que a mí me quita el sueño no es el del trimestre. Es una línea que casi nadie subrayó, porque no cabe en el titular. Banxico anticipa que la inversión se mantendría débil por la incertidumbre en torno a la relación comercial con Estados Unidos y a la nueva fase de revisiones anuales del T-MEC, y sostiene que esa falta de resolución definitiva persiste como un factor adverso para las decisiones de inversión. Ahí está el problema real, y no es coyuntural, es de arquitectura.

Un país puede crecer por dos motores. Puede crecer porque la gente consume, o puede crecer porque alguien invierte. El primer motor rebota rápido y se agota rápido. Es gasto, es demanda contenida que se libera, es la nómina que vuelve a circular. El consumo puede recuperar tracción; la inversión, en cambio, sigue sin hacerlo. Y esa es la diferencia que decide todo, porque el segundo motor es lento, caro y decisivo. La inversión es una apuesta sobre el futuro. Nadie construye una planta, tiende una línea de producción o compromete capital a diez años si no confía en que las reglas seguirán en pie cuando llegue la hora de cobrar. La inversión no es un número, es una declaración de confianza. Y hoy esa declaración está en pausa.

Aquí conviene nombrar el problema con precisión, porque no es el que se discute en los titulares. México no tiene solamente un problema de crecimiento. Tiene un problema de horizonte. El empresario puede administrar impuestos altos, tasas altas, salarios crecientes e incluso un mal año. Lo que difícilmente puede administrar es no saber cuáles serán las reglas cuando su inversión madure. Una fábrica no se construye para el siguiente trimestre. Una línea de producción no se instala para la siguiente revisión comercial. Cuando el T-MEC deja de ser un tratado a dieciséis años y se convierte en una revisión que se renueva cada doce meses, como quien renueva un permiso de estacionamiento, el capital hace lo único sensato que puede hacer ante la incertidumbre. Espera. Y esperar, en economía, es una forma elegante de retroceder.

Lo he visto de cerca más veces de las que quisiera. Trabajé catorce años en Pemex y pasé por la administración patrimonial de esa casa, donde uno aprende que un activo no vale por lo que dice el papel, sino por lo que alguien está dispuesto a arriesgar sobre él. Y opero, desde hace años, un corredor comercial en la frontera de McAllen, donde la inversión productiva no se discute en seminarios, se decide o se cancela según cómo amanezca la relación con el norte. No hablo del PIB como quien lee una gráfica. Hablo de cómo se toma, o se cancela, una decisión real de capital. Y lo que veo es un país que le está entregando a quien quiere invertir todo menos lo único que de verdad necesita. Horizonte.

Ese es el país que estamos celebrando esta semana. Un país que crece porque el consumo rebotó, no porque alguien haya decidido construir. Un país que resiste, que aguanta, que no se cae. Pero resistir no es avanzar, y confundir las dos cosas es la enfermedad más cara que puede padecer una economía, porque el enfermo que se cree sano deja de tomar la medicina.

Hay todavía un dato que completa el cuadro y que conviene decir con nombre. Banxico dice 1.5. Hacienda conserva un rango de 1.8 a 2.8, cuyo punto medio es 2.3. Entre ambos escenarios hay ocho décimas de PIB. En una economía del tamaño de México, ocho décimas no son una discusión de economistas. Son una diferencia de país. Y esa distancia no es un matiz técnico, es una conversación política que ocurre en clave. El banco central autónomo le está diciendo al gobierno, con la única voz que le queda, la de sus números, que sus expectativas no cuadran con la realidad que él observa. Puede hacerlo porque no tiene la obligación política de hacer que el pronóstico acompañe al discurso. Esa brecha, esas ocho décimas, son hoy el termómetro más honesto que tiene el país.

Y aquí es donde dejo la cortesía. El problema de México no es que crezca poco este año. Es que hemos normalizado crecer sin invertir, resistir sin construir, celebrar el rebote como si fuera un logro y no un respiro. Una economía que depende del consumo para no caerse es una economía que apostó todo a la demanda de hoy y nada a la capacidad de mañana. Porque una economía no demuestra su fortaleza cuando consigue levantarse después de caer. La demuestra cuando alguien está dispuesto a comprometer su dinero, construir una planta, contratar trabajadores y apostar a que dentro de diez años seguirá teniendo sentido haber invertido aquí.

Podemos celebrar el 1.5 por ciento. No es una mala noticia. Lo peligroso sería confundirla con una buena economía. Eso es crecimiento de raíz. Lo demás es rebote.

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El autor es Consultor Estratégico, ConsejeroEmpresarial Independiente y autor de Arquitectura o inercia. 

ncorzo@gmail.com 

@NizalebCorzo

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