COLABORACIÓN INVITADA
SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Este lunes 31 de agosto, un millón 386 mil 45 estudiantes de educación básica regresaron a las aulas de Chiapas. Detrás de esa cifra que se dice fácil hay historias que no caben en una estadística: la del niño de la sierra que caminó bajo la lluvia para llegar a su escuela, la de la madre que hizo malabares con el presupuesto familiar para comprar los útiles, la del maestro que preparó su salón con recursos propios, la de la adolescente que regresa con la ilusión de un año que puede cambiarle la vida.
Diecinueve mil doscientas cincuenta escuelas abrieron sus puertas. Cincuenta y nueve mil docentes recibieron a sus alumnos. Y aunque el arranque fue con paraguas, con la onda tropical descargando lluvia sobre el centro y sur del estado, lo que verdaderamente importa de este regreso a clases no es el clima ni las cifras. Es una pregunta que ningún boletín oficial responde y que sin embargo lo decide todo: ¿qué tan comprometidos estamos, de verdad, con la educación de nuestros hijos?
Porque la educación no ocurre sola. No la hace el gobierno con sus programas, ni la SEP con sus calendarios, ni la Secretaría de Educación estatal con sus protocolos. La educación la hacen, todos los días, cuatro actores que tienen que remar en la misma dirección: los estudiantes, los maestros, los padres y las madres de familia. Y cuando uno de esos cuatro remos se levanta, el barco entero se detiene o gira en círculos.
Empecemos por los padres y las madres, porque ahí está, seamos honestos, una de las grietas más grandes del sistema educativo chiapaneco y mexicano.
Existe una tentación muy extendida y muy cómoda: la de creer que la educación de los hijos es responsabilidad exclusiva de la escuela. Se deja al niño en la puerta del plantel por la mañana y se asume que ahí termina la obligación de la familia, que lo demás es tarea del maestro. Nada más lejos de la verdad. La escuela enseña, sí, pero educar es una tarea compartida que empieza en casa y no termina nunca.
Un padre comprometido es el que pregunta cómo le fue en la escuela y escucha la respuesta. El que revisa la mochila, el que se sienta a acompañar la tareaaunque esté cansado, el que va a las juntas escolares aunque implique perder horas de trabajo, el que conoce a los maestros de sus hijos y se involucra en su formación. Una madre comprometida es la que se da cuenta cuando algo anda mal, cuando el niño está triste o distraído o dejó de querer ir a la escuela, y actúa en lugar de ignorarlo.
Ese acompañamiento no cuesta dinero. Cuesta tiempo, cuesta atención, cuesta poner a los hijos como prioridad real y no solo de palabra. Y es, según todos los estudios sobre la materia, el factor que más influye en el éxito escolar de un niño. Más que el presupuesto de la escuela. Más que la infraestructura. Más que cualquier programa gubernamental. Un niño con padres presentes tiene ganado la mitad del camino.
Sigamos con los maestros, porque de ellos se habla mucho pero pocas veces con justicia
Ser maestro en Chiapas no es fácil. Muchos trabajan en condiciones difíciles, en comunidades apartadas, con recursos limitados, con grupos numerosos y con carencias que suplen frecuentemente de su propio bolsillo. El buen maestro, y hay miles de ellos en este estado, es un héroe silencioso que transforma vidas sin que nadie le aplauda. El que llega temprano, el que prepara sus clases con dedicación, el que se preocupa por el alumno que se está quedando atrás, el que entiende que su trabajo no es solo transmitir información sino formar seres humanos.
A ese maestro hay que reconocerlo, apoyarlo y exigirle también, porque el reconocimiento y la exigencia van de la mano. El compromiso docente significa estar frente al grupo, estar presente, estar disponible. Significa entender que cada día de clase perdido es un día que esos niños no recuperan, que cada ausentismo tiene un costo que pagan los alumnos más vulnerables, los que no tienen en casa quien les enseñe lo que en la escuela no aprendieron.
Este ciclo, la autoridad educativa dio por superados los paros de la Sección VII que marcaron el año anterior, con el plan de estudios cumplido. Ojalá así sea. Ojalá este año los niños chiapanecos tengan sus 185 días completos de clases, sin interrupciones, sin aulas cerradas, sin que las causas de los adultos se paguen con el futuro de los menores. Porque el mejor homenaje que un maestro puede hacerle a su vocación es estar ahí, todos los días, para quienes lo necesitan.
Y llegamos a los estudiantes, los protagonistas verdaderos de esta historia
A ellos hay que decirles algo con cariño, pero con claridad: la educación es la única herencia que nadie les podrá quitar. En un mundo que les vende la fantasía del éxito fácil, del dinero rápido, de la fama instantánea a través de una pantalla, hay que recordarles una verdad antigua y probada: lo que vale se construye con esfuerzo. El conocimiento no se descarga, no se compra, no se hereda. Se gana con estudio, con disciplina, con la paciencia de quien entiende que el aprendizaje es lento pero permanente.
El estudiante comprometido es el que entiende que va a la escuela por él mismo, no por obligación ajena. Que cada clase es una oportunidad, que cada libro abre una puerta, que la preparación de hoy es la libertad de mañana. En Chiapas, donde tantos jóvenes cargan con historias de carencia y de dificultad, la educación sigue siendo el camino más seguro para romper el ciclo de la pobreza. No el único, pero sí el más confiable.
Este ciclo escolar estrena cosas buenas: protocolos contra el acoso escolar, la violencia sexual y el maltrato en las escuelas. Programas de regularización. Becas contra la deserción. Entrega de mochilas. La Beca Rita Cetina que ya llega a las familias de primaria. Todo eso ayuda y hay que reconocerlo. Son herramientas que el Estado pone sobre la mesa.
Pero las herramientas no construyen solas. Hacen falta las manos. Y esas manos son las de todos nosotros: el padre que acompaña, la madre que se involucra, el maestro que se entrega, el estudiante que se esfuerza. Cuatro compromisos que tienen que encontrarse en el mismo punto para que la educación funcione.
Hoy empezó un nuevo ciclo. Un millón y medio de niños y jóvenes chiapanecos volvió a las aulas con la esperanza intacta de un año mejor. Que no los defraudemos. Que cada uno cumpla su parte. Porque el futuro de Chiapas no se juega en los discursos ni en los presupuestos.
Se juega, todos los días, en un salón de clases.
Buen regreso a todos. Y a cumplir, cada quien, con la tarea que nos toca.
