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Nadie que no sea de casa

8 de septiembre de 2026
in Opiniones
Nadie que no sea de casa
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

Hay una frase que se dice en las sobremesas con la seguridad de quien recita una verdad heredada. Entre mexicanos no nos ayudamos, nos metemos el pie. Suena bien. Suena a diagnóstico maduro, a lucidez del que ya no se engaña. Y es falsa. Basta voltear a ver el país real para que se caiga sola.

Este es el país de la tanda, esa institución financiera que opera sin bancos, sin contratos y sin garantías, sostenida nada más que por la palabra dada. El país donde un paisano en Chicago le paga el cruce al que viene detrás, y ese al siguiente, en una cadena de crédito que ningún banco del mundo extendería. El país del tequio, de la mayordomía, de la vaquita para el que cayó enfermo, del que llega con tamales a la casa del velorio sin que nadie se lo pida. Pocos pueblos en el continente se ayudan con la densidad y la nobleza con que lo hace el mexicano. Quien diga que aquí no nos tendemos la mano no ha visto un barrio, un pueblo, una familia funcionando.

Y sin embargo la frase no nace de la nada. Algo verdadero, incómodo, la sostiene por debajo. Y ese algo no se arregla negándolo.

Lo he visto de cerca, y no en un libro. Lo vi en salas de consejo donde el mejor candidato se quedaba fuera por una sola razón que nadie decía en voz alta, no lo avalaba nadie de la casa. Vi empresas familiares que prefirieron encoger antes que entregarle una decisión de peso a alguien que no llevara el apellido, aunque el del apellido no fuera el más capaz. Trabajé catorce años en Pemex, y ahí la confianza se movía por lazos mucho más que por méritos, y todos lo sabíamos, y casi nadie lo nombraba. Y desde hace años opero un corredor comercial en la frontera de McAllen, donde he visto a empresarios mexicanos regatearle con recelo a un proveedor gringo impecable, y entregarle en cambio el pedido completo, sin revisar, al conocido del conocido. La misma persona. La misma semana.

Ahí vive la contradicción, y es más honda de lo que la frase de sobremesa alcanza a ver. Nos ayudamos con el alma hacia adentro y desconfiamos con el hígado hacia afuera. Confiamos en el hermano, el compadre, el del pueblo, el que estudió donde estudiamos. Y del que queda fuera de ese círculo desconfiamos casi por reflejo, antes de darle oportunidad de nada. El desconocido no es, para nosotros, alguien a quien todavía no conocemos. Es, hasta que demuestre lo contrario, alguien de quien conviene cuidarse.

El mismo que organiza la tanda con sus comadres y respondería por ellas con su vida regatea con desconfianza al proveedor que no le presentaron. El mismo que le abre de par en par la puerta al sobrino no contrata al mejor porque no lo conoce nadie de la casa. La lealtad feroz hacia adentro y la sospecha automática hacia afuera no se contradicen en la práctica de la vida. Son la misma moneda, vista por sus dos caras. Y aquí conviene ser claro para no caer en la caricatura. Lo primero, la lealtad, es una virtud real, de las más hondas que tiene este país. El problema no es que exista. El problema es lo segundo, que se disfraza de prudencia cuando en realidad es un techo que nos ponemos solos.

Porque una economía crece cuando cooperan desconocidos. Una institución sirve de algo cuando le entregas un asunto a alguien que no es tu primo y confías, con razón, en que lo hará bien. Un mercado madura cuando la confianza deja de detenerse en la esquina del barrio y aprende a cruzar hacia el extraño. Un país entero escala cuando el crédito, el contrato y la responsabilidad dejan de depender de a quién conoces. Y todo lo que en México cuesta un trabajo enorme construir a gran escala choca, una y otra vez, contra el mismo muro. La empresa que debería trascender a la familia y no lo logra. La institución que debería sobrevivir al funcionario y se va con él. El proveedor capaz que nunca entra porque no tiene padrino. Lo he visto chocar de cerca, muchas veces, en gente brillante que se pone su propio techo sin advertir que lo está poniendo.

No es, entonces, que no nos ayudemos. Nos ayudamos demasiado, con una generosidad que a otros pueblos les gustaría tener. Pero a los mismos de siempre.

Así que la pregunta de fondo no es por qué nos metemos el pie, porque a la hora de la verdad no lo hacemos, nos cuidamos entre nosotros con una lealtad que asombra. La pregunta, la incómoda, es por qué esa misma mano que se tiende con tanta nobleza al de adentro se cierra en puño apenas aparece el de afuera. La he visto cerrarse en hombres capaces, generosos, que jurarían no cargar ese prejuicio y lo cargan sin saberlo. No la deciden. Se cierra sola, por debajo de la voluntad, como un reflejo viejo que ya nadie recuerda haber aprendido.

Y ahí está el costo que no solemos sumar. Cada vez que esa mano se cierra ante un extraño capaz, no solo lo dejamos afuera a él. Nos dejamos afuera a nosotros de todo lo que ese extraño traía y no supimos recibir.

El día que aprendamos a abrirla ante el que no es de casa, sin aval, sin apellido conocido, sin que nadie nos lo presente, vamos a medir por fin de cuánto éramos capaces todo este tiempo, y cuánto llevábamos dejado en la banqueta. Mientras tanto seguiremos haciendo lo que mejor sabemos hacer. Cuidar a los nuestros con una ferocidad admirable. Y dejar afuera, sin mala intención y sin remedio, a quien quizá venía a cambiárnoslo todo.

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El autor es Consultor Estratégico, ConsejeroEmpresarial Independiente y autor del libro Arquitectura o Inercia. 

ncorzo@gmail.com 

@NizalebCorzo

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