COLABORACIÓN INVITADA
SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Hay una narrativa política que se repite con la insistencia de una campaña publicitaria, y como toda buena campaña, está diseñada para emocionar antes que para informar. La del joven humilde que, contra todo pronóstico, escaló hasta las alturas del poder gracias a su esfuerzo, su dedicación y su inmenso amor al pueblo. Es una historia bonita. El problema es cuando esa historia se convierte en el único capital político de alguien que, mirado sin el filtro de la conmiseración, ha hecho de la política su profesión desde antes de tener edad para ejercer cualquier otra.
Circula estos días la semblanza de Guillermo Santiago, contada como epopeya. Secretario de organización de Morena a los 19 años. Líder estudiantil en la UNACH a los 20. Diputado federal más joven de la historia a los 22. Director nacional de la juventud a los 25, nombrado por el mismísimo López Obrador. Diputado federal otra vez a los 31. Y hoy, representante de Morena ante el INE a los 32, el primer chiapaneco en ocupar ese espacio.
Impresionante currículum. Pero permítanme, con el respeto que merece cualquier trayectoria, una lectura menos complaciente.
Lo que esa semblanza presenta como una historia de esfuerzo, vista desde otro ángulo, es la biografía de alguien que probó la teta política a los 19 años y no la ha soltado desde entonces. Trece años ininterrumpidos saltando de cargo en cargo, de posición en posición, sin haber ejercido, que se sepa, ninguna otra actividad que no sea la política misma. No es la historia de un ciudadano que luchó, triunfó en la vida y luego decidió servir. Es la historia de un profesional del cargo público que hizo de la política su carrera completa antes de cumplir los 20.
Y eso tiene un nombre que la semblanza cuidadosamente evita: chapulín. Ese personaje tan característico de la política mexicana que brinca de un puesto a otro, de una posición a la siguiente, sin detenerse nunca, sin dejar que se seque la tinta de un nombramiento antes de buscar el que sigue. El oportunista que ha entendido que en política lo importante no es hacer sino estar, no es construir sino permanecer, no es servir sino ocupar.
Hay algo que me incomoda profundamente de esta forma de hacer política, y vale la pena nombrarlo con claridad porque se ha vuelto epidemia. Es la romantización de la pobreza y del origen humilde como si fueran, por sí mismos, credenciales de mérito. Como si haber empezado abajo garantizara automáticamente honestidad, capacidad o vocación de servicio. No la garantiza. Hay pobres honestos y pobres corruptos, igual que hay ricos de ambos tipos. El origen no define el destino moral de nadie.
Cuando un político construye toda su narrativa sobre la conmiseración, sobre el «miren de dónde vengo», sobre el «todo lo logré con esfuerzo», lo que en realidad está haciendo es pedir que no se le evalúe por lo que ha hecho sino por lo que representa. Está mendigando reconocimiento a través de la lástima. Está usando su historia personal como escudo contra el escrutinio que merece cualquier servidor público.
Y ahí es donde la cosa se vuelve tramposa. Porque una vez que alguien se instala en el papel del joven luchador que la hizo desde abajo, ese papel se vuelve inmune a la crítica. Cuestionarlo se convierte en atacar a la juventud, en despreciar el esfuerzo, en pobretear al que se hizo solo. La narrativa se blinda a sí misma. Y el personaje puede saltar de cargo en cargo durante trece años sin que nadie le pregunte qué ha hecho realmente en cada uno de ellos, porque preguntarlo sería una falta de sensibilidad hacia su conmovedora historia de superación.
No me malinterpreten. Que un joven llegue lejos en política no es malo. Al contrario, la renovación generacional es sana y necesaria. El problema no es la edad. El problema es cuando la juventud se convierte en el argumento central y permanente de una carrera, cuando alguien lleva más de una década siendo «el más joven en» sin que ese superlativo venga acompañado de resultados igualmente notables.
Ser el diputado más joven, el director más joven, el representante más joven. Muy bien. ¿Y qué se hizo desde esos cargos? ¿Qué transformación concreta dejó en la vida de los chiapanecos que dice amar tanto? Esa es la pregunta que la semblanza de la conmiseración nunca responde, porque no está diseñada para responderla. Está diseñada para emocionar, para inspirar, para blindar.
Que no se romantice la pobreza. Que no se pobretee el esfuerzo genuino de la gente común convirtiéndolo en eslogan de campaña. Y que no se mendigue el poder a través de la lástima, porque el poder que se obtiene conmoviendo es tan frágil como la emoción que lo sostiene.
A mí no me gusta esa forma de hacer política. La del que convierte su origen en profesión y su juventud en coartada. La del que ha estado en todo sin haber dejado huella en casi nada. La del eterno joven promesa que, a fuerza de saltar de cargo en cargo, olvidó que a los cargos se llega para servir, no para coleccionarlos.
El pueblo, ese que tanto se invoca, merece políticos que lo sirvan. No políticos que lo usen de trampolín emocional mientras hacen carrera.
Las cartas no mienten. Y la carta que sale aquí se llama, sin rodeos, oportunismo.
