COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
El Congreso del Estado ya definió, mediante insaculación, los 62 municipios de Chiapas donde las candidaturas a las presidencias municipales deberán ser encabezadas por mujeres en 2027. El IEPC prepara ya las reglas que partidos, coaliciones y candidaturas independientes tendrán que cumplir. En el papel, la paridad avanza. La ley está. El mecanismo funciona. Los números cuadran.
Y sin embargo, permítanme la incomodidad de decir lo que pocos dicen: la paridad de verdad no se juega en el Congreso ni en el IEPC. Se juega en la conciencia de una sociedad. Y ahí, seamos honestos, todavía tenemos mucho camino por recorrer.
Porque una cosa es que la ley obligue a postular mujeres, y otra muy distinta es que la sociedad haya madurado lo suficiente para que esas mujeres lleguen por lo que valen y no por a quién pertenecen.
Hagamos un examen de conciencia colectivo, sin autoengaños. La legislación paritaria es una conquista necesaria y justa. Nadie sensato la discute. Durante siglos, la mitad de la población fue excluida sistemáticamente del poder, y la ley vino a corregir por la fuerza lo que la costumbre se negaba a ceder. Bien por la ley. Pero la ley solo puede abrir la puerta. Quién la cruza y con qué legitimidad depende de algo que ninguna reforma electoral puede decretar: la madurez cívica de una sociedad.
Y ahí aparece el riesgo que ya se asoma en el horizonte chiapaneco, ese que conviene nombrar antes de que se normalice: que la paridad se convierta en parentesco.
Que ante la obligación de postular mujeres, los grupos de poder no busquen a las más preparadas, a las de trayectoria, a las que se han formado en la lucha política y social, sino a las más cercanas. A la esposa. A la hermana. A la hija. A la mujer de confianza que garantiza que el hombre poderoso siga mandando, solo que ahora detrás de una candidatura femenina que cumple la cuota sin incomodar la estructura.
Que quede claro, porque este matiz es esencial: no se trata de descalificar a las mujeres que tienen trayectoria propia y que además, por las circunstancias de la vida, son esposas, hermanas o hijas de hombres con poder político. Esas mujeres existen, valen y merecen todos los espacios que se ganen con su trabajo. Su parentesco no las descalifica.
Lo que se cuestiona es otra cosa. Es que una candidatura llegue únicamente por el vínculo. Que alguien sea postulada solo por ser «la esposa de», «la hija de», «la hermana de», sin trabajo político propio, sin trayectoria, sin más mérito que el apellido o el matrimonio. Porque cuando eso ocurre, la paridad se pervierte. Deja de ser una herramienta de justicia para las mujeres y se convierte en un mecanismo para que el patriarcado sobreviva disfrazado.
Piénsenlo con crudeza: si las mujeres llegan al poder por su vínculo con un hombre poderoso, el patriarcado no pierde. Se adapta. Cambia de rostro pero conserva el mando. Usa a la mujer como vehículo para perpetuar exactamente el mismo poder masculino que la paridad venía a desafiar. La cuota se cumple en el papel, pero el poder real sigue en las mismas manos de siempre.
Eso no es paridad. Es simulación con maquillaje de género.
Y aquí está el punto que quiero dejar clavado: ninguna ley puede impedir eso. El IEPC puede hacer reglas impecables, puede vigilar las postulaciones, puede exigir el cumplimiento de la cuota. Pero no puede meterse en la conciencia de los partidos ni en la cultura política de una sociedad para obligarla a postular por mérito y no por conveniencia. Eso no se legisla. Eso se madura.
La verdadera paridad llegará el día en que a nadie se le ocurra postular a «la esposa de» como relleno, no porque la ley lo prohíba, sino porque la sociedad lo rechazaría por indigno. Llegará cuando los partidos busquen mujeres capaces por convicción y no por obligación. Cuando el electorado castigue en las urnas a la candidata impuesta por parentesco y premie a la que se ganó su lugar. Cuando ser mujer en la política no requiera cuota porque el mérito baste.
Ese día, la paridad será innecesaria como ley porque será natural como cultura. Y ese día, hoy, todavía no llega.
La diferencia no la marcará la ley. La marcaremos nosotros: los partidos que postulen, los medios que cuestionen, los ciudadanos que voten. La paridad, al final, es un espejo. Nos dice no qué tan avanzada está nuestra legislación, sino qué tan madura está nuestra conciencia.
Ojalá el reflejo, en 2027, nos deje bien parados.


